Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 20
Cap 20: Una tumba decente
Al día siguiente de mi cumpleaños me quedé en casa para acompañar a Emiliano al panteón.
Herminia había vuelto de madrugada. Faltaban trámites para trasladar el cuerpo de su hermana, que seguía bajo resguardo en el servicio funerario, y quería dejar elegido el entierro ese mismo día.
—Yo también voy —dije cuando Genaro tomó las llaves.
Mi padre me miró como si fuera a pedirle dinero. Al ver que no añadía nada, abrió la puerta.
En el primer panteón, Herminia nos llevó directamente a unas sepulturas junto a la barda. Un hombre le señaló un espacio y empezó a explicar que pertenecía a una familia que ya casi no iba por allí.
—Nos dan permiso de usarlo —dijo ella—. Sale mucho menos.
Emiliano preguntó por el documento.
El hombre respondió que luego hablarían con el encargado. No llevaba nada que pudiera enseñarle.
—¿Y va a quedar a nombre de mi mamá?
Herminia le puso una mano en el brazo.
—Primero hay que enterrarla, muchacho. No te compliques con todo.
Yo había oído su llamada de la noche anterior. Había recibido un adelanto del seguro para los gastos funerarios; la indemnización completa todavía tardaría. Lo sabía porque Genaro le había preguntado si ya podían contar con el resto y ella le respondió que no.
No conocía todos los números. Sí sabía que no era verdad lo que dijo después.
—Ya no queda casi nada. Es esto o esperar a ver quién nos presta.
Emiliano retiró el brazo despacio.
—Quiero ver San Miguel.
—Ahí es más caro.
—Quiero preguntar.
Herminia miró a Genaro, buscando que lo hiciera entrar en razón. Él se encogió de hombros. Llevaba toda la mañana pendiente del tiempo.
—Pues vamos de una vez y acabamos.
Antes de salir, Emiliano me preguntó si mi mamá estaba enterrada allí. Le dije que sí.
En San Miguel dejé a los demás frente a la oficina y fui a ver la tumba de Azucena. Quité unas hojas de la placa. Había tierra metida en una de las letras de su nombre y la saqué con la esquina de un pañuelo.
Cuando levanté la vista, Emiliano estaba al principio del pasillo. No se acercó hasta que guardé el pañuelo.
—¿Ya les dieron un precio?
—Mi tía sigue preguntando.
Desde allí alcanzábamos a oírla discutir con la empleada. No quería llevarse el presupuesto por escrito; pedía que le dijeran de una vez cuál era lo mínimo.
—No firmes que estás de acuerdo sin que te expliquen qué van a pagar —le dije a Emiliano—. Anoche oí que ya recibió una parte del seguro.
Me miró con atención.
—¿Cuánto?
—No alcancé a oír. Pero puedes pedir que te enseñe los papeles.
Se quedó mirando hacia la oficina.
—Ya se los pedí.
Yo había dado por hecho que su silencio era resignación. No se me había ocurrido que hubiera preguntado antes y que tampoco a él le contestaran.
—Entonces hay que buscar a alguien que la obligue a enseñarlos.
—¿Y después?
—Después se ve para qué alcanza.
—No. Después de que la haga enojar. ¿Con quién me voy?
No lo dijo para discutir. De verdad esperaba que yo tuviera una respuesta.
Busqué una y no me salió. Sus cosas estaban en una bolsa dentro del cuarto de mis abuelos; su cama tenía que levantarse para que los demás pudieran pasar.
—Tú tienes a tu abuela —continuó—. Ayer la llamaste. Yo ya no tengo a quién llamar.
Miré la tumba de mi madre. Llevaba años hablándole de Remedios, pidiéndole que me la cuidara. No sabía qué habría hecho si también me la hubieran quitado.
—Me tienes a mí.
Emiliano me sostuvo la mirada.
—No te estoy diciendo que armes una pelea —añadí, menos segura—. Déjame preguntar primero. Si encontramos algo que sirva, te lo cuento.
Después de un momento, asintió.
Esa tarde fui a Praga. Susana estaba revisando una entrega y me pidió que esperara. Me senté con mi libreta sobre las piernas; cuanto más tardaba, más difícil me resultaba calcular lo que iba a ofrecerle.
Cuando acabó, le conté lo que sabía. Distinguí la llamada que había oído de lo que solo sospechaba. Quería que alguien revisara el dinero y que la historia saliera de nuestra casa antes de que Herminia diera todo por terminado.
Susana conocía a una reportera que compraba allí y a varias personas que trabajaban en televisión. Ya me había hablado de ellas por asuntos de ropa y encargos.
—Puedo llamar —dijo—. De ahí a que publiquen algo hay un trecho. Van a necesitar comprobarlo.
