"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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La mudanza
A la mañana siguiente, Thalia y Rodrigo llevaron al pequeño Santi al médico. Según el doctor, el bebé de dos meses se encontraba en perfecto estado de salud. Thalia se quedó pensando: tal vez su hijo se sentía incómodo con el lugar donde vivían, razón por la cual no dejaba de ponerse inquieto desde que volvieron del hospital. Ella misma reconocía que vivir en aquella pensión no era lo más cómodo del mundo: no podía pedirles a los demás inquilinos que hicieran silencio solo porque tenía un bebé. Algo de ruido era inevitable, pero ese era el precio de vivir en un lugar así.
¿Debería ceder por el bienestar de mi hijo? ¿Aceptaré la propuesta de Rodrigo de mudarme a su casa?, pensó Thalia. Se encontraba cocinando el almuerzo, pero no lograba concentrarse. Desde que volvieron de la consulta, se la pasaba abstraída, y eso no le pasó inadvertido a Rodrigo. Aun así, él se comportó con naturalidad, como si no se diera cuenta.
Clic. Thalia volvió en sí cuando Rodrigo apagó la estufa. Miró a un lado y ahí estaba él, de pie, observándola.
—Ya te dije que no hacía falta cocinar. Mejor pedimos a domicilio —la voz de Rodrigo fue de lo más suave. Trasladó el sartén con el pollo, ya visiblemente quemado, del fuego al fregadero.
—Rodrigo... —la voz de Thalia hizo que él le prestara toda su atención.
—Dime.
—Acepto mudarme a tu casa —dijo Thalia.
Rodrigo ya se imaginaba que tarde o temprano Thalia cedería por el bien de su hijo. Aun así, la felicidad que sintió fue enorme. Por ahora, Thalia lo hacía por el niño. Pero él se aseguraría de que, en adelante, ella lo hiciera porque no quería separarse de él.
Rodrigo esbozó una leve sonrisa.
—Entonces empecemos a empacar tus cosas ahora mismo. Para el almuerzo, yo pido algo a domicilio —dijo, y Thalia obedeció sin chistar.
Rodrigo caminó detrás de Thalia hacia la recámara.
Sin perder tiempo, la ayudó a empacar sus pertenencias. Treinta minutos después, llegó el repartidor con la comida que Rodrigo había encargado. Una vez que terminaron de almorzar, Thalia se despidió de la dueña de la pensión.
Las pocas pertenencias de Thalia ya estaban en la cajuela del auto de Rodrigo, al igual que su dueña. A través de la ventanilla, Thalia contempló el lugar que durante casi nueve meses le sirvió de refugio contra el sol y la lluvia. Sintió una punzada de tristeza al dejar aquel sitio donde acumuló tantos recuerdos, buenos y malos, a lo largo de los últimos meses.
—¿Nos vamos? —preguntó Rodrigo, buscando la aprobación de Thalia.
Thalia, con el pequeño Santi en su regazo, asintió en silencio.
Tras una hora de camino, el auto de Rodrigo se detuvo frente a una elegante residencia de dos pisos. Rodrigo la había comprado apenas dos semanas atrás.
¿Rodrigo traerá a vivir aquí también a la mujer que ama?, pensó Thalia, mirando al frente con expresión perdida. El origen del nombre que Rodrigo le dio a su hijo la atormentaba: él había revelado que ese nombre le recordaba a la mujer que le enseñó lo que es el verdadero amor. Cualquiera en el lugar de Thalia habría pensado lo mismo: que su marido amaba a otra mujer. Más aún cuando Rodrigo se casó con ella a la fuerza.
Thalia bajó del auto cuando Rodrigo le abrió la puerta.
—Vamos, entra —Rodrigo le rodeó los hombros y caminaron hacia la puerta principal.
—Bienvenidos, señor... señora... —una empleada doméstica los recibió en la entrada.
—Gracias, doña Inés —respondió Rodrigo. Thalia, por su parte, le dedicó una cálida sonrisa a la mujer.
—Ven, te llevo a la recámara —Thalia lo siguió cuando Rodrigo la invitó a subir. Caminó detrás de él, subiendo las escaleras hacia el segundo piso, donde se encontraba la habitación principal.
Clic.
Rodrigo abrió la puerta.
—Pasa —le dijo al ver que Thalia seguía parada en el umbral, como petrificada.
Thalia obedeció y entró a la habitación, que era extraordinariamente amplia. Si la comparaba, aquel cuarto era cuatro veces más grande que su pensión. Recorrió el espacio con la mirada y después preguntó:
—Si Santi y yo nos quedamos en la recámara principal, ¿tú dónde vas a dormir?
La pregunta distrajo a Rodrigo, que estaba abriendo las cortinas de la ventana.
Se detuvo un instante antes de responder.
—Yo dormiré en la habitación de al lado —Rodrigo no quería precipitarse proponiéndole compartir la misma habitación, pues cabía la posibilidad de que la madre de su hijo cambiara de parecer y se fuera.
A diferencia de Rodrigo, Thalia interpretó que él quería dormir en otra habitación, tal como cuando vivían juntos en el departamento y él se negaba a compartir la recámara con ella. Al recordar aquella época, el dolor volvió a punzarle el pecho. Se había sentido tan repulsiva a los ojos de su esposo que su sola presencia parecía asquearlo. Aunque Rodrigo nunca lo dijo con palabras, como mujer, eso era exactamente lo que Thalia sentía ante la situación que vivieron al inicio de su matrimonio. No era de extrañar, entonces, que ahora volviera a pensar que en esta casa dormir en habitaciones separadas sería la norma.
—En ese caso, mejor Santi y yo nos quedamos en el cuarto de al lado. Tú quédate con esta habitación, Rodrigo —dijo Thalia, sintiéndose incómoda. Aunque legalmente eran marido y mujer, su relación no era tan cálida como la de un matrimonio normal, de modo que ser prudente le parecía lo mejor.
—No hace falta. Tú y Santi quédense aquí; además, doña Inés ya pasó mi ropa a la otra habitación —respondió Rodrigo. Sonrió, pero en su corazón sentía un nudo por no poder dormir al lado de su esposa.
—Está bien —Thalia aceptó. Acostó al pequeño Santi en la cama y luego empezó a sacar su ropa de la maleta—. ¿Puedo usar este armario, Rodrigo? —preguntó Thalia. Era algo que siempre hacía antes de utilizar cualquier cosa de Rodrigo, para no provocar su enojo.
—Claro que sí —la expresión inocente de Thalia al pedirle permiso le recordó a Rodrigo cómo la trataba antes. El haber creído que Thalia solo lo usaba como instrumento para mantenerse cerca de Adrián lo llevó a comportarse siempre con una frialdad glacial.
*
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Esa noche, después de cenar, Thalia volvió a la recámara y le indicó a doña Inés que podía retirarse a descansar, después de haberle encargado al pequeño Santi por un rato.
Thalia se recostó junto a su hijo. Tranquilízate, Thalia... Si algún día Rodrigo decide divorciarse, al menos seguirá haciéndose responsable de tu hijo, porque al fin y al cabo Santi es su sangre. Limítate a vivir tu vida como el agua que fluye.* Thalia pensó en su futuro, para cuando Rodrigo encontrara a la mujer que amaba. Sigue adelante con fuerza, Thalia... Recuerda que tienes un hijo que te necesita como su luz.* Se animó a sí misma en un murmullo.