Valeria Cárdenas parecía tener una vida estable: un matrimonio envidiable, un hogar tranquilo y un esposo que, alguna vez, la amó de verdad. Pero con el tiempo, las palabras dejaron de ser cariño y empezaron a doler, y el silencio se volvió una forma de castigo que nunca supo cómo enfrentar.
Día tras día, Valeria se fue apagando entre reproches, desprecios, monotonía y culpas que no eran suyas. Sin darse cuenta, dejó de ser ella misma para convertirse en alguien sin alma, solo para no molestar.
Cuando finalmente toma una decisión de la que no hay vuelta atrás convencida de que su ausencia hará todo más fácil para quienes la rodean, entiende demasiado tarde cuánto se había perdido en el camino. Porque a veces el amor no se acaba… solo cambia hasta volverse irreconocible.
Esta es una historia donde el dolor se guarda, donde nadie ve lo que pasa puertas adentro. Y donde comprender lo que ocurrió llega cuando ya no se puede reparar.
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Lo que él cree que merece
En otro lugar de la ciudad, lejos de la calma que Valeria había empezado a construir, Andrés reía.
El ambiente era completamente distinto: luces bajas, música suave, una copa a medio llenar sobre la mesa.
Florencia estaba frente a él, con una sonrisa que parecía fríamente calculada.
—Mi amor —dijo ella, tomando su mano—. Te tengo una sorpresa.
Andrés la miró con curiosidad.
—A ver, dime, mi amor.
Florencia bajó la mirada un segundo, como si quisiera darle más misterio al momento.
—Ya me divorcié de mi marido.
Andrés abrió los ojos, incrédulo.
—¿En serio?
Ella asintió, acercándose un poco más.
—Ahora soy libre completamente libre para estar contigo y disfrutar este amor entre tú y yo, sin escondernos.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Andrés. Esa noticia le gustaba, le hacía sentir que todo estaba tomando el rumbo que él quería.
—Eso sí que no me lo esperaba, mi amor —dijo con entusiasmo—. Me encanta escucharte esa gran noticia.
Florencia no soltó su mano.
—Y eso no es todo, mi amorcito.
Andrés la observó, atento a lo que iba a decir.
—¿Qué más?
Ella hizo una pausa breve.
—Voy a tener un bebé.
El silencio cayó entre los dos. Por un segundo, Andrés no reaccionó.
—¿Qué bebé?
Florencia sonrió, tocándose el vientre.
—Nuestro bebé.
Las palabras se quedaron flotando en el aire. Y entonces Andrés empezó a sonreír: una sonrisa amplia, sincera, casi infantil.
—¿De verdad?
—Sí, amor —respondió ella con ternura—. Vamos a ser padres.
Esa frase le llenó el pecho de orgullo. Al fin, un bebé...
—Voy a ser padre —repitió en voz baja, llevándose una mano al rostro, como si intentara asimilarlo—. No me lo creo, mi amor. Eres una mujer maravillosa, me vas a dar un hijo que será mi heredero. Mi madre estará feliz con la noticia.
Florencia lo miraba, satisfecha. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Es verdad —añadió—. Y es nuestro.
Andrés soltó una pequeña risa.
—Esto hay que celebrarlo a lo grande —dijo con entusiasmo—. Es lo mejor que me ha pasado en todos estos años. No me arrepiento de haberte hecho mía, mi amor. Eres lo mejor de mi vida.
Se inclinó y la besó.
—No sabes lo feliz que me haces.
Florencia lo abrazó con fuerza.
—Yo también estoy muy feliz. Te daré un hijo, fruto de este amor...
Pero entonces, su expresión cambió. Se separó un poco.
—Aunque hay algo que me preocupa y de verdad me asusta.
Andrés frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Florencia bajó la mirada y, poco a poco, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tú aún no te has divorciado de Valeria.
Andrés soltó el aire con calma.
—Eso no es problema.
—Sí lo es —respondió ella, con voz agraviada—. No quiero que mi hijo crezca en medio de esto. No quiero que la gente hable, que lo señalen...
Hizo una pausa, la voz quebrada.
—No quiero que le digan bastardo.
Andrés apretó la mandíbula.
—Eso no va a pasar. Yo no lo permitiré, mi amor.
Florencia negó suavemente.
—No lo sabes...la gente es mala y cruel.
Sus lágrimas empezaron a caer.
—Y además...no tengo dónde ir.
Andrés la miró, sorprendido.
—¿Cómo que no?
—Mi ex marido no me dejó nada. Me quedé sin casa, sin nada... porque se enteró que le fui infiel. Sniff, sniff..
Su voz se volvió más débil.
—No sé dónde voy a vivir, mi amor.
Andrés la tomó del rostro con firmeza.
—Tranquila, mi vida.
Ella lo miró, buscando seguridad.
—No estás sola en esto…
Andrés habló con decisión.
—Te vienes a vivir conmigo.
Florencia parpadeó, como si no esperara esa respuesta.
—¿De verdad?
—Claro —respondió él—. Esa casa es mía, y Valeria no tiene voz ni voto.
Florencia dudó un poco.
—Pero Valeria...
Andrés hizo un gesto de desdén.
—Eso no importa.
Florencia bajó la mirada.
—No quiero incomodarla con mi presencia y no quiero que dañe a nuestro bebé.
Su tono era suave, pero sus ojos estaban atentos a cada reacción de él.
Andrés soltó una pequeña risa.
—No te preocupes por eso.
Se recostó en la silla, confiado.
—Valeria es incapaz de matar una mosca. Además, hace cualquier cosa que le diga con tal de que no la deje.
Florencia no dijo nada. Solo escuchó.
—Si le digo que te atienda, lo va a hacer con gusto —continuó él—. Siempre ha sido así desde que nos casamos. Mira, se enteró de que le era infiel contigo y aún así me perdonó.
Hizo una pausa, sonriendo.
—Además, cuando se entere de que voy a ser padre seguro se va a poner feliz.
Florencia levantó la mirada, fingiendo sorpresa.
—¿Tú crees?
—Claro —respondió él—. Sabe que no pudo darme hijos.
Sus palabras salieron sin ningún cuidado.
—Es estéril no puede darme lo que tú sí.
Florencia se acercó un poco más.
—Entonces ¿no habrá problema?
Andrés negó con seguridad.
—Ninguno, mi amor. Dormirás conmigo y cuidaré de ti y de mi bebé.
La tomó de la mano.
—Todo va a salir bien.
Florencia apoyó la cabeza en su hombro.
—Confío en ti, mi amor.
Pero mientras lo hacía, una leve sonrisa apareció en su rostro. Una que Andrés no alcanzó a ver.
Esa misma noche, en otro lugar, Valeria dormía tranquila sin imaginar que el mundo que había decidido dejar atrás todavía no había terminado con ella. Mientras tanto, Andrés, confiado, creía que todo se haría tal como él lo decía