—Que lo comprueben.
—¿El muchacho quiere hablar?
Me detuve. Le había prometido preguntarle antes de hacer nada y ya estaba decidiendo hasta por dónde iba a salir su historia.
—Se lo voy a explicar.
Susana cerró la libreta de pedidos y tomó la mía.
—¿Y estos números?
Había calculado cuánto podía recibir de 0220 si los nuevos diseños se vendían como los anteriores. No era una cantidad segura, pero era lo único mío que podía ofrecer sin tocar lo destinado a Remedios.
—Mi parte de los próximos cuatro trimestres. Hasta ahí puedo pagar lo que cueste conseguir ayuda.
Ella dejó el lápiz.
—No necesitas pagarle a una periodista para que te crea, Daniela.
—Digo los viajes, las copias, alguien que revise los documentos. Si hace falta dar a conocer el caso… No quiero que deje de hacerse porque ahora no tenga todo el dinero.
Susana me hizo desglosar lo que estaba dispuesta a gastar. Ella adelantaría los gastos que acordáramos, guardaría los comprobantes y los descontaría de mi parte. Si quedaba dinero, seguiría siendo mío. No iba a entregar un año de trabajo a cambio de una promesa sin cifras.
Acepté. Aun con ese límite, los primeros gastos podían consumir lo que yo pensaba ahorrar durante meses.
—¿Por qué él? —me preguntó—. No lo conoces de nada.
Miré la libreta. Podía hablarle de lo que había pasado en el panteón; no podía explicarle por qué me habría costado más irme sin hacer nada que perder ese dinero.
—No quiero que entierren a su mamá sin que él sepa siquiera dónde va a poder visitarla.
Susana esperó un momento, como si faltara algo. Luego tomó el teléfono.
Hablé con Emiliano antes de que lo contactaran. Le dije quién quería escucharlo, qué podían preguntarle y que no tenía que aceptar una cámara para que revisaran los papeles.
—No quiero que enseñen a mi mamá —pidió.
Se lo repetí a Susana tal como él lo dijo.
La reportera habló con él y buscó los documentos por su cuenta. También pidió una respuesta a Herminia. La primera nota salió tres días después; la entrevista ocultaba el rostro de Emiliano y alteraba su voz. Él habló poco. Quería saber cuánto se había recibido para el funeral y por qué no podía ver un presupuesto ni un documento a nombre de su madre.
No hizo falta que nadie contara una historia más terrible.
Herminia recibió llamadas durante toda la tarde. A algunas personas les colgó; a otras les explicó que había habido un malentendido. Con Genaro gritó que la estaban haciendo quedar como una ladrona después de todo lo que había hecho por su sobrino.
Al día siguiente llevó el presupuesto de San Miguel a casa.
Eligieron una sepultura sencilla, con los documentos y los gastos claros. Emiliano pidió una copia y la guardó dentro de la bolsa de viaje. Herminia se la dio sin mirarlo.
Cuando terminaron los trámites del traslado, pudimos enterrarla.
Fuimos cuatro: Herminia, Genaro, Emiliano y yo. Mi madrastra llevaba lentes oscuros y no se apartó de mi padre. Yo me quedé cerca de Emiliano sin saber si quería compañía o espacio.
Al terminar la ceremonia, él le pidió la pala al trabajador. Echó unas cuantas paladas sobre el ataúd, despacio. En una tuvo que detenerse para recuperar el equilibrio. Me acerqué un paso; él movió la cabeza y esperé.
No lloraba. Eso no lo hacía parecer menos perdido.
Pensé en mi propia muerte. Mi último recuerdo terminaba en el suelo, con Rogelio arriba y mi hijo sin moverse dentro de mí. Nunca había sabido quién se ocupó de nosotros después.
Miré a Emiliano devolver la pala con cuidado. Por lo menos Herlinda tenía a alguien que había preguntado, insistido y vuelto a preguntar cuando le decían que ya daba lo mismo.
Él se limpió las manos con un pañuelo. Tenía tierra en el puño de la camisa y trató de quitarla antes de acercarse a mí.
—Gracias, Daniela.
—No tienes que…
Me callé. Sí había hecho algo por él, y negarlo ahora no iba a borrar lo que le había hecho antes.
—De nada —dije.
Genaro nos llamó desde la salida. Emiliano no se movió enseguida.
—¿Por qué me ayudaste tanto?
Miré la tierra recién removida. Había imaginado esa pregunta desde que entré en Praga, pero allí, con él esperándome, ninguna de mis respuestas preparadas me pareció suficiente.
—No quería dejarte solo con esto.
No era toda la verdad. Fue lo único que pude darle.