Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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Los deberes en la alcoba
Gael avanzó por el pasillo del segundo piso con un andar seguro y aristocrático. Isabel lo seguía un paso por detrás, sintiendo que cada alfombra que pisaba la alejaba más de la mujer que solía ser. El silencio de la mansión solo era interrumpido por el eco lejano de la pequeña Tábata jugando en su habitación, un recordatorio de la única tregua que existía en esa casa.
Al llegar al final del corredor, Gael abrió una imponente puerta de madera maciza y se hizo a un lado para dejarla pasar. Isabel cruzó el umbral y contuvo el aliento. La suite principal era un despliegue de lujo minimalista: una enorme cama king-size con sábanas de seda gris, ventanales de piso a techo que daban hacia los jardines traseros y una iluminación cálida que contrastaba con la frialdad de su situación.
—Esta es la habitación que compartiremos a partir de hoy —anunció Gael, cerrando la puerta detrás de sí con un clic seco que hizo que Isabel se tensara de inmediato.
La joven se giró rápidamente, clavando sus ojos color miel en él, con la guardia en alto. La palabra "compartiremos" resonó en sus oídos como una alarma.
—¿Compartir? Pensé que esto era solo un negocio, Sotomayor. No pretenderás que yo...
—Baja las armas, Isabel —la interrumpió Gael, caminando hacia el minibar de la habitación para servirse un vaso de agua con total calma—. No soy un salvaje. Dejé muy claro en el auto donde exigí que respetes nuestro contrato al pie de la letra, y eso incluye cumplir con todas tus responsabilidades como esposa ante la sociedad y dentro de esta casa. No toleraré dormitorios separados ni fachadas ridículas que el servicio pueda comentar afuera.
Gael dejó el vaso sobre la mesa de noche y se acercó a ella, deteniéndose a una distancia que le permitía estudiar el cansancio impreso en sus facciones.
—Aunque quiero dejarte algo muy claro: no te obligaré a nada que no quieras en esta cama. Mi poder no necesita de la fuerza para obtener lo que quiere —sentenció con una seguridad que rayaba en la soberbia—. Cuando decidas entregarte a mí, será porque tú misma lo elijas, no porque un papel te lo dicte. Mientras tanto, mantendremos las apariencias.
Isabel soltó un suspiro contenido, sintiendo un leve alivio en medio de tanta asfixia, aunque la prepotencia del magnate seguía encendiéndole la sangre.
—No cuentes con eso, Gael. Eso jamás va a pasar —retrucó con firmeza.
Gael arqueó una ceja, mostrando una sonrisa gélida y enigmática.
—Ya lo veremos. Por ahora, tu prioridad es otra —dijo él, señalando con la mirada una puerta corrediza de cristal esmerilado—. En el clóset tienes todo lo que necesitas. Ropa de tu talla, zapatos, vestidos... Mandé a comprar todo esta mañana mientras tú estabas en la clínica. No quiero nada de tu antigua vida en este espacio.
Isabel miró hacia el vestidor, confirmando una vez más el nivel de control y planificación que ese hombre había ejercido sobre ella desde el primer segundo.
—Ve a descansar —ordenó Gael, transformando su tono en algo un poco más pragmático, casi considerado—. Tienes casi dos días sin dormir entre el restaurante, el hospital y tu visita a mi oficina. Mírate, apenas puedes mantenerte en pie, y no me sirve una esposa demacrada.
Gael caminó hacia la puerta de salida, pero antes de abrirla, se detuvo y la miró de reojo sobre el hombro.
—A la hora de la cena enviaré a buscarte para que nos acompañes en el comedor. Tábata estará ahí, así que espero que bajes con tu mejor disposición. Descansa, señora Sotomayor.
La puerta se cerró, dejando a Isabel completamente sola en la inmensidad de la alcoba. El cansancio acumulado finalmente la golpeó como una ola pesada. Dejando de lado el orgullo por unos instantes, se dejó caer sobre el borde de la cama, mirando el anillo en su dedo, consciente de que esa tregua de unas horas era lo único que la separaba de su primera noche como prisionera de Gael Sotomayor.
El peso de las últimas cuarenta y ocho horas terminó por romper el dique de su resistencia. Isabel se despojó de los zapatos y se deslizó bajo las sábanas de seda gris, entregándose sin condiciones a un cansancio que iba más allá de lo físico; era un agotamiento del alma.
En aquel sueño profundo en el que cayó, su mente, libre de las barreras del orgullo, comenzó a pasarle factura. Recordó todo lo que había pasado desde que despertó el día anterior con la ilusión ingenua de un amor que resultó ser una farsa. En un desfile de imágenes distorsionadas por la fiebre del descanso, revivió los gritos de Samanta, la mirada desencajada de Fabián, el pitido ensordecedor del monitor cardíaco de su padre y el frío tacto de la pluma con la que firmó su sentencia al lado de Gael. Cada traición y cada pérdida se clavaban en su pecho como espinas reales.
Aunque, entre el fango de sus pesadillas recientes, el sueño cambió de rumbo hacia aguas más profundas y olvidadas. De pronto, la frialdad de la mansión Sotomayor se disipó y recordó a su madre. Recordó la calidez de su voz, el aroma a jazmines que desprendía su piel y cómo su amor la envolvía cuando ella apenas tenía cinco años, la misma edad que ahora tenía la pequeña Tábata. En el refugio de su subconsciente, Isabel volvió a sentirse pequeña, protegida y a salvo de los monstruos del mundo exterior.
Sin embargo, la tregua duró poco. El sueño se tiñó de un gris sepulcral cuando también recordó su muerte. El dolor punzante de la pérdida primigenia, el vacío absoluto de quedarse sola y la promesa silenciosa que le hizo al ataúd de cuidar a su padre con la vida regresaron para asfixiarla. Isabel se removió entre las sábanas, atrapada en el limbo de un pasado trágico y un presente carcelario, mientras una lágrima silenciosa escapaba de sus ojos cerrados, buscando el consuelo que la realidad le había arrebatado.