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La Venganza Silenciosa de la Esposa

La Venganza Silenciosa de la Esposa

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Divorcio / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Nadhira ohyver

Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.

Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.

Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.

Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.

Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.

NovelToon tiene autorización de Nadhira ohyver para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Rey permaneció de pie como una figura de cera, rígido e inmóvil. Su mente, antes atestada de cifras y plazos, ahora solo albergaba fragmentos de recuerdos: el aroma a gardenia que Tania había dejado flotando en el aire, su tono de voz suave pero firme al despedirse, y aquel brillo misterioso en sus ojos.

Una sensación extraña le recorrió el pecho y se propagó por todo el cuerpo, una mezcla entre admiración ardiente y un vacío helado.

Intentó parpadear, pero los párpados le pesaban, como si temiera que al hacerlo la imagen de Tania se desvaneciera para siempre de su memoria.

Se quedó paralizado, atrapado entre la realidad silenciosa de aquella habitación y la fantasía de la mujer que acababa de marcharse.

—Renzo.

—¿Sí, señor? —respondió Renzo, que seguía fielmente de pie detrás de él.

—Averigua qué le pasa a la señora Tania. Todo. Asegúrate de que esté bien.

Renzo guardó silencio. Aquello era inusual. Su jefe jamás se preocupaba por el estado emocional de un empleado, mucho menos de un socio de trabajo.

—¿Se refiere a algún problema con el contrato?

—No es por el contrato —lo cortó Rey; su voz sonó más afilada de lo habitual. No apartó la mirada de la puerta ni un instante; un pliegue apenas perceptible le surcaba la frente.

—Solo quiero saber. Averigua adónde fue y asegúrate de que no esté en problemas.

Renzo observó a su jefe con expresión incrédula. Había un matiz de preocupación insólito en la voz de Rey, algo que Renzo jamás le había escuchado.

—Rey... ¿estás bien? Esto no es propio de ti —preguntó Renzo con cautela.

La inquietud lo había hecho olvidar que, en ese momento, él y Rey eran un subordinado y su jefe.

Dentro de la oficina, ambos mantenían siempre una actitud profesional, aunque en realidad Rey y Renzo eran amigos desde hacía años.

Rey giró el rostro al fin. Su mirada recuperó la frialdad de siempre, como si ocultara la chispa de emoción que acababa de asomar.

—No me pasa nada. Haz lo que te ordené, Renzo. Ahora.

Renzo, que lo conocía desde hacía años y había trabajado a su lado todo ese tiempo, comprendió que aquella era una orden inapelable. Algo había ocurrido entre su jefe y la mujer que acababa de salir del despacho.

Pensó que tal vez se trataba de algo del pasado, y que él simplemente no se había enterado, pues lo que Renzo sabía era que Rey se mostraba frío y hermético con todo el mundo, especialmente con las mujeres; solo se ablandaba con su familia y su círculo más cercano.

—Entendido, señor. Enseguida me encargo —respondió Renzo, y salió con paso decidido, esbozando una sonrisa discreta. Sabía que detrás de la frialdad habitual de Rey se escondía una historia mucho más interesante.

Rey volvió a sentarse en su silla. No retomó el trabajo de inmediato, algo impropio de él. Su mirada seguía fija en el sofá donde Tania se había sentado hacía apenas unos minutos, como si la silueta de ella aún permaneciera allí.

El despacho entero estaba impregnado del perfume elegante que Tania había dejado atrás.

Desde que ella desapareció tras la puerta, el silencio envolvió la oficina de Rey. La atmósfera, normalmente estéril y eficiente, se sentía distinta: un poco más cálida, pero también cargada de una tensión que no encontraba palabras.

Rey exhaló un suspiro que no era de cansancio laboral, sino el aliento pesado de alguien que procesa emociones complejas. Rozó el ratón de la computadora con los dedos, pero su mirada se desvió hacia el ventanal que enmarcaba el panorama de la ciudad.

En aquel despacho solo se oía el murmullo del aire acondicionado y el tic-tac del reloj de pared, que parecía avanzar más despacio que de costumbre. Rey se sumergió en sus pensamientos, repasando la conversación con Tania, preocupándose por ella y, en silencio, admitiéndose a sí mismo cuánto le alegraba haberla reencontrado después de tanto tiempo.

