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La IA Que Cambió Mi Destino.

La IA Que Cambió Mi Destino.

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Romance paranormal / Madre por contrato / Enfermizo
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Miradas que cambian.

Todo había cambiado entre ellos, de una forma tan sutil como profunda, transformando cada mirada, cada gesto y cada palabra que compartían. Al principio, cuando Zamira había cruzado por primera vez las puertas del palacio de Macedonia, la mirada de Lixandro había sido clara, definida y distante: ella era una contratada, una mujer extraña venida de quién sabía dónde, una solución desesperada para un problema que nadie más podía resolver. La veía como alguien que cumpliría una función, una empleada capaz, inteligente y fuerte, sí, pero ajena a su mundo, a su sangre y a su vida. Pero ahora, semanas después, después de haber visto lo que era capaz de hacer, después de descubrir la profecía antigua, después de ver cómo sus hijos la adoraban y la llamaban madre, después de sentir en su propia carne cómo su presencia milagrosa aliviaba su dolor y despertaba su vida… esa mirada se había transformado por completo, hasta volverse un torbellino de sentimientos complejos, intensos y a veces dolorosos que él mismo apenas lograba comprender.

Ya no veía en ella a una servidora, ni a una simple cuidadora, ni siquiera solo a una guía o una maestra. Ahora, cada vez que sus ojos se posaban en ella, Lixandro veía algo mucho más grande, mucho más poderoso y mucho más importante: veía a su salvación, a su igual, a la mujer que el destino había creado y enviado solo para ellos. Y junto a esa certeza, nacían en su corazón tres sentimientos que lo llenaban todo: una atracción irresistible, una admiración sin límites, y un miedo profundo, antiguo y doloroso que nacía de sus propias heridas.

Sentía una atracción que le desbordaba el alma

No era una atracción simple, ni superficial, ni nacida solo de la belleza física, aunque debía confesarse que ella tenía una belleza que iba más allá de cualquier estándar que él conociera. Zamira no era hermosa de la forma llamativa, fría y perfecta en la que lo eran las mujeres de su propia estirpe, esculpidas por siglos de magia y sangre antigua. Su belleza era distinta, más cálida, más humana, pero al mismo tiempo mucho más profunda y magnética. Brillaba desde dentro. Se veía en la seguridad absoluta con la que caminaba, en la claridad de sus ojos oscuros que parecían verlo todo, en la suavidad de su voz que podía calmar cualquier tormenta, en la elegancia natural con la que se movía, como si cada paso que daba estuviera calculado por una mente perfecta.

Pero lo que realmente lo atraía, lo que lo llamaba con una fuerza que no podía resistir, era todo lo que ella era. Se sentía atraído por su inteligencia, esa mente brillante que entendía lo que nadie más comprendía, que resolvía lo que parecía imposible, que veía el mundo con una lógica y una sabiduría que a él le quitaban el aliento. Se sentía atraído por su fuerza, esa fuerza que no venía de músculos ni de hechizos destructivos, sino de un dominio absoluto de sí misma, de un control perfecto sobre su cuerpo y su mente, de esa capacidad de enfrentarse a cualquier peligro sin dudar, sin temblar, sin pedir ayuda. Se sentía atraído por su bondad, por el amor inmenso que daba sin condiciones, por la forma en que miraba a sus hijos, por la forma en que lo miraba a él: no como al príncipe enfermo y roto que todos veían, sino como al hombre, como al padre, como a alguien que también merecía ser cuidado y comprendido.

Cada vez que ella entraba en una habitación, él sentía que el aire se volvía más ligero, más brillante. Cada vez que ella le tomaba la mano para ayudarlo a caminar o simplemente por estar cerca, él sentía que su corazón latía con una fuerza que no sentía desde hacía siglos, tal vez nunca. Deseaba estar cerca de ella todo el tiempo. Deseaba hablar con ella, escuchar su voz, verla sonreír. Deseaba poder acercarse más, mucho más de lo que la distancia o las normas permitían. Había algo en ella que lo atraía como un imán, algo que le decía que ella era todo lo que él siempre había buscado, todo lo que siempre había necesitado, todo lo que le faltaba para estar completo.

