Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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El hombre que nadie conocía
Hay dos tipos de profesores.
Los que terminan la clase y desaparecen antes de que el último estudiante alcance a guardar el cuaderno y los que parecen vivir en la universidad.
El profesor Ferrer pertenecía al segundo grupo. Lo descubrí por pura casualidad O, al menos, eso me gusta creer.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo?
Emma apareció a mi lado mientras yo intentaba, por tercera vez, organizar el desastre que llevaba dentro de la mochila.
—Tengo que pasar por la biblioteca.
—¿Hoy?
—Si no saco ese libro, voy a terminar haciendo el trabajo con información de internet.
Emma hizo una mueca de horror.
—Qué miedo.
—Exacto.
Salimos del salón junto al resto de estudiantes.
El pasillo estaba lleno de conversaciones que se mezclaban unas con otras. Algunos ya discutían sobre el examen de otra materia, otros debatían dónde iban a almorzar y yo solo pensaba en el dolor de espalda que me estaba provocando cargar media biblioteca dentro de la mochila.
—¿Nunca has pensado en dejar algunos libros en tu casa?
—¿Y si justo necesito uno?
Emma suspiró con resignación.
—Eres un caso perdido.
—Eso me dice mi mamá todos los martes.
—Hoy es lunes.
—Lo sé.
Quería sonar dramática.
Ella soltó una carcajada.
—Lo lograste.
Seguimos bajando las escaleras entre risas hasta que Emma me dio un pequeño codazo.
—Mira.
Seguí la dirección de su mirada.
A unos metros de nosotros, uno de los empleados de mantenimiento intentaba mover varias cajas llenas de archivos hacia una pequeña bodega.
En ese momento apareció el profesor Ferrer.
El hombre mayor levantó la vista y le sonrió.
Antes de que pudiera decir una palabra, el profesor dejó su maletín sobre una banca, tomó dos de las cajas más pesadas y comenzó a caminar junto a él.
No pareció hacerlo por compromiso. Ni porque hubiera estudiantes mirando, Simplemente lo hizo.
Conversaron unos segundos.
El profesor sonrió.
Pero no era la misma sonrisa tranquila que mostraba en clase.
Era una mucho más relajada.
Más cálida.
Antes de despedirse le dio una ligera palmada en el hombro y siguió su camino. Lo observé hasta que desapareció al doblar el pasillo.
—Siempre hace eso.
La voz de Emma me devolvió al presente.
—¿Qué cosa?
—Ayudar.
Al personal de limpieza. A los vigilantes. A los jardineros.
Una vez lo vi arreglando una impresora junto al señor de sistemas durante casi una hora.
Parpadeé.
—¿En serio?
—Ajá.
—Pensé que era... más serio.
—Lo es, pero nunca trata mal a nadie.
Seguimos caminando.
No dije nada.
Me quedé pensando en aquello.
La mayoría de las personas suele ser amable con quien puede ofrecerle algo a cambio.
Él parecía ser amable con cualquiera y por alguna razón... Ese detalle me gustó más de lo que esperaba.
La biblioteca olía exactamente como debía oler una biblioteca.
A libros antiguos a café recién hecho y a estudiantes desesperados por terminar sus trabajos.
Fui directamente al estante de Psicología de la Conducta.
Busqué el título que necesitaba.
Ahí estaba.
Sonreí.
—Perfecto...
Estiré la mano. Otra mano llegó al mismo tiempo.
Nos detuvimos.
Levanté lentamente la vista.
No.
No podía ser.
El profesor Ferrer sostenía el mismo libro desde el otro lado del estante. Sentí que todo el oxígeno desaparecía de la habitación.
Retiré la mano enseguida.
—Lo siento, no lo vi.
Él observó la portada unos segundos antes de volver a mirarme.
—¿Lo necesita para el trabajo del próximo lunes?
Claro que lo sabía.
Él mismo había dejado el trabajo, muy bien, Julieta.
Tu cerebro sigue funcionando de maravilla.
—Sí, profesor.
Sin decir una palabra, soltó el libro.
—Lléveselo.
Negué de inmediato.
—No importa.
Puedo esperar.
—No.
Su voz conservaba la misma serenidad de siempre.
—Yo ya lo he leído demasiadas veces.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Además...
Sé exactamente lo que dice.
No pude evitar reír.
—Eso es hacer trampa.
—Son las pocas ventajas de ser profesor.
Tomé el libro con cuidado.
—Gracias.
—De nada.
Esperé que dijera algo más.
No lo hizo.
Solo inclinó ligeramente la cabeza a modo de despedida y desapareció entre los estantes de la biblioteca.
Eso fue todo.
Ni una conversación memorable.
Ni una escena digna de una película romántica y, sin embargo...
No pude evitar sonreír.
Encontré una mesa junto a la ventana y abrí el libro.
Algo cayó entre las páginas.
Era una pequeña tira de cartulina azul.
La tomé pensando que sería un separador de la biblioteca.
Tenía una frase escrita con una letra elegante.
"Nunca aceptes la primera respuesta. Las mejores preguntas aparecen cuando decides seguir buscando."
Le di la vuelta.
No había ningún nombre. Ninguna firma. Nada.
Solo aquella frase.
La observé durante unos segundos.
Era sencilla.
Pero tenía algo que me obligó a volver a leerla.
Sonreí sin darme cuenta.
La coloqué nuevamente entre las primeras páginas del libro.
No sabía quién la había escrito.
Ni por qué estaba allí.
Pero decidí dejarla donde la había encontrado.
Cuando llegué a casa, mi mamá estaba en la cocina preparando la cena.
—¿Cómo te fue?
Dejé la mochila sobre el sofá.
—Bien.
—¿Ya hiciste amigos?
—Una.
—¿Y los profesores?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Hay uno que explica increíble.
Mi mamá sonrió.
—Eso ayuda muchísimo.
Asentí.
Sí, ayudaba.
Más de lo que imaginaba.
Después de cenar me senté frente al portátil.
Abrí el navegador.
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.
Esto es ridículo.
Lo sé.
Solo era curiosidad.
Nada más.
Escribí despacio:
Profesor Gael Ferrer.
Presioné Enter.
Aparecieron artículos académicos. Ponencias. Investigaciones. Libros.
Nada personal.
Probé otra vez.
Facebook. Nada.
Instagram. Nada.
X. Nada.
LinkedIn. Nada.
Fruncí el ceño.
¿Cómo era posible?
En pleno siglo XXI todo el mundo tenía alguna red social.
Hasta mi papá tenía una cuenta donde solo compartía fotografías de plantas.
Él... Nada.
El celular vibró sobre el escritorio.
Emma
"¿Encontraste algo?"
Respondí enseguida.
"Solo artículos."
No pasaron ni diez segundos antes de que llegara otra respuesta.
"Te lo dije."
"El profesor Ferrer es un fantasma."
Miré otra vez la pantalla del computador.
Después sonreí sin darme cuenta.
Un fantasma.
Qué forma tan extraña de describir a una persona.
Cerré el portátil.
Intenté convencerme de que el tema terminaba ahí. Pero, mientras apagaba la luz de mi habitación, una pregunta seguía dando vueltas en mi cabeza.
¿Cómo podía alguien estar rodeado de cientos de estudiantes todos los días... y, aun así... Seguir siendo un completo desconocido?