En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: La marca invisible.
Después de que Christhian desapareciera entre las sombras de las calles estrechas, Lyssa se quedó inmóvil en medio de la plaza, con el corazón golpeándole las costillas con fuerza desmedida. Las palabras de él seguían resonando en su mente, confusas y dolorosas: «Te odio porque desde que llegaste, nada más importa», «Esto no es amor, es una trampa». Pero más allá de lo que decía o dejaba de decir, lo que realmente la había dejado sin aliento había sido ese roce breve, casi accidental, cuando sus dedos se tocaron. En ese instante, no solo había sentido una corriente eléctrica recorrerle el cuerpo entero; había sentido algo más profundo, algo que iba mucho más allá de la piel. Había sentido que estaban conectados, unidos de una forma que ni el tiempo ni la distancia podían romper.
Se llevó una mano a la muñeca izquierda, instintivamente, al lugar donde, desde la noche anterior, sentía una picazón constante, un calor leve y molesto que no se iba. Levantó la manga de su chaqueta y luego la de su camisa, exponiendo su piel pálida bajo la luz grisácea del día. Allí estaba de nuevo: el símbolo. Una marca grabada en su propia carne, oscura, definida, con la forma inconfundible de una ola rodeada de espinas afiladas, igual a la que había visto tallada en las rocas de la caleta, igual a la que aparecía en los documentos antiguos de su familia.
La había visto antes, sí. Pero hasta ahora solo la había considerado una señal, una prueba de su linaje, una maldición heredada. Sin embargo, al recordar el rostro de Christhian, su forma de moverse, la manera en que siempre mantenía las manos cerradas o escondidas en los bolsillos, cómo ajustaba siempre las mangas de su ropa como si quisiera cubrir algo a toda costa… una revelación aterradora y brillante cruzó su mente.
—Él también la tiene —susurró, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y la certeza—. Él también lleva esta marca.
No era solo una señal de su familia. No era solo la marca de los descendientes de quienes crearon la maldición. Era algo compartido. Era el sello que los unía.
Lyssa miró a su alrededor. La plaza estaba vacía, el pueblo parecía contener la respiración, y el mar, allá abajo, rugía bajo una bruma espesa que parecía querer tragarse la costa. Necesitaba confirmarlo. Necesitaba estar segura de que no estaba imaginando cosas, de que su mente, alterada por los susurros y el miedo, no le estaba jugando una mala pasada.
Caminó deprisa hacia el único lugar donde sabía que podría encontrarlo si no estaba junto al agua: el viejo embarcadero de madera, abandonado y medio podrido, que se extendía sobre las aguas más profundas y oscuras. Era un lugar prohibido, del que todos huían, pero también el sitio donde Christhian solía ir para estar solo, para hablar con el mar o para pelear contra él, como si intentara vencer su propia condena.
El viento soplaba con fuerza cuando llegó allí, agitando su cabello y trayendo consigo el olor intenso a sal y a algo podrido y antiguo. Y allí estaba él, tal como lo imaginaba, de pie al final de las tablas crujientes, mirando hacia el horizonte gris, con la espalda erguida pero los hombros caídos bajo un peso invisible.
Lyssa se acercó despacio, haciendo el menor ruido posible, aunque sabía que él ya debía haberla sentido llegar. El vínculo entre ellos parecía actuar como un sexto sentido; siempre sabían dónde estaba el otro, siempre sentían cuándo el otro sufría o estaba cerca.
—Sabía que vendrías —dijo Christhian sin volverse, con esa voz grave y cansada que ya le era tan familiar—. Nunca aprendes a alejarte.
—No cuando sé la verdad —respondió ella, deteniéndose a unos pasos de distancia, con la mano aún apretada alrededor de su propia muñeca—. Y ahora sé una más.
Él se giró lentamente hacia ella. Su mirada era dura, a la defensiva, pero en cuanto vio la mano de Lyssa, cómo la sujetaba, cómo sus ojos estaban fijos en él, comprendió de inmediato. Su expresión cambió: la dureza se convirtió en resignación, y luego en una tristeza infinita. Levantó ambas manos y se las llevó al pecho, como protegiéndose, como si quisiera evitar que ella viera lo que ya era evidente.
—Ya lo descubriste —murmuró él, y no fue una pregunta, sino una afirmación dolorosa.
—Enséñamelo —pidió Lyssa, dando un paso hacia él, con voz suave pero firme—. Por favor, Christhian. Enséñame que es el mismo. Que esto que llevo en la piel… es lo que nos ata.
Él dudó. Sus dedos se tensaron sobre la tela de su manga, luchando contra sí mismo, contra el orgullo, contra el miedo a mostrar esa debilidad, esa prueba de que no era libre. Pero algo en la mirada de ella, algo en ese lazo que no podían romper, lo convenció. Con un movimiento lento y pesado, como si le doliera hasta el alma hacerlo, subió la manga de su chaqueta oscura, y luego la de su camisa.
Allí estaba.
En su muñeca, en el mismo lado izquierdo, en el mismo lugar exacto que en Lyssa, brillaba bajo la luz grisácea del día el mismo símbolo. Una ola perfectamente dibujada, rodeada de espinas largas y afiladas que parecían clavarse en su propia carne. Tenía el mismo tamaño, la misma forma, el mismo color oscuro y profundo. Era idéntica.