Sentía una admiración que rayaba en la devoción

Pero junto a esa atracción, había algo aún más fuerte: una admiración profunda, inmensa, que a veces le hacía sentir que estaba ante algo sagrado. Porque cuanto más la conocía, más entendía, más veía lo que ella hacía, más comprendía que Zamira era, tal como decía la leyenda, verdaderamente una mujer de poder infinito. Y lo más maravilloso para él era que ella no usaba ese poder para dominar, ni para imponerse, ni para obtener cosas. Lo usaba para ellos.

La admiraba porque ella hacía lo que él no podía. Él era el príncipe, el heredero de la sangre más antigua, el ser que debía ser el protector, el guía, el dueño de todo. Pero su maldición lo había convertido en un espectador en su propia vida: débil, frágil, atado a un cuerpo que le fallaba, incapaz de defender a los suyos, incapaz de caminar largas distancias, incapaz de hacer cosas simples que para los demás eran naturales. Y ella… ella, que no tenía su sangre, ni su historia, ni su fuerza sobrenatural… ella hacía todo eso y más. Ella defendía el palacio. Ella enseñaba a sus hijos. Ella sanaba sus dolores. Ella despertaba poderes que nadie había visto en siglos. Ella resolvía problemas que a él le habrían tomado años.

La admiraba porque ella tenía todo lo que él siempre había deseado tener: libertad, seguridad, control, capacidad. La admiraba porque, siendo tan poderosa, tan sabia, tan especial, ella se mantenía humilde, dulce, cercana. No se creía superior. No miraba a nadie por encima del hombro. Al contrario, trataba a todos con respeto, con cariño, con igualdad. Y él, que estaba acostumbrado a ser respetado, temido y servido por todos, ahora se encontraba mirándola a ella con un respeto y una admiración que superaban cualquier cosa que hubiera sentido jamás. A menudo, al verla hablar con sus hijos o organizar la vida del palacio, sentía ganas de arrodillarse ante ella, no como príncipe ante súbdita, sino como ser humano ante algo divino, agradecido de que el destino hubiera enviado a alguien así para salvarlos a todos.

Pero también sentía un miedo profundo, doloroso y constante

Y era ese mismo amor, esa misma atracción, esa misma admiración, lo que daba nacimiento al tercer sentimiento, el más oscuro, el que más dolor le causaba y el que más lo atormentaba en sus noches de insomnio: el miedo. Un miedo que tenía dos caras, dos orígenes, dos razones que le apretaban el pecho cada vez que la veía.

El primer miedo nacía de su propia debilidad, de lo que él era y de lo que ella era. Él se miraba al espejo y veía a un hombre hermoso, sí, pero roto por dentro. Un hombre lleno de magia y poder, pero atado a una enfermedad que lo hacía frágil como el cristal. Un hombre que necesitaba ayuda hasta para caminar, que necesitaba ser cuidado, que necesitaba que lo protegieran. Y la veía a ella: fuerte, sana, capaz, libre, poderosa, perfecta en todo lo que hacía. Y entonces, el pensamiento doloroso atravesaba su mente como una espada: ¿Qué soy yo al lado de ella?.

Sentía miedo de no estar a su altura. Miedo de ser poca cosa para alguien tan grande. Miedo de ser una carga para ella, un peso del que ella tendría que ocuparse además de todo lo demás. Miedo de que un día, Zamira mirara a su alrededor, viera todo lo que ella podía ser, todo lo que ella podía tener, todos los lugares a los que podía ir y todas las cosas que podía hacer… y se diera cuenta de que no necesitaba estar allí, cuidando de un enfermo y de tres niños. Miedo de que ella entendiera que merecía algo mejor, alguien igual a ella, alguien fuerte, sano, capaz de caminar a su lado y no detrás de ella, alguien que pudiera protegerla en lugar de ser protegido. Y el solo pensamiento de que ella pudiera irse, de que pudiera dejarlo solo de nuevo, de que pudiera abandonarlos… le causaba un dolor tan agudo que a veces le costaba respirar.

