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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:334.7k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6: Encuentro en la catedral

La catedral de Santa María olía a cera vieja y piedra húmeda.

Serena empujó la puerta lateral y entró sola. Había dejado a Bianca esperando en el carruaje con instrucciones claras: si no salía en media hora, que volviera a la mansión sin armar escándalo.

No necesitaba compañía para esto.

Sus pasos resonaron contra las baldosas mientras avanzaba por la nave central. La luz de la tarde se filtraba por los vitrales, tiñendo el suelo de colores rotos. Había pocas personas a esa hora: un par de ancianas rezando en los primeros bancos, un sacerdote joven arreglando velas en el altar menor.

Serena se arrodilló en el tercer banco. Juntó las manos. Cerró los ojos.

Pero no pidió perdón.

Diez años. Diez años encerrada en esa celda húmeda del ala norte, alimentada con sobras, curada con trapos sucios cuando la fiebre la consumía. Diez años viendo cómo Víctor y su amante disfrutaban del título, de las tierras, del poder que le correspondía a ella por derecho.

Y al final, la habían matado igual.

No. No iba a pedir perdón.

—Dame fuerza —murmuró contra sus propios nudillos—. No misericordia. No paz. Fuerza.

Porque esta vez sabía exactamente lo que venía. Cada traición, cada mentira, cada puñalada por la espalda. Y esta vez iba a devolver cada una.

Abrió los ojos. Se puso de pie. Alisó la falda de su vestido y se giró hacia la salida.

Fue entonces cuando lo vio.

En la nave lateral izquierda, medio oculto entre las columnas, había un hombre. Alto. Muy alto. Llevaba una capa carmesí sobre los hombros, el tipo de tela gruesa que usaban los militares de alto rango o los nobles que viajaban por caminos peligrosos. Tenía la mandíbula fuerte, marcada, con una barba de tres días que le oscurecía el mentón. Y los ojos...

Grises. Como el cielo antes de una tormenta de verano.

La estaba mirando.

No con curiosidad casual, no con esa mirada vacía de quien simplemente pasa la vista por una iglesia. La miraba como si la estuviera evaluando. Como si estuviera decidiendo si ella era una amenaza o no.

Serena sintió un escalofrío trepar por su columna. No de miedo. De algo más primitivo, más instintivo. Algo que le decía que ese hombre era peligroso.

Sus miradas se sostuvieron un segundo. Dos.

Él apartó la vista primero. Se dio la vuelta con un movimiento fluido de la capa carmesí y desapareció por la puerta lateral como si nunca hubiera estado ahí.

Serena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

¿Quién demonios era ese hombre?

Rebuscó en su memoria, en los diez años de su vida anterior, en cada rostro que había visto en la corte, en cada nombre que había escuchado susurrar en los pasillos del palacio. Nada. Ese hombre no existía en sus recuerdos.

Frunció el ceño mientras caminaba hacia la salida.

No importaba. Tenía cosas más urgentes de las que ocuparse.

---

La noche cayó pesada sobre la mansión Flores.

Serena estaba sentada frente al tocador de su habitación, cepillándose el cabello con movimientos mecánicos. El espejo le devolvía un rostro joven, de apenas dieciocho años. Todavía le costaba acostumbrarse. En su vida anterior, a esta edad ya llevaba meses casada y ya empezaba a notar las primeras señales de la traición de Víctor.

Esta vez sería diferente.

Dejó el cepillo sobre la mesa. Apagó la vela. Se metió en la cama.

El estruendo la despertó de golpe.

Un crujido brutal, como si algo enorme hubiera caído del cielo y aterrizado en el jardín trasero. Después, silencio.

Serena se incorporó en la cama con el corazón desbocado. Esperó. Nada más. Solo el viento entre los árboles y el canto lejano de un búho.

Se levantó descalza, se echó un chal sobre los hombros y caminó hasta la ventana. Desde el segundo piso podía ver parte del jardín bañado por la luz de la luna. El enrejado de rosas que la jardinera había cuidado con tanto esmero estaba destrozado. Y entre los restos de madera y pétalos aplastados, había un bulto oscuro.

Un cuerpo.

Serena no gritó. No llamó a los guardias. Lo primero que hizo fue calcular.

Si gritaba, despertaría a toda la casa. Víctor querría saber qué pasaba. Los sirvientes hablarían. Y si ese hombre resultaba ser alguien importante, alguien que estaba huyendo de algo, la información llegaría a oídos equivocados antes del amanecer.

Información era poder. Y ella no iba a regalársela a nadie.

Se puso las zapatillas, tomó el candelabro del pasillo y bajó por la escalera de servicio. La puerta trasera estaba sin llave, como siempre. Salió al jardín.

El olor a sangre la golpeó antes de ver nada más.

Conocía ese olor. Lo conocía demasiado bien. En la celda donde la habían encerrado durante una década, ese olor era tan común como el de la humedad.