Lyssa se llevó una mano a la boca, ahogando un grito de asombro y horror. Era real. No era una coincidencia, ni una leyenda, ni una locura suya. Llevaban grabado en la piel el mismo sello, la firma de un pacto antiguo, la cadena invisible que los mantenía unidos a través de siglos, a través de la maldición y a través de la voluntad de la sirena demoníaca que reinaba en esas aguas.
—Es igual —susurró ella, acercándose más, incapaz de apartar la vista de esa marca en su piel, sintiendo cómo la suya propia le ardía al estar tan cerca de la de él—. Es exactamente igual.
Christhian bajó la manga de nuevo rápidamente, cubriéndola, como si le avergonzara, como si esa marca fuera la prueba definitiva de su esclavitud.
—Es el sello de la unión —explicó él, con voz ronca y baja, mirando hacia el mar para no mirarla a ella—. Lo llevamos desde que nacimos. O al menos… desde que ella decidió que debíamos llevarlo. Tu familia creó el vínculo, Lyssa. Pero fue ella… fue Serena, la sirena, la que lo activó. Cuando yo era niño, ella me marcó. Y tú naciste ya marcada. Por eso nos encontramos. Por eso, aunque quieras irte, aunque yo quiera que te vayas, algo nos obliga a estar cerca. Algo nos obliga a sentir lo que el otro siente.
Lyssa recordó entonces todas las sensaciones que había tenido desde su llegada: el frío repentino cuando él estaba cerca del agua, la angustia que la invadía cuando él sufría, la rabia que sentía sin saber por qué cuando ella pensaba que él le pertenecía. Todo tenía sentido ahora.
—¿Por qué? —preguntó ella, con los ojos llenos de lágrimas que no quería derramar—. ¿Por qué hizo esto? ¿Por qué unirnos de esta forma?
Christhian soltó una risa amarga y seca, y la miró con una mezcla de dolor y odio, odio hacia sí mismo y hacia el destino que les había tocado.
—Porque es lo que más le gusta —respondió con crudeza—. Ella es posesiva, Lyssa. Quiere todo lo que le gusta para sí sola. Pero también le encanta el juego. Le encanta el sufrimiento. Nos marcó así para asegurarse de que, pase lo que pase, estemos conectados. Sabe que tú eres la única que podría sacarme de aquí. Sabe que yo soy lo único que te haría quedarte. Y al unirnos, se asegura de que, hagamos lo que hagamos, siempre estemos atados a su historia, a su odio y a su placer.
Se acercó a ella, y esta vez no hubo rechazo, ni distancia, ni ira. Solo la tristeza de dos personas que descubren que sus vidas nunca les pertenecieron realmente. Levantó su mano, la que tenía la marca oculta, y rozó con suavidad la muñeca de Lyssa, justo donde la señal brillaba bajo la piel.
Al contacto, ambos contuvieron el aliento. Fue como si una descarga de energía antigua recorriera sus cuerpos, uniendo sus sangres, sus memorias, sus almas. Lyssa sintió el dolor de él, su soledad de años, su miedo profundo, pero también esa chispa de rebeldía que aún quedaba en su interior. Y Christhian, a juzgar por la forma en que se estremeció y cerró los ojos, sintió lo mismo de ella: su determinación, su valentía, y ese amor que empezaba a nacer, prohibido y peligroso, bajo todo el miedo.
—Esta marca es nuestra condena —susurró él, con la mano aún apoyada sobre la piel de ella, caliente y pesada—. Ella la ve. Ella la siente. Cuando tú sufres, ella se alimenta. Cuando yo sufro, ella se hace más fuerte. Y ahora… ahora que sabes que somos iguales, que compartimos esto… ahora entiendes por qué debes odiarme. Soy el recuerdo constante de lo que te han hecho. Y tú eres el recuerdo constante de que yo nunca seré libre.
Lyssa apartó suavemente su mano, pero no se alejó. Se quedó allí, mirándolo a los ojos, viendo más allá de la marca, más allá de la maldición.
—No te odiaré por llevar lo mismo que yo —dijo ella con firmeza—. Si esta marca nos une, Christhian… entonces quizás sea también nuestra única oportunidad. Porque si estamos conectados… quizás lo que ella unió con maldad, nosotros podamos usarlo para romper todo lo que ha construido.
Christhian la miró, y por primera vez, en medio de toda esa oscuridad, una pequeña luz, una esperanza apenas visible, brilló en sus ojos. Pero al instante, la apagó de nuevo, mirando hacia el mar con temor.
—Ten cuidado con lo que dices, Lyssa. Ella escucha todo. Y esta marca… esta marca invisible que llevamos en la piel… es también la forma en que ella nos vigila. Siempre sabe dónde estamos. Siempre sabe lo que sentimos. Y ahora que hemos tocado nuestras marcas… ahora ella sabe también que estamos dispuestos a luchar.
El viento aulló más fuerte, y bajo el sonido de las olas, ambos escucharon esa risa suave, aterciopelada y cruel que venía de las profundidades. La sirena sabía. La sirena siempre sabía. Y el juego, el juego real, el peligroso y mortal, acababa de empezar de verdad.