Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.
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Capítulo 15: Santuario de Seda y Deseo
La noche cayó sobre la bahía con la cadencia suave de las mareas de verano. Un manto estrellado y sereno cubrió las aguas oscuras que rodeaban la península, mientras el viento del mar soplaba contra los ventanales de la mansión Sterling, trayendo consigo la frescura de la brisa marina. Sin embargo, en el interior de la propiedad, el ambiente se había transformado por completo.
La gran suite principal, un espacio majestuoso de techos altos, molduras doradas y suelos de roble pulido, se envolvió en una atmósfera mágica, tibia y profundamente íntima.
Alexander no dejó que Ámbar hiciera el menor esfuerzo durante el resto del día. Desde el instante en que el médico confirmó la noticia de la gestación, el magnate asumió el control absoluto del entorno de su esposa con una dedicación feroz y reverente. Canceló todos sus compromisos ejecutivos de la semana entera, ignoró las alertas del teléfono corporativo y prohibió tajantemente a los sirvientes interrumplos para cualquier asunto que no fuera estrictamente necesario. Él mismo se encargó de servirle la cena, de acomodar las mantas y de velar por su comodidad con un cuidado tan minucioso que rozaba la adoración.
Decenas de velas aromáticas de jazmín y sándalo parpadeaban sobre las repisas de mármol y las mesas auxiliares, proyectando sombras doradas y cálidas sobre la estancia. Un fuego tenue crepitaba en la gran chimenea de piedra, llenando la habitación con un calor envolvente que perfumaba el aire a madera seca.
Ámbar se encontraba recostada sobre la inmensa cama de cuatro postes, recostada entre una montaña de cojines de pluma de ganso y sábanas de hilo egipcio. Vistía un camisón de encaje blanco y satén fluido, una pieza fina y delicada que dejaba al descubierto la curva suave y sonrosada de sus hombros de porcelana, moldeando con impecable sensualidad la suave plenitud de su silueta: la firmeza de su busto, la pequeñez de su cintura y la opulencia generosa de sus caderas. Tenía el cabello oscuro desparramado sobre la almohada en una cascada de bucles gruesos que despedían el aroma fresco del baño reciente.
El sonido tenue del pestillo al deslizarse anunció la presencia de Alexander.
El magnate caminó hacia la cama a pasos lentos, descalzo sobre la mullida alfombra turca. Se había despojado de la camisa de vestir y del reloj de oro, quedando únicamente con un pantalón cómodo de seda negra. La luz dorada del fuego perfilaba su torso ancho, muscular y bronceado, marcando las líneas definidas de su espalda y el relieve de su pecho. Ya no había rastro en su rostro del frío ejecutor de los astilleros; solo quedaba la vulnerabilidad transparente de un hombre rendido ante la mujer que amaba.
Alexander se subió a la cama con un movimiento ágil y felino. Se acostó a su lado, buscando el calor de su cuerpo, y la atrajo hacia su pecho con una delicadeza extrema, ajustando sus brazos alrededor de su cintura como si temiera romperla o desvanecer el sueño en el que sentía estar viviendo.
—Un hijo tuyo... —susurró él, con la voz barítona reducida a un murmullo denso y emocionado.
Bajó despacio su mano grande, cálida y ligeramente áspera, desplazándola sobre la seda blanca del camisón hasta posarla con extrema reverencia sobre el vientre aún completamente plano de su esposa. Sus ojos grises, habitualmente fríos como el acero, brillaban en la penumbra con una emoción contenida, húmeda y profunda.
—La vida me dio el tesoro más grande y sagrado del mundo cuando me obligó a casarme contigo, Ámbar... y fui un ciego tan miserable, un idiota tan lleno de orgullo, que estuve a punto de perderlo todo antes de entender la bendición que tenía frente a mí.
Ámbar sintió el temblor ligero en los dedos de Alexander mientras la mano de él resguardaba su vientre. Se giró hacia él sobre el costado, acomodando las caderas contra los muslos del magnate, y levantó la mano para acariciar la mandíbula marcada y ligeramente sombreada por la barba de su esposo. Sintió la firmeza de sus facciones y la intensidad devota con la que la contemplaba. El dolor de las humillaciones pasadas, el peso del rencor y las sombras de las intrigas de la rival comenzaban a cicatrizar definitivamente bajo la sinceridad irrefutable de sus actos.
—No lo perdiste, Alexander —susurró ella, deslizando la yema de sus dedos sobre los labios del magnate—. Estamos aquí. Estamos juntos y este es nuestro momento.
Alexander cerró los ojos un instante, dejando escapar un largo suspiro que acarició la piel del cuello de su esposa. Luego, inclinó la cabeza y la besó.
Fue un beso lento, profundamente reverente, impregnado de una sensualidad abrumadora pero cargado de un amor puro y tan transparente que hizo temblar a Ámbar por dentro. La boca de Alexander demandó la suya con una paciencia exquisita, saboreando la suavidad carnal de sus labios, profundizando la caricia con una devoción que parecía pedir perdón y agradecer al mismo tiempo. Ámbar soltó un suave gemido de rendición contra su boca, pasando los brazos alrededor del cuello ancho del magnate y enredando los dedos en su cabello oscuro.
El beso se volvió más cálido, más hondo, encendiendo una chispa de fuego lento en la penumbra de la suite.
Las manos grandes de Alexander comenzaron a descender por los costados de Ámbar. Sus palmas recorrieron con una lentitud pausada la curvatura generosa de sus caderas, sintiendo la firmeza de sus muslos y el calor que emanaba de su piel a través de la tela. Con una paciencia exquisita, sus dedos buscaron los tirantes de encaje blanco del camisón, deslizándolos con extrema suavidad sobre sus hombros hasta despojarla de la prenda, dejando al descubierto la magnificencia desnuda y voluptuosa de su esposa bajo el resplandor de las velas.
Alexander contuvo el aliento. Contempló el cuerpo de Ámbar como si fuera la primera vez, admirando la blancura de su piel, el relieve perfecto de sus curvas y la majestad inocente con la que ella lo recibía.
—Eres perfecta, Ámbar... Eres la mujer más hermosa que este mundo ha visto —murmuró él, cubriéndole los hombros, el cuello y la base del pecho con besos suaves, calientes y devotos.
Esa noche no hubo prisa, no hubo rencores guardados ni las frías exigencias contractuales que alguna vez amenazaron con destruirlos.
En la intimidad protegida de la suite principal, entre caricias susurradas al oído, promesas eternas y suspiros ahogados en la penumbra, Alexander veneró cada curva, cada rincón y cada pliegue del cuerpo de Ámbar. La poseyó con una ternura salvaje y una entrega espiritual absoluta, demostrándole en la fusión perfecta de sus cuerpos que ella no solo era la madre de su futuro heredero, sino la única e indiscutible dueña de su vida, de su corazón y de todo su futuro.
💯 recomendada 😉👌🏼
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/