Se acercó al cuerpo tirado entre las rosas destrozadas y lo giró con cuidado.

La capa carmesí.

Era él. El hombre de la catedral.

Tenía los ojos cerrados, la piel pálida bajo la luz de la luna, y estaba empapado en sangre. No de un solo lugar, sino de varios. Serena dejó el candelabro en el suelo y empezó a examinar los daños con manos firmes.

El hombro izquierdo: un tajo profundo de espada que había cortado músculo. Sangraba a borbotones. Lo peor.

El brazo derecho: una herida de flecha. Y la punta seguía dentro. Maldición.

La cintura: un corte largo y abierto, pero superficial. Mucha sangre, poco peligro real.

Tres heridas. Tres armas diferentes. Este hombre no se había metido en una pelea callejera. Alguien lo había cazado.

—Bianca —siseó Serena sin levantar la voz.

Su doncella dormía en la habitación contigua a la cocina. Serena tuvo que golpear tres veces el cristal de su ventana antes de que la chica apareciera con los ojos hinchados de sueño.

—¿Señora? ¿Qué...?

—Escúchame bien. Necesito agua limpia, la más caliente que puedas conseguir sin hacer ruido. Telas limpias, las del armario del segundo piso, no las de la cocina. Aguja de coser, la más fina que encuentres. Hilo de seda si hay. Y el licor fuerte que guarda el cocinero en la despensa. ¿Entendiste?

Bianca abrió la boca. La cerró. Asintió.

—No despiertes a nadie. A nadie, Bianca. ¿Queda claro?

—Sí, señora.

La chica desapareció. Serena volvió junto al hombre.

Estaba consciente. No se había desmayado. Esos ojos grises la miraban desde abajo, entrecerrados por el dolor pero alerta. Despierto. Evaluándola, igual que en la catedral.

Un escalofrío le recorrió la nuca otra vez.

—No te muevas —le dijo con voz baja y firme—. Si te mueves, el tajo del hombro va a abrirse más y vas a desangrarte en mi jardín. Y acabo de hacer que replanten esas rosas.

Algo cambió en la expresión de él. No exactamente una sonrisa. Más bien un destello de sorpresa en esos ojos tormentosos, como si no esperara que una mujer en camisón y chal le hablara con esa calma mientras le presionaba una herida con las manos desnudas.

No dijo nada. Solo la observó.

Bianca volvió con todo lo que le había pedido en un canasto. La chica estaba temblando, pero no preguntó nada. Buena chica. Serena haría lo posible por protegerla en esta vida.

—Sostén el candelabro cerca. Necesito ver bien.

Lo primero fue la flecha. Serena la palpó con cuidado, buscando el ángulo de entrada. Punta de acero, doble filo, encajada entre el radio y el cúbito. No había tocado el hueso, o al menos eso esperaba.

—Esto va a doler —le advirtió.

Él no respondió. Solo apretó la mandíbula.

Serena empapó un trapo en el licor y limpió la zona alrededor de la herida. Después tomó la flecha con ambas manos y tiró con un movimiento seco y preciso. El hombre soltó un gruñido bajo, animal, pero no gritó. Ni se movió.

La sangre brotó en un chorro oscuro. Serena presionó inmediatamente con el trapo empapado en licor. El cuerpo de él se tensó bajo sus manos. Cada músculo rígido como cuerda de barco.

—Respira —le ordenó.

Él obedeció. Una respiración larga, controlada. Como alguien acostumbrado al dolor.

Después vino la sutura del hombro. Serena enhebró la aguja con dedos que no temblaban. Diez años cosiendo sus propias heridas en una celda oscura le habían dado una habilidad que ninguna dama de la corte debería tener. Punto por punto, cerró el tajo mientras Bianca sostenía la luz con manos temblorosas.

El hombre la observaba trabajar. No su cara. Sus manos. Seguía cada movimiento de la aguja con esos ojos grises, como si estuviera memorizando su técnica.

—Eres buena en esto —dijo.

Su voz era grave. Ronca por el dolor, pero con un fondo firme, como piedra debajo de arena.

Serena no levantó la vista de la sutura.

—Cállate. Si hablas, te mueves. Si te mueves, tengo que empezar de nuevo.

Él no volvió a hablar.

Tardó casi una hora en terminar. Limpió la herida de la cintura, la vendó con telas apretadas. Revisó que la sutura del hombro no goteara. Verificó que el brazo no estuviera amoratándose por falta de circulación.

Cuando terminó, se sentó sobre los talones y se miró las manos. Estaban cubiertas de sangre hasta las muñecas. La sangre de él era caliente, espesa, y olía a hierro y a algo más. A bosque. A cuero.

Se obligó a apartar la mirada.

—Bianca, hay un almacén vacío en el ala este, al final del pasillo de servicio. Ayúdame a moverlo ahí.

—¿Señora, no deberíamos llamar al médico...?

—No. Nadie puede saber que está aquí. ¿Entendido?

