Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 7: El premio y la queja
Los días siguientes al concurso fueron, como era de esperar, absolutamente gloriosos para mí. Mi foto apareció en el periódico local, en la página web del instituto y, por supuesto, en todas las redes sociales. Mis padres estaban tan orgullosos que decidieron celebrarlo por todo lo alto: una cena en casa con la mejor comida, regalos nuevos, joyas y, lo más importante para mí, confirmaron que podía elegir la universidad que quisiera, en cualquier parte del mundo, con todos los gastos pagados.
—Mi niña brillante —decía mi madre, mirándome con lágrimas de emoción en los ojos mientras me ponía un collar de diamantes alrededor del cuello—. Eres perfecta en todo lo que haces. No sé dónde sacaste tanta inteligencia y belleza.
Yo me miraba al espejo, acomodando la joya que relucía contra mi piel, y sonreía con esa humildad fingida que usaba con ellos. —Es genética, mamá —respondí con dulzura—. Y un poquito de esfuerzo personal, claro. Pero qué se le va a hacer, nací para destacar. Es una carga pesada, pero alguien tiene que llevarla.
Por dentro, estaba radiante. Tenía el trofeo en mi mesa de noche, brillando bajo la luz de mis lámparas, y cada vez que lo miraba, sentía que mi victoria era la prueba definitiva de que, sin importar la época, yo siempre sería la reina. Lo único que empañaba un poquito mi alegría era un nombre que no se me quitaba de la cabeza: Alexandro.
Desde la noche del concurso, no habíamos vuelto a hablar. Él se había quedado con sus palabras, con esa sonrisa de suficiencia y esa idea absurda de que yo le debía mi victoria. Y yo, por supuesto, había decidido ignorarlo hasta que se le pasara la tontería. Como si yo necesitara ayuda para ganar algo, pensaba cada vez que me acordaba de él, lo cual, admitámoslo, era bastante seguido. Yo gané porque soy la mejor, punto. Él solo estuvo ahí, de adorno, como siempre.
Pero el destino —y nuestros padres, que parecían empeñados en que estuviéramos juntos todo el tiempo— tenía otros planes. Al día siguiente, mis padres me dijeron que los señores Ferrer y Alexandro vendrían a comer a casa para celebrar mi triunfo.
—¡Qué maravilla! —exclamé con sarcasmo mientras me vestía en mi habitación—. Justo lo que necesitaba: que venga el aguafiestas oficial a verme triunfar y a decirme que fui suerte. Bueno, no importa. Me vestiré tan espectacular, me veré tan increíble y seré tan brillante que hasta él tendrá que admitir que soy genial por mí misma.
Bajé las escaleras deslizándome con elegancia, vestida con un conjunto que mezclaba elegancia y modernidad, el cabello perfecto, el maquillaje impecable. Cuando entré al salón, los adultos ya estaban hablando y riendo. Los señores Ferrer me recibieron con abrazos y felicitaciones, diciéndome lo maravillosa que había sido mi actuación. Y entonces lo vi.
Alexandro estaba recostado en el sofá, con una copa en la mano, vestido con ropa informal pero que le quedaba demasiado bien, mirándome llegar con esa mirada suya, lenta y detallista, que recorría cada centímetro de mi cuerpo antes de posarse en mis ojos con esa chispa de burla que ya conocía demasiado bien.
Me paré frente a él, con las manos en la cintura y la cabeza muy alta, mientras los padres hablaban de negocios en el otro extremo de la sala. —Hola —le dije, cortante pero hermosa, como siempre—. ¿Has venido a felicitarme o solo a mirar lo que tú nunca podrás ser?
Él se incorporó lentamente, se puso de pie y me devolvió la sonrisa, esa que me ponía de los nervios. —He venido a ver el trofeo, sobre todo —respondió él con calma—. Y a ver si ya se te ha bajado la inflación del ego. Aunque viendo cómo bajas las escaleras, diría que estás peor que antes.
—El ego no se infla, querido —le corregí, pasando por su lado con mucha gracia para ir hacia la mesa de aperitivos—, se mantiene en su nivel natural, que es muy alto, porque corresponde a mi valor real. Y hablando del trofeo… ahí está, en la vitrina. ¿Lo has visto? Es grande, brillante, hermoso… como yo. Ganarlo fue pan comido.
