Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 6
Los tres días que siguieron fueron, sin exagerar, un curso intensivo en todo lo que una futura reina debía saber, y que nadie se había molestado en preguntarme si quería aprender.
Etiqueta de la corte. Protocolos de saludo según el rango de la persona frente a ti. Historia de las casas nobles de Varken, que parecían interminables y todas con apellidos igual de rebuscados que Hawthorne y Ravenscroft. Danza, por supuesto, porque al parecer una reina que no sabe bailar es prácticamente un escándalo nacional.
La institutriz que mis padres contrataron, una mujer de mirada severa llamada Lady Beatrice, esperaba encontrarse con una alumna torpe y abrumada.
No contaba con que yo llegaba con veintisiete años de experiencia en aprender cosas rápido por necesidad laboral, y que los recuerdos de la vieja Evelyn, aunque dispersos, ya tenían una base sólida de modales y protocolo que solo necesitaba pulirse.
—Es usted sorprendentemente rápida, Lady Evelyn —admitió Beatrice al segundo día, con una expresión que oscilaba entre el alivio y la sospecha.
—Tengo mis métodos —respondí, sin entrar en detalles sobre presentaciones de trabajo bajo presión y jefes que no aceptaban un "no entendí" como respuesta.
La danza fue lo único que me costó un poco más, no por falta de coordinación sino porque cada vez que practicaba los pasos con el instructor designado, mi mente insistía en imaginar cómo sería bailar eso mismo con cierto rey arrogante, idea que descartaba de inmediato cada vez que aparecía.
Para el tercer día, ya manejaba lo básico lo suficientemente bien como para no hacer un papelón en público. Lo cual, considerando que tenía exactamente setenta y dos horas para prepararme, no estaba nada mal.
La mañana del baile llegó más rápido de lo que hubiera querido.
Marta me ayudó a vestirme con un vestido azul de escote pronunciado, bordado con detalles plateados que brillaban con cada movimiento, y peinó mi cabello en ondas sueltas con algunos mechones recogidos hacia atrás. Cuando me miré al espejo, casi no reconocí a la persona que me devolvía la mirada: elegante, compuesta, con una seguridad que tres días antes no tenía del todo.
—Está lista, mi lady —dijo Marta, con una sonrisa orgullosa.
Subí a mi propio carruaje, distinto al de mis padres, que ya habían partido con anterioridad para asegurarse de que todo estuviera en orden antes de mi llegada. El trayecto comenzó tranquilo, con el sonido familiar de las ruedas sobre el camino de piedra y el paisaje de Varken pasando lentamente por la ventana.
A mitad de camino, el carruaje se detuvo.
Antes de que pudiera preguntar qué pasaba, la puerta se abrió y Kael subió, vestido con un traje oscuro de gala que, tenía que admitirlo aunque fuera solo para mí misma, le quedaba absurdamente bien.
—¿Qué hace usted aquí? —pregunté, sin disimular la sorpresa.
—Acompañando a mi prometida —respondió, sentándose frente a mí con esa calma exasperante que ya empezaba a reconocerle—. ¿Esperaba a otra persona?
—Esperaba llegar sola y en paz —respondí—. Sin interrupciones reales a mitad de camino.
—Considérelo una cortesía.
—Considérelo una intromisión.
Kael ladeó la cabeza, observándome con esos ojos verdes que parecían disfrutar cada intercambio tanto como yo, aunque ninguno de los dos lo admitiría jamás en voz alta.
—Veo que las clases de etiqueta no lograron suavizar su carácter —comentó.
—Y veo que tres días de ausencia tampoco mejoraron el suyo —respondí.
—Mi carácter está perfectamente bien.
—Su carácter es insoportable, pero hermoso, según usted mismo me informó.
Una sonrisa breve, casi involuntaria, apareció en su rostro antes de que la controlara.
—Al menos recuerda lo importante.
—Es difícil olvidar algo tan repetido.
El carruaje siguió avanzando, y por unos minutos ninguno de los dos dijo nada, aunque la tensión entre nosotros era de ese tipo extraño que no se sentía del todo incómoda. Fue él quien rompió el silencio.
—Debo admitir que esperaba que se negara a verme de nuevo hasta el baile mismo.
—Lo consideré —respondí honestamente—. Pero como ya está aquí, sentada frente a mí, dentro de mi carruaje, sin haber pedido permiso...
—Soy el rey. No necesito pedir permiso.
—Eso explica muchas cosas sobre su personalidad.
Kael entrecerró los ojos, aunque sin verdadera molestia.
—Lady Evelyn, ¿siempre es así de difícil?
—Solo con las personas que se lo merecen —respondí, sosteniéndole la mirada—. Usted, hasta ahora, se lo ha ganado con honores.
—Qué honor tan dudoso.
—El único que va a recibir de mi parte por un buen tiempo.
Él se recostó contra el asiento, estudiándome con una expresión que mezclaba fastidio genuino con algo que se parecía sospechosamente a disfrute.
—Esta noche —dijo finalmente— tendremos que comportarnos como la pareja comprometida que se supone que somos.
—Ya lo mencionó la última vez.
—Lo repito porque dudo que lo haya tomado en serio.
—Lo tomé perfectamente en serio —respondí—. Puedo ser encantadora cuando quiero.
—Eso sería un cambio refrescante.
—Cuidado, Majestad, podría arrepentirme de mi encanto si sigue provocándome.
—No esperaba menos de usted.
El carruaje comenzó a desacelerar, señal de que estábamos llegando al palacio. A través de la ventana podía ver las luces del gran salón, los carruajes de otros nobles formando una fila ordenada, y la fachada del palacio iluminada de una manera que parecía sacada de un cuento, aunque uno donde la protagonista no estaba del todo segura de querer el final feliz que se esperaba de ella.
Bajamos del carruaje juntos, y para mi sorpresa, Kael me ofreció el brazo con una naturalidad que no esperaba de él. Lo acepté, más por protocolo que por gusto, aunque tuve que admitir que el gesto no se sentía tan forzado como había imaginado.
Caminamos hacia la entrada del gran salón, donde un heraldo esperaba con pergamino en mano para anunciar nuestra llegada formal. Sentí que mi estómago se tensaba apenas un poco, consciente de que en cuanto cruzáramos esa puerta, toda la corte de Varken nos vería juntos por primera vez.
—¿Lista? —preguntó Kael en voz baja, justo antes de que las puertas se abrieran.
—Tan lista como puedo estar para fingir que usted no es insufrible —respondí.
—Eso, Lady Evelyn, es prácticamente una declaración de amor en su vocabulario.
No tuve tiempo de responder, porque las puertas se abrieron de par en par y la voz del heraldo resonó por todo el salón.
—¡Su Majestad, Kael IV de Ravenscroft, Rey de Varken! ¡Y su prometida, Lady Evelyn Ann Hawthorne!
El salón completo se giró hacia nosotros. Cientos de ojos, vestidos elegantes, copas alzadas a medio camino que se detuvieron en el aire. El brillo de las lámparas de cristal caía sobre nosotros como un reflector inevitable.
Sentí la mano de Kael apretar levemente la mía sobre su brazo, un gesto casi imperceptible que, sospeché, era lo más parecido a un "no se atreva a arruinar esto" que él era capaz de transmitir sin palabras.
Levanté la barbilla, sostuve la mirada de todos los presentes sin un ápice de la timidez que se esperaría de mí, y entramos juntos al gran salón.
*Bueno, Vivián,* pensé, *bienvenida a tu primer baile real.*
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