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Mi Don, Mi Pecado

Mi Don, Mi Pecado

Status: Terminada
Genre:Mafia / Juego de roles / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1
Nilai: 5
nombre de autor: Amanda Ferrer

Abran Kozlov tiene veintiséis años, una fortuna en petróleo y el título más peligroso de Rusia: Pakhan de la Bratva. Para el mundo, es un billonario implacable que comanda un imperio de refinadoras y plataformas en el Mar del Norte. Para sí mismo, es un hombre destrozado. A los quince años, la crueldad más extrema le arrancó la inocencia y le dejó el cuerpo cubierto de cicatrices que ningún traje logra ocultar. Desde entonces, se refugia en el alcohol, en la violencia y en el silencio, incapaz de permitir que nadie se acerque a lo que queda de su alma.

Melina Wisbech es la hija de Eros, líder de la Cosa Nostra americana, y la única mujer que jamás tembló frente al Don de hielo y sangre. Cuando la vida los obliga a compartir el mismo techo en la mansión de San Petersburgo, lo que empieza como choque de orgullos se transforma en una atracción que ninguno de los dos puede controlar. Melina descubre las cicatrices que Abran esconde, y en lugar de retroceder, decide quedarse. Él, por primera vez, encuentra en ella la fuerza para soltar la botella, enfrentar sus demonios y creer que merece ser amado.

Pero la redención tiene un precio. Enemigos de la Bratva resurgen con sed de venganza, un traidor opera desde las sombras de la propia familia, y cada beso robado en la oscuridad es una declaración de guerra contra quienes juran destruirlos. Mientras Abran y Melina luchan por su amor, la familia Kozlov enfrenta atentados, traiciones y pérdidas que pondrán a prueba hasta los lazos de sangre más fuertes.

En un universo donde la lealtad se paga con balas y el amor nace entre ruinas, Abran tendrá que elegir: seguir siendo el monstruo que el mundo espera, o convertirse en el hombre que Melina y sus hijos merecen.

NovelToon tiene autorización de Amanda Ferrer para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

SECRETOS Y HEREDEROS

Habían pasado cuatro meses desde aquella noche inolvidable en Nueva York, pero para Abran Kozlov, el tiempo parecía haberse detenido.

El Don de la mafia rusa se volvió visitante asiduo de Estados Unidos. Viajaba directo a Nueva York bajo el pretexto de reuniones y expansión de negocios, pero la verdad era una sola: buscaba a la diabla pelirroja de ojos verdes. Recorrió discotecas, revisó contactos y usó a sus mejores hombres de inteligencia, pero no encontró ni una sola pista de la mujer que le había robado la cordura.

La frustración lo devoraba. Abran empezó a beber aún más y a dormir cada vez menos. El único cambio real en su vida era la ausencia total de las crisis de pánico dentro de los aviones; el miedo a los espacios cerrados se evaporó, sustituido por una obsesión mucho mayor. En su bolsillo, guardada como un amuleto oculto, la tanga de encaje negro de Melina nunca lo abandonaba. Tocar el tejido fino e inhalar el perfume que se empeñaba en no desvanecerse era lo único que lo mantenía en pie.

En una noche gélida en San Petersburgo, con la mente exhausta y el cuerpo adolorido, Abran decidió que necesitaba relajarse. Caminó por los pasillos silenciosos de la mansión rumbo al área del sauna privado.

Jaló la pesada puerta de madera despacio, pero en el segundo en que el vapor caliente le golpeó el rostro, Abran se congeló.

Adentro, ajenos a su presencia, estaban su hermana Anna y su primo y mano derecha, Leonid. Anna estaba en cuatro sobre la banca de madera, de espaldas a la entrada, mientras Leonid la sujetaba por la cintura, completamente entregado al momento, clavado hasta el fondo dentro de ella. El sonido de los gemidos bajos de Anna resonaba por el espacio sofocante.

Ninguno de los dos vio ni escuchó la puerta abrirse.

Abran sintió la sangre helársele en las venas, pero su reacción no fue la furia ciega de siempre. En un acto de puro autocontrol, retrocedió un paso y cerró la puerta sin hacer el menor ruido.

Caminó en trance hasta su propia habitación, cerró con llave y se sirvió un vaso lleno de vodka. Abran se pasó la mano por el rostro, desesperado por borrar aquella escena impactante de su mente. Leonid era su hermano de consideración, su hombre de confianza, y Anna era la niña que juró proteger. La mezcla de sentimientos lo aturdió, pero tomó una decisión: en los días siguientes, no dijo absolutamente nada ni a su hermana ni a su primo. Guardó el secreto para sí, observándolos de lejos en silencio.

Mientras tanto, del otro lado del océano, la vida de Melina había cambiado por completo.

Al cumplir cuatro meses de gestación, el vientre de Melina ya comenzaba a asomar con gracia. Sin embargo, el camino hasta ahí no fue nada fácil. Las náuseas matutinas continuaban arrolladoras; cualquier olor fuerte de condimento o perfume la hacía correr al baño, dejándola agotada.

Esa tarde, acompañada por Sophia y escoltada por Orion y Theo, Melina se realizó el ultrasonido detallado en el ala médica de la mansión. Cuando la imagen en blanco y negro apareció en la pantalla y el sonido de los latidos rápidos aceleró por la habitación, el corazón de Melina desbordó.