Alexandro caminó detrás de mí, se inclinó un poco hacia mi oído y dijo con voz baja, para que nadie más oyera: —¿Pan comido? ¿Segura? Porque yo recuerdo una escena muy diferente. Recuerdo luces explotando, gente a punto de volverse loca de adoración y a cierta hechicera con los ojos muy abiertos y asustados porque no podía controlar lo que había empezado.
Me giré bruscamente, poniendo los ojos en blanco con toda la fuerza que pude. —¡Eso fue estilo! ¡Fue drama! —le susurré indignada—. Yo lo tenía todo planeado. Quería que la emoción fuera intensa, quería dejar huella. Y claro que podía controlarlo. Solo… estaba probando hasta dónde podía llegar. Fue una demostración de fuerza, no un accidente. ¡Y tú te metiste donde no te llamaban! Si no hubieras intervenido, habría sido aún más espectacular.
Alexandro soltó una risa y negó con la cabeza, mirándome como se mira a un niño pequeño que intenta negar lo obvio. —Mariam, por favor, no mientas ni te mientas a ti misma. Si no hubiera intervenido, hoy no estarías aquí presumiendo de trofeo. Hoy estaríamos explicándole a las autoridades por qué todo el instituto se quedó hipnotizado y por qué casi fundes la instalación eléctrica de toda la zona. Tú ganaste, sí, pero ganaste porque yo te cubrí la espalda y arreglé tu desastre. Sin mí, no habrías pasado de la primera prueba.
Sentí cómo la indignación me subía por la garganta como fuego. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a quitarme el mérito de mi victoria?
—¡¿Sin ti?! —exclamé, olvidando por un segundo que debíamos hablar bajo—. ¡¿Sin ti yo habría sido mil veces mejor! ¡Sin ti metiéndote en todo, yo habría controlado la energía perfectamente y habría sido aún más impresionante! ¡Tú lo que hiciste fue bajar mi nivel, hacer que todo fuera más aburrido y menos grandioso! ¡Y ahora te atreves a decir que tú me diste la victoria? ¡Eso es lo más absurdo que he escuchado en mil años de vida!
—¡Es la verdad! —respondió él, también levantando un poco la voz, divertido y desafiante—. Tú eres puro poder, Mariam, pero eres un desastre usándolo. Te dejas llevar por la emoción, por lo maravillosa que te crees, y se te olvida que hay un mundo alrededor que no puede soportar toda tu intensidad. Yo fui el freno, yo fui el filtro, yo hice que todo pareciera normal y bonito. Tú solo te dedicaste a brillar y a hipnotizar gente. ¿Crees que los jueces te habrían dado el premio si hubieran visto levitar las sillas o convertirse en tus seguidores eternos? ¡Te habrían llevado a un laboratorio!
—¡Los jueces me habrían dado el premio porque soy la mejor! —insistí, con las mejillas ardiendo de rabia—. ¡Porque soy inteligente, hermosa, talentosa y perfecta! ¡La magia es solo un extra, pero incluso sin ella, yo soy superior a todos los demás! ¡Tú me ves todos los días y todavía no lo entiendes? ¡Yo no necesito que nadie me ayude a ganar nada! ¡Nací ganadora!
—¡Pues tu "ser ganadora" casi nos mete en un lío enorme! —replicó él, acercándose un paso y mirándome fijamente a los ojos—. Y lo que digo es simple: el trofeo es tuyo, sí, te lo mereces por todo lo que eres, pero que sepas que esa victoria llegó a tus manos porque yo estuve ahí para asegurarme de que no la arruinaras con tu exceso de poder. Si yo no hubiera estado allí, ahora mismo no tendrías premio, tendrías problemas.
—¡Mentira! ¡Mentira y más mentira! —dije, cruzándome de brazos y dándole la espalda con mucha fuerza y elegancia—. Eres un amargado, eso es lo que eres. Te molesta ver que soy tan capaz y tan maravillosa que puedo hacer cosas que tú ni sueñas. Te molesta que brille más que tú, así que intentas quitarme méritos. ¡Pues te aviso ya, Alexandro Ferrer: puedes decir lo que quieras, puedes creer lo que quieras, pero la realidad es que yo gané, yo soy la mejor, yo soy la estrella, ¡y tú… tú eres solo un espectador con suerte que está presenciando mi grandeza!
