Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capítulo 7 - Entrada al juego
A la mañana siguiente, Miranda llegó al edificio del Grupo Bravo de Saravia con quince minutos de anticipación.
Vestía un traje sastre beige de corte impecable, una blusa blanca de seda y unos zapatos de tacón. El cabello caía perfectamente peinado sobre sus hombros y un maquillaje sutil resaltaba sus facciones.
No llevaba prendas de diseñador.
Pero sabía cómo hacer que parecieran de una colección exclusiva.
Se detuvo unos segundos frente al imponente edificio de cristal.
Alzó la vista hasta el último piso.
En algún lugar de aquella torre trabajaba Cristóbal Bravo de Saravia.
Todavía no era el momento de conocerlo.
Primero debía ganarse un lugar dentro de su mundo.
Respiró hondo y entró.
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La entrevista transcurrió mejor de lo esperado.
El gerente de Recursos Humanos repasó su expediente académico con evidente interés.
—Primer lugar de su promoción.
Miranda asintió.
—Sí, señor.
—Excelentes referencias.
—Gracias.
—Y una experiencia muy sólida para alguien que recién termina la universidad.
Ella respondió cada pregunta con seguridad, sin exagerar sus capacidades ni minimizar sus logros.
Al finalizar, el gerente cerró la carpeta.
—Señorita Moreno, creemos que puede aportar mucho a la empresa.
Miranda esperó en silencio.
—Nos gustaría ofrecerle el puesto de Analista Financiera Junior.
Por dentro sintió satisfacción.
Por fuera, apenas sonrió.
—Acepto la oferta. Será un honor formar parte del Grupo Bravo de Saravia.
El hombre le estrechó la mano.
—Bienvenida al equipo.
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Con la documentación firmada y la fecha de incorporación establecida, Miranda salió de la oficina de Recursos Humanos.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entró sola.
Mientras descendía, observó su reflejo en el espejo.
Había dado el primer paso.
Pero el más importante aún estaba muy lejos.
Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, caminó hacia la salida.
Junto a la puerta principal estaba uno de los guardias de seguridad.
Un hombre de unos cincuenta años que saludaba cordialmente a quienes entraban y salían del edificio.
Miranda le dedicó una sonrisa amable.
—Buenos días.
—Buenos días, señorita.
—Es mi primer día por aquí... bueno, casi. Hoy solo vine por la entrevista.
—Entonces, felicidades.
—Muchas gracias.
Intercambiaron algunas palabras sobre el edificio, el clima y el movimiento constante de ejecutivos.
Miranda sabía escuchar.
Y, sobre todo, sabía hacer que los demás hablaran.
—Debe ser interesante trabajar aquí todos los días.
El guardia sonrió.
—Nunca faltan cosas que ver.
—Imagino que el presidente mantiene todo funcionando a la perfección.
—El señor Bravo de Saravia es muy exigente, pero respetuoso.
Miranda fingió curiosidad.
—¿Lo ve con frecuencia?
—Todos los días.
Ella soltó una pequeña risa.
—Supongo que es imposible no reconocerlo.
—Claro que no. Llega casi siempre a la misma hora.
Miranda inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Tan puntual es?
—Como un reloj. Generalmente entra antes de las ocho de la mañana.
Ella asintió, como si fuera un dato sin importancia.
—Debe de conducir un automóvil impresionante.
—Un Lexus sedán negro.
—Eso habla bien de él.
El guardia continuó hablando con naturalidad.
—Lo deja justo frente a la entrada principal y luego sube directamente a su oficina.
Miranda sonrió con interés.
—Debe de tener una asistente muy eficiente para seguirle el ritmo.
—La señorita Laura Herrera. Lleva años trabajando con él.
Miranda memorizó el nombre.
—Seguro es una mujer muy organizada.
—Lo es. Incluso suele almorzar en el restaurante que está dos calles más abajo. Muchas veces recoge el almuerzo del presidente cuando él no puede salir de la oficina.
Miranda mantuvo la misma expresión tranquila.
—Parece que conoce muy bien el funcionamiento de la empresa.
El guardia soltó una carcajada.
—Después de tantos años, uno termina enterándose de todo.
Ella rio con él.
—Ha sido muy amable conmigo.
—No hay de qué.
—Espero volver a verlo pronto.
—Aquí estaré.
Miranda se despidió con una sonrisa cálida y abandonó el edificio.
Solo cuando estuvo a varios metros de la entrada dejó escapar un leve suspiro.
Había obtenido más información en diez minutos que en horas de búsqueda por internet.
Laura Herrera.
Asistente personal del presidente.
Restaurante habitual.
Automóvil.
Horario de llegada.
Datos simples para cualquiera.
Valiosos para ella.
Mientras caminaba por la acera, una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.
Su plan seguía tomando forma.
Y acababa de encontrar una nueva puerta para acercarse a Cristóbal Bravo de Saravia.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Esa misma noche...
Hacía mucho tiempo que los tres hermanos no salían a tomar una copa después de la jornada laboral.
El lugar elegido fue un bar elegante, de ambiente tranquilo.
Alejandro levantó su copa de whisky.
—Ya era hora de que hiciéramos esto otra vez.
Nicolás sonrió mientras giraba lentamente el vaso entre sus dedos.
—Creí que el trabajo nos había hecho olvidar que también existe vida fuera de la empresa.
Cristóbal tomó un sorbo de su bourbon antes de responder.
—Solo nos ha mantenido ocupados.
—Demasiado ocupados —corrigió Nicolás.
Durante unos minutos hablaron de temas sin importancia, recordando anécdotas de cuando apenas comenzaban a trabajar junto a su padre.
Después de un momento de silencio, Alejandro sonrió para sí mismo.
—No puedo creer que dentro de unas semanas cumpla quince años de casado.
Nicolás levantó la vista.
—¿Quince ya?
—Sí.
—Parece que fue ayer cuando nos dijiste que te casarías con Isabel.
Alejandro dejó escapar una sonrisa serena.
—Y volvería a hacerlo una y mil veces.
Cristóbal observó a su hermano mayor.
Era evidente que hablaba desde la felicidad de alguien que había encontrado exactamente la vida que deseaba.
Alejandro dirigió entonces la mirada hacia él.
—¿Y tú?
Cristóbal arqueó una ceja.
—¿Yo qué?
—¿Para cuándo?
Nicolás soltó una carcajada.
—Eso mismo iba a preguntar.
Alejandro continuó con tranquilidad.
—A tu edad yo ya estaba casado y tenía a los niños.
Cristóbal dio otro sorbo a su bebida.
—Cada quien tiene su tiempo.
—El tuyo se está tomando demasiada calma —bromeó Nicolás.
Cristóbal negó con una leve sonrisa.
—No tengo prisa.
Nicolás apoyó un brazo sobre la mesa.
—Deberías casarte.
Cristóbal lo miró sin decir nada.
—Ya viste que nuestros padres quieren más nietos.
Hizo una pausa antes de añadir con una sonrisa burlona:
—Yo todavía estoy muy joven para asumir esa responsabilidad.
Alejandro soltó una risa.
—Conveniente excusa.
—Es la verdad.
Los tres volvieron a reír.
Después de unos segundos, Nicolás volvió a insistir.
—¿Nunca has pensado en sentar cabeza?
Cristóbal dejó lentamente el vaso sobre la mesa.
Su expresión se volvió más seria.
—El día que encuentre a la mujer capaz de robarme el aliento...
Que pasará el día que se descubra que no fue casualidad ese accidente y todo lo que planeó que dirá y hará Cristóbal 🤔🤔🤔❓❓❓❓