Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
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Solo nosotros dos Capítulo 10: El regreso a casa
El día que les dieron el alta fue una mañana soleada, de esas en que el sol calienta sin quemar y el aire huele a pasto recién cortado. Mateo se sentía más fuerte que días atrás, aunque todavía necesitaba ir despacio; Lucas le acomodó la ropa con mucho cuidado, envolvió a Luca en la manta celeste que le había tejido su abuela y no soltó la cuna portátil ni un segundo.
—¿Tienes todo? —preguntó Mateo por quinta vez, mirando hacia atrás mientras salían de la habitación.
—Tenemos lo que más importa —respondió Lucas, besándole la mano—. Lo demás se puede arreglar.
El camino a casa se sintió distinto. Antes era su refugio de dos; ahora volvían a ella siendo tres. Al entrar, el silencio del recibidor se sintió diferente, más lleno de vida. Lucas acomodó a Luca en su cuna, y se quedaron los dos parados mirándolo un rato, sin decir nada, como si temieran romper esa calma.
Pero la realidad llegó rápido. Esa primera noche en casa fue la más difícil. Luca no paraba de llorar: tenía hambre, luego le molestaba la ropa, después se asustaba con cualquier ruido. Los dos se turnaron para levantarse, para cargarlo, para caminar con él de un lado a otro. A las tres de la mañana, Mateo se sentó en el borde de la cama, cansado, con los ojos pesados, y suspiró:
—Pensé que sería más fácil. Que una vez que llegara a casa, todo sería perfecto.
Lucas se sentó a su lado, le pasó el brazo por los hombros y le acercó una taza de té tibio.
—La perfección no existe, mi amor. Lo que tenemos es real. Y lo real tiene noches difíciles, llantos, cansancio. Pero lo estamos haciendo juntos. Si te cansas, yo sigo. Si me asusto, tú me ayudas. Así funciona esto.
Mateo asintió, apoyando la cabeza en su hombro. Tenía razón: no necesitaban ser perfectos, solo necesitaban estar ahí.
Con los días fueron encontrando su propio ritmo. Lucas aprendió a darle el baño sin mojarle la cara, Mateo descubrió que si le cantaba bajito mientras lo mecía, Luca se dormía en minutos. Pero también hubo miradas y comentarios en el barrio. Un día, mientras salían a dar su primer paseo por la cuadra, un vecino mayor los miró de arriba abajo y dijo en voz alta:
—Esto no es forma de criar a un niño. Le faltan cosas importantes.
Mateo se detuvo, apretando el cochecito con fuerza. Lucas quiso contestar, pero él lo detuvo con un gesto, se acercó un poco y dijo con calma:
—Lo único que nunca le va a faltar a este niño es amor. Y eso se lo damos los dos, todos los días. Lo demás son solo palabras.
Siguieron caminando, y aunque al principio el corazón le latía rápido, pronto se sintió orgulloso. No tenían que explicarle su vida a nadie.
También hubo momentos muy bonitos. Sus amigos más cercanos vinieron a visitarlos, trajeron regalos y se quedaron charlando sin hacer preguntas raras, solo felices por ellos. Sus abuelos pasaban casi todos los días, y hasta la tía que había dicho cosas feas llamó para disculparse, diciendo que al ver las fotos entendió que su familia era tan válida como cualquier otra.
Una tarde, mientras Luca dormía en su pecho, Mateo miró por la ventana y vio a Lucas en el jardín, arreglando las plantas que habían dejado abandonadas en los meses anteriores. Se veía tranquilo, feliz. Y Mateo supo que habían logrado lo que querían: habían construido un hogar a su manera, sin copiar a nadie, sin pedir permiso. Eran ellos, tal como eran, y eso era suficiente.
—Gracias —susurró, más para sí mismo que para nadie—. Porque nunca dejaste que olvide quién soy, ni que dudara de lo que podemos ser.