Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.
Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.
Gael Santoro.
El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.
Solo hay un problema:
Gael nunca estuvo en París.
Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.
Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.
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Capitulo 5
Gael
Desperté de muy mal humor.
No había dormido prácticamente nada.
Augusto había estado llamando durante toda la noche para saber cómo estaba su amada hija. Cada vez que llamaba se disculpaba por molestarme, pero cinco minutos después volvía a hacerlo.
A las dos de la mañana.
A las cuatro.
A las seis.
Y siempre con la misma pregunta.
—¿Está bien?
—Sí.
—¿Está durmiendo?
—Sí.
—¿Seguro?
—Augusto, si no estuviera seguro, ya te habría llamado.
Silencio.
—Tienes razón. Perdóname, muchacho.
Y tres horas después volvía a llamar.
Cuando bajé a la cocina, Martha ya estaba preparando el desayuno.
—Buenos días, Gael.
—Buenos días.
Me serví café.
—Valentina dormirá arriba a partir de ahora.
Martha levantó la mirada.
—Como tú digas.
—Además, empezará sus labores a las ocho.
Martha sonrió ligeramente.
—¿A las ocho?
—Sí.
—Pensé que empezaría a las cinco.
La miré.
—No quiero que se desmaye el primer día.
Martha soltó una pequeña carcajada.
—Qué considerado.
—No empieces.
—No dije nada.
—Pero lo pensaste.
Ella negó con la cabeza, divertida.
—Está bien, señor Santoro.
—Gracias.
Terminé de desayunar y salí a hacer mis actividades normales.
Aunque intenté concentrarme, el teléfono no dejó de sonar.
Augusto llamaba cada tres horas, como máximo.
Finalmente, cerca de las nueve de la mañana, recibí una llamada suya.
—Necesito que vengas a la oficina.
—¿Ahora?
—Sí. Es urgente.
—¿Qué ocurre?
—Trae a Valentina.
Cerré los ojos.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba.
—Está bien.
Colgué.
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Cuando llegué a la casa, Martha salió detrás de mí.
—¿Qué?
Ella negó con la cabeza.
—No me meto en tus cosas, Gael.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Necesito saber por qué la chica nueva recibe un trato diferente.
La miré.
—Su padre me pidió el favor por un tema de seguridad.
—¿Seguridad?
—Sí.
—¿Y por qué no puede trabajar como los demás?
—Porque no puede.
Martha me estudió durante unos segundos.
—Estás de mal humor.
No respondí.
Ella sonrió.
—Definitivamente estás de mal humor.
Subí las escaleras sin contestar.
Fui hasta la habitación de Valentina y abrí la puerta.
Seguía dormida.
—Valentina.
Nada.
—Valentina.
Se movió ligeramente.
—Levántate.
Abrió los ojos de golpe.
—¡¿Qué haces?!
—Tenemos que irnos.
Se incorporó y me miró furiosa.
—¿No te enseñaron a golpear antes de entrar?
—Es mi casa.
—Eso no significa que puedas entrar a mi habitación cuando quieras.
—Tu padre quiere vernos.
—¿A esta hora?
Miré el reloj.
—Son las nueve.
—Eso para mí sigue siendo temprano.
Rodé los ojos.
—Apúrate.
—Los golpes son la próxima vez. Es educación elemental.
Cerré la puerta antes de que pudiera seguir hablando.
Escuché algo caer dentro de la habitación.
—¡Cinco minutos! —gritó.
—Tres.
—¡Cinco!
—Cuatro.
—¡Eres insoportable!
Sonreí por primera vez aquella mañana.
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Salimos cerca de las diez.
Valentina subió a la camioneta y se acomodó en el asiento del copiloto.
—Necesito hacer algunas cosas en la ciudad.
—¿Cuánto tiempo?
—Un par de días.
—No.
Giró la cabeza.
—¿No?
—No puede ser tanto tiempo.
—Pues ni modo. Tendrás que aguantarte.
La miré.
—No entiendes el concepto de seguridad, ¿verdad?
—Entiendo perfectamente el concepto de que no puedo vivir encerrada.
—No estás encerrada.
—Estoy escondida.
No respondí.
—Además —continuó—, tengo que arreglar algunos asuntos de mi trabajo.
—Lo sé.
—Entonces déjame hacerlo.
—Depende de lo que tengas que hacer.
—Médico, compras y algunas reuniones.
Suspiré.
—Bien.
Ella sonrió satisfecha.
—Sabía que podía convencerte.
—No me convenciste.
—Claro.
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Llegamos a las oficinas de Industrias Montenegro.
Apenas entramos, Valentina cambió completamente.
Parecía otra persona.
Caminaba con seguridad, saludaba a varios empleados y hasta avanzó hacia la oficina de su padre dando pequeños saltos, como una niña emocionada.
Yo solo pude rodar los ojos.
Augusto la recibió con los brazos abiertos.
—Mi princesa.
—¡Papá!
Ella lo abrazó.
Yo entré detrás de ella.
Mi ropa no encajaba en absoluto con aquel lugar.
Mientras todos vestían trajes impecables, yo llevaba botas, jeans y una camisa de trabajo.
Augusto me miró.
—Gael, gracias por cuidarla.
Asentí.
—Es mi trabajo.
Valentina se separó de su padre.
—Papi, necesito hablar contigo.
—Claro.
—Necesito quedarme en la ciudad un par de días. Tengo varias cosas pendientes.
Augusto la miró y después me miró a mí.
—¿Qué cosas?