El segundo miedo nacía de la profecía, del destino y de perder el control. Toda su vida, Lixandro había sido quien decidía, quien gobernaba, quien tenía el mando. Siempre había mantenido el control absoluto sobre su vida, su reino y su familia, ocultando su dolor y su debilidad tras una máscara de autoridad y silencio. Pero ahora, todo había cambiado. Ahora, él sabía la verdad: ella era la Mujer de Poder Infinito. Ella tenía en sus manos el destino de todos. Ella podía darles la gloria eterna o traer la sangre y la destrucción. Todo dependía de ella.

Y ese cambio, ese pasar de ser el centro de todo a saber que todo giraba ahora alrededor de ella, le daba un miedo terrible. Miedo de ya no tener voz ni voto en lo que pasaba. Miedo de que su propia voluntad, sus deseos, sus decisiones, dejaran de importar porque ahora todo lo decidía el destino que ella traía. Miedo de que, al ser ella tan poderosa, tan distinta, tan ajena a todo lo que conocían, un día cambiara, o decidiera cosas que él no entendía, o usara ese poder de formas que él no pudiera controlar ni detener. Miedo de haber puesto la vida de sus hijos, de su pueblo y de sí mismo en manos de alguien que, aunque ahora fuera dulce y buena, tenía el potencial de ser la leyenda sangrienta que destruiría todo.

Y así, atrapado entre esos sentimientos contradictorios —atraído y admirado, enamorado y temeroso, agradecido y aterrado— Lixandro la miraba cada día con ojos que ya no ocultaban nada. La miraba con amor creciente, con respeto infinito, con deseo de acercarse y miedo de estorbar, con ganas de confiar plenamente y ese pequeño resquicio de miedo que nunca se iba del todo.

Ella, por su parte, caminaba tranquila y segura por los pasillos, siendo la luz de todos, sin saber el torbellino que provocaba en el corazón del príncipe que la observaba en silencio. Y él, mientras tanto, se repetía a sí mismo, una y otra vez, que valía la pena cualquier miedo, cualquier dolor, cualquier sensación de debilidad… solo por el privilegio de tenerla allí, de verla sonreír y de saber que, mientras ella estuviera a su lado, todo estaría bien. Porque, aunque tuviera miedo de perderla, sabía muy bien que ya no podía vivir sin ella.

1
Penelope
Bastante entretenida...
Penelope
Ya se enamoró el príncipe... /Slight//Slight//Slight/
Penelope
Que conveniente 😒😒 disculparse después de una travesura y que está haya salido cómo no esperaban...
Penelope
Jejeje, manipulación visual.
Penelope
Lo repito está loca, después de ellos querer humillarla con esa broma ella les explica que estuvo mal, aunque está buena la enseñanza y contemplando que son niños.

Muy... creativos 🙄😒
Penelope
Claro que no es tu cuerpo, te matarte con tu invento. Se mató con conciencia.🙄🙄
Penelope
Claro, comenzó a viajar porque quedó solo tú espíritu en el aire y el cuerpo inerte...
Penelope
Claro, está bien rayada del coco, Dios...
Penelope
Si, estaba loca. Usted puede creer? aplicar en si misma un invento que no sabía la probabilidad de éxito, eso... solo lo hacen los locos. /NosePick//Right Bah!/
Quica Romero
¡Ay escuintla!.°\🫩/° Que te la crea el que no haiga tenido hijos, sobrinos, hermanos menores, primos y cualquier "moustro" que te obligarán a cuidar, por ✊ o por 🫰💵.😏🧐🤔🙎‍♀️✊
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