Me giré de nuevo hacia él, con la barbilla levantada, lanzándole una mirada de desafío absoluto. —Y si crees que gané gracias a ti, estás muy equivocado. Fue a pesar de ti. ¡Porque con lo molesto que eres y lo mucho que me distraes, es un milagro que me saliera todo tan bien! Así que no te lleves crédito que no te corresponde. Tú fuiste un estorbo, no un ayuda.
Alexandro me miró durante unos segundos, viendo mi cara de enfado real, mi orgullo herido, esa necesidad absoluta que tenía de ser reconocida como la dueña de todo, incluso de mis propios errores. Y entonces, en lugar de seguir discutiendo, soltó una risa larga, sincera y exasperada. Se pasó una mano por el cabello y negó con la cabeza, mirándome con esa mezcla de cariño y frustración que ya le era tan habitual.
—Eres increíble —dijo él, bajando la voz, aunque seguía sonriendo—. Eres capaz de convertir un favor en una ofensa, y de negar la realidad, aunque la tengas delante de las narices. Vale, Mariam. Tú ganaste. Tú lo hiciste todo. Yo no hice nada. Solo estuve ahí parado, viendo cómo hacías magia, casi explotabas el edificio y luego salías triunfal. Fue todo obra tuya. ¿Estás más contenta ahora?
—Mucho —respondí inmediatamente, sin bajar ni un milímetro mi altivez—. Porque es la verdad. Y me alegra que por fin lo admitas.
—Lo admito —dijo él, acercándose de nuevo, bajando la voz hasta que fue solo un susurro entre nosotros—. Admito que eres la criatura más talentosa, brillante, hermosa y complicada que existe. Admito que tienes un poder que asusta y fascina a la vez. Y admito que, aunque me hagas la vida imposible y te pases de la raya cada dos por tres… me encanta tener que limpiar tus desastres y ver cómo te sales con la tuya siempre.
Me quedé muda por un segundo, sorprendida por el cambio de tono, por esa sinceridad que salía de repente entre sus bromas y discusiones. Me miró a los ojos, y vi que en el fondo no había burla, sino admiración. Mucha admiración.
—Pero una cosa te digo, mi reina —añadió él, con esa sonrisa de medio lado que me desarmaba—: la próxima vez que quieras hacer un espectáculo y brillar tanto que casi nos dejas ciegos a todos, recuerda que yo estaré ahí otra vez. No porque lo necesites, según tú, sino porque me gusta ser el único que sabe lo que realmente hay detrás de esa corona que te has puesto. Y porque… bueno, sería una pena que alguien tan maravillosa como tú terminara en problemas por ser demasiado extraordinaria para este mundo.
Antes de que pudiera responderle, antes de que pudiera encontrar palabras para defender mi orgullo o para decirle que él también era el único que realmente me veía, mis padres y los suyos nos llamaron para ir a la mesa a comer.
Me di la vuelta, muy digna, y caminé hacia el comedor. —Está bien —le dije por encima del hombro, sin mirarlo, pero con una pequeña sonrisa que no pude ocultar—. Quédate con tu ilusión de salvador. Yo me quedo con el trofeo, con la victoria y con ser la mejor. Al final, eso es lo único que importa.
Él caminó a mi lado, y aunque no lo miré, sentí su presencia, su calor y esa sensación de que, aunque peleáramos, aunque nos lleváramos mal y nos molestáramos mutuamente, estábamos conectados de una forma que nadie más podía entender.
—Por supuesto —murmuró él mientras nos sentábamos—. Tú te quedas con el premio. Yo me quedo con el privilegio de ser el único capaz de aguantarte, de entenderte y… de ver cómo te las ingenias para ser siempre la ganadora, aunque sea un desastre.
Y así, terminé el día con mi victoria intacta, con mi orgullo más alto que nunca, peleada con él como siempre, pero sabiendo muy en el fondo, muy en el fondo de mi corazón de hechicera, que tenía razón en una cosa: yo brillaba sola, sí, pero brillaba mucho más cuando él estaba ahí para verlo, para provocarme y para asegurarme de que mi luz no me consumiera a mí misma.
Pero eso, se lo guardaría para mí. Porque Mariam De la Vega nunca admitiría en voz alta que necesitaba a nadie. Ni siquiera a él.