—Trabajo.
—¿Es indispensable?
—Sí.
Su padre suspiró.
—Está bien, pero Gael irá contigo.
—Lo sé.
En ese momento, el secretario entró apresuradamente.
—Señor Montenegro...
Augusto giró.
—¿Qué sucede?
El hombre le entregó unos documentos.
—Llegó otra amenaza.
El ambiente cambió inmediatamente.
Yo observé el rostro de Augusto.
Por un instante pareció preocupado.
Después volvió a adoptar aquella expresión controlada.
—Déjala aquí.
—Sí, señor.
El secretario salió.
Valentina no pareció notar la tensión.
Yo tampoco dije nada.
Aquello no era mi problema.
Al menos no directamente.
Lo único que me preocupaba era que aquellas amenazas terminaran afectándonos a mi hermano o a mí.
Habíamos aceptado trabajar para Augusto porque pagaba bien y porque necesitábamos estabilidad.
No pensaba morir por problemas que no eran nuestros.
Aunque, desde que Valentina había llegado a mi finca, parecía que mi tranquilidad había decidido desaparecer.
—¿Nos vamos? —preguntó ella.
Asentí.
Augusto se acercó y besó la frente de su hija.
—Ten mucho cuidado, princesa.
—Estaré bien.
Él me miró.
—Gael.
—Sí.
—Cuida a mi hija.
—Lo haré.
—No la pierdas de vista.
—Entendido.
Valentina tomó mi brazo.
—Vamos.
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Apenas salimos del edificio, me dijo:
—Tengo una cita médica a las tres.
—Bien.
—Después quiero ir de compras.
—Bien.
—Y necesito pasar por un lugar más.
—¿Cuántas cosas tienes que hacer?
—Las suficientes.
Respiré profundamente.
—Todo tiene que ser rápido.
Ella sonrió.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Amargado.
—No.
—Sí.
—Sube a la camioneta.
—Eso no fue una negación.
No respondí.
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El consultorio era bastante elegante.
Me estacioné frente a la entrada.
—Te espero aquí.
Valentina abrió la puerta.
—¿No vas a entrar?
—No.
Ella sonrió de una manera extraña.
—¿Te dan miedo los espéculos?
Fruncí el ceño.
—¿Los qué?
Valentina comenzó a reír.
—Nada.
—¿Qué dijiste?
—Nos vemos.
Entró al consultorio antes de que pudiera preguntarle.
Negué con la cabeza.
Aquella mujer estaba loca.
Me quedé en la sala de espera.
Pasaron diez minutos.
Veinte.
Treinta.
Cuarenta.
Miré el reloj.
Finalmente Valentina salió.
Venía sonriendo.
Se despidió de la doctora con un abrazo y después caminó hacia mí.
—Vamos.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, Gael.
—Entonces vámonos.
Salimos.
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El tráfico estaba horrible.
Avanzábamos lentamente entre los automóviles.
Valentina estaba concentrada en su teléfono, respondiendo mensajes.
Yo observaba la carretera.
Fue entonces cuando vi un vehículo oscuro detrás de nosotros.
No le presté demasiada atención al principio.
Cambié de carril.
El vehículo cambió también.
Fruncí el ceño.
Aceleré un poco y pasé a otro carril.
El vehículo volvió a hacer lo mismo.
Miré por el retrovisor.
No podía distinguir al conductor.
—¿Qué pasa? —preguntó Valentina sin levantar la mirada del teléfono.
—Nada.
Volví a cambiar de carril.
El automóvil nos siguió.
Esta vez reduje la velocidad.
El vehículo también.
Sentí que algo no estaba bien.
—Valentina.
—¿Sí?
—Guarda el teléfono.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Hazlo.
Su expresión cambió al notar mi tono.
Guardó el teléfono.
—¿Qué sucede?
No respondí inmediatamente.
Tomé una calle diferente.
El automóvil dobló detrás de nosotros.
Ahora estaba seguro.
Nos estaban siguiendo.
—¿Ese auto nos viene siguiendo?
Miré nuevamente por el espejo.
—No estoy seguro.
—¿Entonces por qué estás tan serio?
—Porque quiero estar seguro antes de asustarte.
Valentina se quedó callada.
Por primera vez desde que la conocía, parecía notar que algo no estaba bien.
Apreté el volante.
No podía llevarla directamente a la finca.
Tampoco podía regresar a la oficina.
Necesitaba comprobar si realmente nos seguían.
Tomé otra desviación.
El vehículo hizo lo mismo.
Mi mandíbula se tensó.
—Mierda.
—¿Qué?
—Agárrate.
—¿Qué vas a hacer?
No respondí.
Aceleré.
El vehículo detrás de nosotros también aceleró.
Valentina se sujetó del asiento.
—¡Gael!
—Tranquila.
—¡¿Cómo quieres que esté tranquila?!
Miré por el retrovisor.
El automóvil estaba cada vez más cerca.
Entonces el conductor hizo algo que confirmó mis sospechas.
Aceleró y comenzó a acercarse peligrosamente a nuestra camioneta.
Valentina palideció.
—Gael...
—No mires atrás.
—¿Quiénes son?
—No lo sé.
—¿Nos quieren hacer daño?
Apreté los dientes.
—Todavía no lo sé.
El vehículo volvió a acercarse.
Esta vez demasiado.
Y cuando intenté escapar por el siguiente cruce, otro automóvil apareció delante de nosotros.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba.
Aquello ya no parecía una simple persecución.
Nos estaban acorralando.