—Es un niño, Melina —anunció Arianna con una sonrisa acogedora—. Un varoncito fuerte y saludable.

Lágrimas de pura emoción rodaron por las mejillas de Melina. Miró la imagen de su hijo y, sin vacilar, tomó su decisión:

—Se va a llamar Heitor... Heitor Wisbech.

Orion y Theo, que observaban todo recargados en la pared, dieron un paso al frente. Al saber que tendrían un sobrino, un niño a quien enseñar a luchar y proteger, los dos herederos de la Cosa Nostra sintieron un orgullo inmenso. Orion tomó la mano de su hermana con firmeza, mientras Theo le besó la coronilla.

Melina sonrió, sintiéndose bendecida por el apoyo incondicional de su familia. Pero al acariciar su propio vientre, sus pensamientos volaron lejos. Miró por la ventana de la habitación, preguntándose en silencio dónde estaría el hombre de ojos azules y pecho marcado de aquella noche inolvidable, sin imaginar que el padre del pequeño Heitor seguía moviendo cielo y tierra para encontrarlos.

Con el paso de dos meses más, la gestación de Melina cumplía ahora seis meses completos, al igual que la búsqueda incesante de Abran por la mujer de aquella noche. Durante todo ese período desde el incidente en el sauna, Abran nunca mencionó una sola palabra sobre la escena que presenció. Decidió observar en silencio, curioso por ver hasta dónde Anna y Leonid llevarían aquella relación oculta.

Como Don, Abran hizo lo que debía hacer: investigó los pasos de su propio primo. Mandó rastrear cada movimiento de Leonid fuera de la empresa, de su casa y de la sede de la Bratva. El resultado de la investigación, sin embargo, trajo un alivio genuino para Abran. Leonid era absolutamente fiel y reservado. Cuando no estaba trabajando, dividía su tiempo entre sus padres —Ava, hermana de la fallecida madre biológica de Abran, y Feliks, exsubjefe y amigo leal de Anton— y su hermano menor de dieciocho años, Daniil, a quien acompañaba de cerca cuando el chico no estaba en el centro de entrenamiento de la organización.

Leonid no frecuentaba discotecas y no tenía vida nocturna. Solo tenía ojos para Anna. Para la Bratva, aquello no era un problema; a diferencia de la rígida Cosa Nostra, la mafia rusa era mucho más liberal respecto a la sexualidad y no imponía reglas sobre la virginidad de sus mujeres. Sabiendo que su primo era un hombre honrado y que Anna estaba en buenas manos, Abran dejó que la situación fluyera.

A diferencia de muchas familias de la mafia, Anton nunca encerró a sus hijas en una burbuja asfixiante. Las reglas de la casa Kozlov eran relajadas, y les daba libertad para que Anna y Ayla vivieran su juventud.

Fue en una de esas noches de libertad que Ayla decidió ir a una discoteca de moda en el centro de San Petersburgo. Bebió de más, bailó y terminó liándose con un hombre que conoció en la barra. Fueron a un lugar privado y tuvieron sexo con intensidad. Sin embargo, en cuanto terminaron, el hombre cometió el peor error de su vida: sacó la cartera del bolsillo e intentó pagarle a Ayla por el acto.

La furia de una legítima Kozlov despertó en ese mismo segundo. Tomada por la rabia y el alcohol, Ayla le asestó un puñetazo brutal directo en la cara al sujeto, rompiéndole la nariz en el acto.

—¡No soy una maldita prostituta! —estalló ella, antes de darle la espalda y dejarlo sangrando en el suelo.

Ya pasaban las cinco de la mañana cuando Ayla cruzó la puerta de la mansión, pisando fuerte y exhalando un fuerte olor a alcohol. Abran estaba sentado en el sillón de la sala, completamente despierto con un vaso de vodka en la mano, como de costumbre.

Al ver a su hermano, Ayla esbozó una sonrisa torcida de borracha e intentó acercarse para darle un beso en la mejilla. Abran se esquivó al instante, empujándola suavemente por el hombro con un gesto de desagrado.

—Ve a bañarte, Ayla —dijo Abran, la voz grave y austera—. Hueles a sexo y a alcohol barato. Y ni se te ocurra besarme, no tengo idea de dónde estuvo tu boca.

Ayla soltó una carcajada burlona, echándose el cabello hacia atrás.

—En varios tragos de tequila... y en algo más —provocó, cruzándose de brazos.

La mirada de Abran se tornó seria al instante. Se levantó del sillón, el aura de Don transparentándose en su postura.

—¿Te lastimaron? —preguntó, el tono peligrosamente calmado—. ¿Te forzaron a algo?

—Estoy perfecta —respondió Ayla, encogiéndose de hombros con total desdén—. El tipo con el que estuve no puede decir lo mismo... va a tener que reconstruirse la nariz. El imbécil pensó que yo era una prostituta.

Abran recorrió con los ojos la ropa corta y atrevida de su hermana, dejando escapar un suspiro pesado e irritado.

—Viendo esa ropa, no me sorprende que ese idiota se haya confundido —refunfuñó Abran, frotándose la nuca—. A partir de hoy, te voy a prohibir salir.

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