Bianca tragó saliva y asintió.

Entre las dos lo medio cargaron, medio arrastraron por el pasillo de servicio hasta el almacén del ala este. Era un cuarto pequeño, polvoriento, con una cama vieja y un par de estantes vacíos. Nadie iba ahí. Perfecto.

Lo depositaron sobre la cama. Él estaba pálido como la cal, con los labios apretados, pero seguía despierto. Seguía mirándola.

Serena se inclinó y le puso la mano en la frente. Caliente, pero no ardiendo. Todavía no había fiebre. Si las heridas no se infectaban, viviría.

—Mañana vendré a revisar las vendas —dijo—. No intentes levantarte. Si se abren los puntos del hombro, no voy a volver a coserte.

Otra vez ese destello en sus ojos. Como si quisiera reírse pero no pudiera.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

La voz le salió más débil ahora. Estaba perdiendo la batalla contra el agotamiento.

Serena lo miró un momento largo. Después se dio la vuelta hacia la puerta.

—Descansa.

No le dio su nombre. Y él no le había dado el suyo.

Ya en el pasillo, con la puerta cerrada, Serena se apoyó contra la pared y cerró los ojos. El corazón le latía demasiado rápido. Las manos todavía le olían a su sangre.

¿Quién era ese hombre?

Lo había buscado en cada rincón de su memoria y no estaba. Diez años en la corte, diez años en prisión, y nunca, ni una sola vez, se había cruzado con un hombre de capa carmesí y ojos de tormenta.

Eso significaba algo.

Significaba que esta vida ya no seguía el mismo camino que la anterior. Algo había cambiado. Algo se había desviado del guion que ella conocía de memoria.

Apretó los puños.

No sabía si eso era bueno o malo. Pero mientras subía las escaleras hacia su habitación, con la sangre de un desconocido secándose en sus manos y el eco de su voz grave todavía resonando en sus oídos, supo una cosa con absoluta certeza:

Ya nada sería igual.

1
MARINA SIMÓN
/Ok/
PremKaur
¿Pero no qué ella tenía la llave del cuarto donde estaba su dote?, ¿No se supone que para sacar de su dote se necesitaba una carta firmada y sellada por su insignia personla?
PremKaur
¿No había caído en sus rosales?
Tinita77797
me gusta el rumbo que está tomando la historia, ya que divorciarse no es tan fácil para ella
Luz Maritza Rodriguez Pinilla
hermosa historia felicitaciones
Rosalia Sorman
buena
Yuri Zamira Gonzalez Castaño
buena novela me gustó mucho
Margarita Manrique
como se dice ,ti Lin ti Lin y nada de paletas,tan presumidos y orgullosos y no tienen en qué caer muertos . Son unos mantenidos
Estrella Guadalupe Martinez Vera
que bello tuvo sus tres retoños en esta vida encontró la felicidad que le fue negada en la otra 🥰🥰🥰🥰
Estrella Guadalupe Martinez Vera
👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼 que bonito tuvo sus tres retoños encontró la felicidad que en la anterior vida le fue negada bello final 🥰🥰🥰🥰🥰🥰 solo una observación de buena fe tus historias son muy buenas pero conforme avanza cambias algunas cosas y eso confunde un poco de ahí en fuera excelente 👍🏼
Estrella Guadalupe Martinez Vera
reencarnó 😮😮😮😮😮 eso no lo esperaba
Estrella Guadalupe Martinez Vera
bueno si Charlotte no fue mala aunque me sorprendió que por debajo del agua turbia ayudaba a Serena
Estrella Guadalupe Martinez Vera
👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼 hermosa boda dos almas que sufrieron ahora juntas con mucho amor
y me preguntó que paso con el principe de Jade Leandro hermano del rey desaparecio
Estrella Guadalupe Martinez Vera
cómo dijo su hermano por fin Serena podrá ser feliz 🥰🥰🥰🥰
Estrella Guadalupe Martinez Vera
por fin puede respirar paz en su alma y corazón los que le hicieron daño ya están acabados ahora seguir adelante un mejor presente y un buen futuro por venir 🥰🥰🥰🥰
Estrella Guadalupe Martinez Vera
Johan pudo haber sido un buen alquimista pero se fue por el lado equivocado 🫤
Estrella Guadalupe Martinez Vera
hay por fin ya cayó esa maldita arpia que debió ser encerrada por asesinar a su progenitora y luego a los tíos de Serena 🤬🤬🤬ya se terminó Isabella es tu fin
Estrella Guadalupe Martinez Vera
y la arpía de Isabella aún no ha hecho movimiento oh ya se rindió 🤔 el marquesado ya ha de estar en ruina total ya no tienen como sostenerse verdad?
Estrella Guadalupe Martinez Vera
ahora entiendo por qué la rebelión oculta y el odio del principe al duque
Estrella Guadalupe Martinez Vera
🥰🥰🥰🥰🥰
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