* * *

Tania estaba regando las plantas en el jardín trasero cuando el ruido del auto de Diego se escuchó entrando al garaje.

Habían pasado dos mañanas desde su partida, y la quietud de la casa quedó rota por el motor que irrumpió en la calma de aquella tarde. Tania se enderezó, exhaló un suspiro tenue y se preparó para recibir el acto siguiente de la farsa.

Antes de que pudiera abrir la puerta de la casa, la entrada principal se abrió con un chirrido leve, deteniendo su corazón por un instante.

Diego tenía una copia de las llaves, de modo que podía entrar y salir de la casa sin esperar a que Tania le abriera.

Diego apareció en el umbral con una sonrisa ancha pintada en el rostro. Detrás de él venía Doña Carmen, con el semblante tenso, y a su lado... aquella mujer...

Tania sintió una descarga de adrenalina —una mezcla entre un estupor gélido y una rabia incandescente—. Sin embargo, su expresión permaneció sellada; la máscara de serenidad, perfectamente colocada.

—¡Cariño, ya llegué! —exclamó Diego con aire despreocupado, entrando sin el menor rastro de culpa.

Tania forzó una sonrisa.

—Bienvenido, Diego.

Diego se movió ligeramente hacia un lado, dejando a la mujer completamente a la vista.

—Ah, te presento: ella es Farah. Sobrina de mi mamá, mi prima.

Repugnante. La palabra giró en la mente de Tania. No sentía asco hacia Farah, sino hacia la hipocresía nauseabunda de Diego. El perfume empalagoso de Farah mezclado con el olor corporal de Diego le revolvió las entrañas. Fue como si una mano invisible le estrujara el estómago.

—Disculpen —soltó Tania deprisa, con la voz ligeramente ahogada. No esperó respuesta. Con pasos rápidos, casi a la carrera, abandonó la sala y se dirigió al baño más cercano.

Diego la vio marcharse con expresión desconcertada. ¿Náuseas?

—¿Qué le pasa a Tania? —preguntó Doña Carmen con inquietud.

Diego se encogió de hombros, pero su mente ya galopaba hacia la posibilidad más previsible: ¿Embarazada? Una arruga le cruzó la frente. La idea de que Tania estuviera embarazada no le producía la menor alegría; al contrario, lo invadió una preocupación fría. En su corazón ya solo había lugar para Farah.

—Voy a ver cómo está —dijo Diego, y se apresuró a seguir a su esposa, dejando a Farah y a su madre en la sala.

Tania vomitó sobre el lavabo. No tenía nada en el estómago; solo bilis y el sabor amargo de la traición. Se enjuagó la boca y contempló su reflejo en el espejo: el rostro pálido, pero la mirada fría y cargada de determinación.

Se oyeron golpes en la puerta.

—¿Cariño? ¿Estás bien? ¿Estás embarazada? —la voz de Diego llegó desde el otro lado.

Tania sonrió con sarcasmo ante su propio reflejo. ¿Embarazada? Qué ironía. Diego era un completo imbécil. No estaba embarazada; lo que sentía era asco puro.

—Estoy bien, Diego. Solo un resfriado —respondió Tania con la voz de nuevo serena, controlada a la perfección.

La máscara volvió a ajustarse con firmeza. Se limpió la boca, preparándose para enfrentar el acto siguiente de la farsa de su marido.

Diego soltó un suspiro largo y áspero frente a la puerta del baño; una de sus manos se frotó el pecho, desbordado de alivio. El pánico momentáneo ante un posible embarazo se disipó sin más.

—Un resfriado —murmuró, sintiéndose estúpido por haberse alarmado. Su mente egoísta regresó de inmediato a Farah, que esperaba en la sala.

La puerta del baño se abrió con un leve crujido. Tania emergió con el rostro todavía algo pálido, pero una sonrisa tenue y dulce ya estaba perfectamente dispuesta en sus labios. Una sonrisa forzada que solo podía leerse como sinceridad a través de los ojos de Diego, cegado por su propia ingenuidad.

Continuará...

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