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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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18. No voy a darle un hijo a él
La criada terminó de doblar la última sábana con un pliegue preciso, milimétrico, y la dejó sobre el borde del colchón. Luego se giró hacia Mónica, que seguía sentada en el borde de la cama con las manos juntas sobre el regazo, y negó con la cabeza una sola vez.
- “El señor Valentín no va a venir, señora; dijo que usted duerma y no salga de su habitación, mañana le traeré su desayuno temprano”, dijo la criada, sin añadir explicaciones y salió del dormitorio cerrando la puerta con un clic seco que rebotó en las paredes encaladas.
Mónica se quedó mirando la puerta, se quedó quieta un momento largo, escuchando los pasos de la criada alejándose por el pasillo de azulejos, luego el crujido de la madera de la escalera, luego nada.
Se levantó. Fue hasta la ventana y cerró los postigos verdes, dejando solo una rendija por donde entraba una franja de luz amarillenta del farol del patio. Se miró las manos mirando el anillo de matrimonio, que le indicaba que era propiedad de Valentín Marín.
Fue entonces cuando supo que no iba a quedarse sentada esperando a que Valentín decidiera cuándo usarla de nuevo.
Esperó casi dos horas. Sentada en la silla de mimbre del porche, con los pies descalzos sobre los escalones de mármol, escuchando los grillos y el ruido lejano de un coche.
A las tres y veinte de la madrugada, unos faros iluminaron el camino de tierra. Mónica se irguió en la silla. El motor era distinto al Mercedes de Valentín, más agudo, más nervioso. Un Porsche, lo reconoció por el sonido redondo del escape antes de ver la silueta del coche, Lucas regresaba en otro vehículo que no era la furgoneta que usó para ir al almacén.
El coche se detuvo junto a la verja de hierro negro. La puerta se abrió y Lucas bajó de un golpe, sin elegancia. Llevaba la misma ropa que había usado en el polígono, una camisa oscura abotonada hasta la mitad, pantalones de sastre negros, botas con polvo del hormigón del almacén.
Caminó hacia el porche sin verla al principio. Iba mirando el suelo, las llaves colgando de su mano derecha. Cuando levantó la cabeza, se detuvo en seco a tres metros de la escalera.
- “¿Qué haces aquí?”, preguntó Lucas.
- “Te esperaba”, respondió ella.
Lucas parpadeó. Miró hacia la casa, luego hacia Mónica, luego hacia el coche que había dejado con la puerta abierta y la luz interior encendida.
- “No deberías estar aquí fuera. Si vuelve Valentín y te ve…”, dijo Lucas.
- “No va a volver. La criada me ha dicho que no va a llegar a dormir”, interrumpió Mónica.
Él se quedó quieto. Las llaves dejaron de balancearse en su mano. Subió el primer escalón del porche y se detuvo allí, de pie, más alto que Mónica.
- “Sube”, dijo él. “No podemos hablar aquí fuera”.
- “No. Aquí”, replicó ella.
Mónica no se movió de la silla de mimbre. Las piernas cruzadas, los pies descalzos con las uñas pintadas de rojo oscuro apoyados en el mármol frío, las manos sobre las rodillas. La camisola de algodón blanco le llegaba hasta media pantorrilla y se le pegaba al cuerpo por el calor.
Lucas la miró un momento largo. Luego bajó el escalón, se sentó en el segundo peldaño de mármol, por debajo de Mónica, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza colgando. Las llaves las dejó a un lado, sobre la piedra.
- “¿Qué quieres, Mónica?”, preguntó Lucas.
- “Quiero una vida”, respondió Mónica.
Lucas levantó la cabeza. La miró de costado.
- “Tengo veinticuatro años”, continuó Mónica. “Mi padre me vendió a un hombre que me mira como se mira un terreno que se ha comprado. Me deja en esta casa, viene cuando quiere, me usa y se va. Y cuando no está, estoy yo sola con las paredes y con una criada que no me habla”.
Hizo una pausa. Los dedos de su mano derecha se cerraron sobre la rodilla, arrugando la tela de la camisola.
- “Quiero hijos”, dijo Mónica. “Quiero tener hijos con alguien que me mire a la cara, no a la pared. Que me pregunte cómo estoy, no si ha funcionado. Que me ponga la mano en la barriga y esté contento, no pensando en si es varón o en si lleva la sangre que necesita”.
Lucas no dijo nada. Mónica vio que su mandíbula se apretaba, que los músculos de los costados del cuello se le marcaban como cuerdas.
- “¿Sabes lo que es eso?”, preguntó Mónica, y su voz se quebró apenas, una grieta fina. “¿Sabes lo que es soñar con un hijo que no sea una transacción?”
- “Lo sé”, respondió él. La voz le salió baja, casi un susurro.
- “¿Lo sabes?”, preguntó Mónica
- “Sí”, respondió él.
- "¿Tú también quieres eso?”, consultó ella sorprendida.
Lucas tardó en responder. Se pasó la mano por la cara, arrastrando los dedos desde la frente hasta la barbilla.
- “Sí. Pero no lo voy a tener. No así”, dijo Lucas.
- “¿Por qué no?”, cuestionó Mónica.
- “Porque no puedo, él tiene que tener su heredero, antes de tener los míos”, aseveró Lucas.
Mónica se inclinó hacia delante. La madera del porche crujió bajo las patas de la silla. Estaba más cerca de él ahora, lo bastante para oler el tabaco frío de su camisa y el polvo del hormigón del polígono, lo bastante para ver la línea de cansancio que le surcaba la frente y la forma en que sus ojos la miraban sin parpadear.
-:“No voy a darle un hijo a él, no quiero, porque también será mío, y sería incapaz de dejar a mi hijo, antes muerta”, expresó Mónica.
Lucas cerró los ojos un momento.
- “No hables así”, dijo Lucas.
- “¿Cómo quieres que hable? ¿Cómo quiere tu hermano que hable? ¿Como una señora? ¿Como una esposa? No soy ninguna de esas cosas. Soy un vientre que él compró para tenga un heredero”, recriminó Mónica.
Lucas se giró. La miró de frente. Mónica vio algo en sus ojos que no había visto antes. Una rabia contenida que le endurecía la mandíbula y le estrechaba los ojos.
- “No digas eso”, dijo Lucas.
- “Es la verdad”, replicó Mónica.
- “Sé que es la verdad. Pero no lo digas”, expresó Lucas.
Mónica lo miró. Él la miraba a Mónica. La luz del farol les iluminaba la mitad de la cara a cada uno y dejaba la otra mitad en sombra, como dos medallas vueltas del revés.