Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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Capítulo 21
Gerson:
Ver el lote premium de chocolate arruinado sobre la banda transportadora fue como recibir un golpe directo en el estómago. El espeso aroma a cacao quemado inundaba la planta principal de la fábrica Evans, pero lo que realmente me asfixiaba era la mirada de Hellen.
Estaba de pie junto a las máquinas de templado, impecable en un traje sastre color azul marino, con los brazos cruzados y una expresión de absoluta indiferencia que me helaba la sangre. A su lado, el jefe de mantenimiento, un viejo aliado de mi madre, temblaba mientras intentaba balbucear excusas baratas, culpando a las "nuevas directrices de la presidencia".
Hellen ni siquiera parpadeó. Caminó hacia mí con esa parsimonia real que ahora dominaba todo el edificio, deteniéndose a escasos centímetros.
—Como Director de Planta, la responsabilidad técnica de este desastre recae directamente sobre tus hombros, Gerson
soltó su voz de seda, cortando el ruido de los motores como un bisturí
— Así que seré muy clara: ¿esto fue una completa incompetencia tuya, o es solo un juego sucio de tu madre para sabotear mi meta del ochenta por ciento?
El piso de la fábrica se quedó en un silencio sepulcral. Los obreros nos miraban disimuladamente. En ese segundo, mi mente se convirtió en un maldito campo de batalla. Sabía perfectamente que mi madre estaba detrás de esto; reconozca su letra en el descuido provocado. Mi orgullo de hombre y la lealtad a mi apellido me gritaban que defendiera la planta, que culpara a la gestión de Hellen, que dejara que el barco se hundiera para ganar la apuesta de los seis meses y recuperar mi trono.
Pero entonces la miré a los ojos. Recordé el calor de sus labios de la tarde anterior, la forma en que me había marcado el territorio diciéndome que solo haría lo que ella me permitiera, y me di cuenta de que estaba irrevocablemente perdido. Estaba asfixiado de amor, obsesionado de una manera enfermiza con su aprobación. No podía permitir que me viera como un fracasado o como el títere de mi madre.
—No es ningún juego
declaré, dándole la espalda a Hellen para encarar al jefe de mantenimiento con una furia salvaje
— Estás despedido. Recoge tus cosas y lárgate de mi fábrica ahora mismo.
Giré hacia los supervisores, quitándome el saco del traje oscuro para arrojarlo sobre una silla, comenzando a arremangarme la camisa blanca con desesperación.
—Traigan las herramientas. Yo mismo voy a arreglar estas malditas máquinas y a limpiar el desastre. Nadie se va a su casa hasta que la línea premium esté operando al cien por ciento. ¡Muévanse!
Hellen me miró trabajar durante horas. Me puse el overol, me manché las manos de grasa y pasé la tarde entera calibrando los sensores que habían sido alterados digitalmente en la madrugada. Cada vez que levantaba la vista, la encontraba observándome desde el mezanín de cristal, con una sonrisa ladina y triunfante. Sabía que me había domado. Sabía que, por primera vez, había elegido su bando por encima del de mi propia sangre.
A última hora de la noche, con el lote de chocolate salvado y la producción estabilizada, manejé hacia la mansión con el cuerpo molido y la mente hirviendo en rabia. Crucé el umbral de la casa como un torbellino, haciendo retumbar mis pasos sobre el piso de mármol importado. Sabía exactamente dónde encontrarla.
Entré al despacho de mi padre sin golpear. Mi madre estaba allí, sentada en una de las poltronas de cuero, tomando un té con total tranquilidad, como si no hubiera roto un plato en su vida. Al verme entrar con la ropa de trabajo semi manchada y el rostro demacrado, arqueó una ceja con elegancia.
—¡¿Qué pretendes, mamá?! ¡¿Llevarnos a la quiebra?!
bramé, cerrando la puerta de golpe, haciendo que las imponentes paredes de block y concreto de la mansión amplificaran mi furia
—¡Tu jueguito me salió jodidamente caro! ¡Perdimos mucho dinero hoy en la planta por culpa del sabotaje a las máquinas de templado!
Mi madre dejó la taza de porcelana sobre la mesa con un golpe seco, perdiendo su postura pacífica de inmediato. Se puso de pie, con los ojos inyectados en una mezcla de rabia y frustración.
—¡¿Cómo te atreves a hablarme así, Gerson?! —chilló, dando un paso hacia mí
—¡Lo hice por nosotros! ¡Lo hice por ti!
—¡Tuve que despedir al jefe de esa área!
la interrumpí, dándole un paso al frente, apretando los dientes con una severidad que nunca antes había usado con ella
—Tuve que rebajarme a arreglar las máquinas yo mismo con los obreros para que los clientes extranjeros no cancelaran los pedidos. ¿Estás loca? ¿Quieres destruir la empresa con tal de fastidiarla?
—¡Pero hijo!
exclamó mi madre, con la voz quebrada por la indignación, tomándome de los brazos con desesperación
— ¡No puedo dejar que ese insignificante gane! ¡¿Es que no lo entiendes?! Si cumple esa meta del ochenta por ciento, nos va a quitar todo. ¡Nos va a desplazar de nuestra propia dinastía! Es nuestro imperio, Gerson, el imperio por el que tu padre y yo hemos luchado toda la vida. No puedo sentarme a ver cómo una aparecida se corona en nuestras narices mientras tú te quedas de brazos cruzados.
La miré fijamente. Sus ojos reflejaban el miedo absoluto de perder el control, el mismo miedo que a mí me había gobernado semanas atrás. Pero ahora, viéndola desde fuera, su estrategia me pareció patética, baja y destructiva. Hellen no ganaba con trampas; Hellen ganaba con pura y aplastante inteligencia.
No añadí una sola palabra más. Le quité las manos de encima con una frialdad que la dejó helada. La miré con profundo enojo, una mirada cargada de decepción y distancia, y dándome la vuelta, salí del despacho dejándola hablando sola en la inmensidad de la habitación.
Mi madre se quedó estática en medio del despacho, con la respiración agitada y los ojos abiertos de par en par. En ese silencio sepulcral, una terrible epifanía la golpeó en el pecho. Miró la puerta por donde yo había salido y sintió un vacío helado. Se dio cuenta, con una claridad que le devolvió la palidez de hospital, de que su plan no solo había fallado en la fábrica, sino que en el tablero de ajedrez familiar acababa de ocurrir una tragedia.
Ya no se trataba de las acciones o de la fábrica de chocolates. Mi madre vio, con total terror, que acababa de perder a su peón más valioso, a su propio hijo... y que Hellen, sin mover un solo dedo desde su oficina presidencial, se había ganado uno nuevo.