Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤
Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.
Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.
¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?
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Capítulo 16 – El apellido prohibido
El aire dentro de la sala secreta parecía haberse detenido.
Nadie apartaba la vista del documento.
Salvatierra.
Aquel apellido acababa de cambiar el rumbo de todo lo que creían saber.
Valeria fue la primera en romper el silencio.
—Gabriel... ¿nos mintió?
Víctor cerró lentamente los ojos.
—No lo sé.
—Pero lo conocías.
El patriarca tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Adrián levantó la mirada hacia su padre.
—Entonces llegó el momento de dejar de ocultarnos cosas.
Víctor sostuvo la mirada de su hijo.
Por primera vez, parecía cansado.
Como si llevara demasiados años cargando un peso imposible.
—Gabriel Salvatierra trabajó para ambas familias cuando todavía existía confianza entre nosotros.
Valeria frunció el ceño.
—¿Para las dos?
—Era uno de los abogados más respetados del país. Conocía todos los acuerdos, todas las propiedades y todos los secretos importantes.
Alessandro dio un paso adelante.
—Pero desapareció después del incendio.
Víctor asintió.
—Nunca volvimos a verlo.
Camila permanecía inmóvil al fondo de la sala.
Escuchaba cada palabra sin intervenir.
Sin embargo, sus manos temblaban ligeramente.
Valeria volvió a notarlo.
Adrián tomó nuevamente la lista.
La revisó con atención.
Había más de treinta nombres escritos.
Algunos estaban tachados.
Otros tenían pequeñas anotaciones al margen.
Pero solo uno aparecía rodeado con tinta roja.
Gabriel Salvatierra.
—¿Quién escribió esto? —preguntó.
Víctor negó lentamente.
—No reconozco la letra.
Valeria observó la parte inferior de la hoja.
Allí había un pequeño dibujo.
Una rosa.
Exactamente igual a la que aparecía en la llave de bronce y en la carta firmada como Esperanza.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—La misma rosa...
Adrián siguió su mirada.
—Tenés razón.
No era una coincidencia.
Cada nueva pista parecía conducir al mismo lugar.
Uno de los guardias apareció en la entrada del pasadizo.
—Señor Adrián.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos huellas.
Todos salieron rápidamente de la sala.
Las marcas estaban sobre el suelo húmedo del túnel.
No pertenecían a botas militares.
Parecían zapatos elegantes.
Como los que usaría alguien acostumbrado a reuniones importantes, no a escapar por un pasadizo.
Adrián se agachó.
—Son recientes.
El guardia asintió.
—No deben tener más de una hora.
Valeria siguió las huellas con la mirada.
Terminaban frente a una pared de piedra completamente lisa.
—¿Cómo puede ser?
No había ninguna puerta.
Ninguna ventana.
Nada.
—Se detienen acá... —murmuró.
Adrián golpeó suavemente la pared con los nudillos.
El sonido cambió en el centro.
Era hueco.
—Hay algo detrás.
Los guardias comenzaron a buscar un mecanismo oculto.
Empujaban piedras, revisaban antorchas antiguas y examinaban cada detalle.
Nada funcionaba.
Entonces Valeria recordó el medallón.
Lo sacó lentamente del bolsillo.
Miró la pequeña rosa grabada en la tapa.
Después observó la pared.
Apenas visible entre el polvo, había una piedra con la misma rosa tallada.
Contuvo la respiración.
Apoyó la mano sobre ella.
Un suave clic rompió el silencio.
Toda la pared comenzó a vibrar.
Los presentes retrocedieron instintivamente.
Con un lento crujido, una parte del muro se desplazó hacia un costado, revelando un estrecho corredor oculto.
Un aire frío escapó desde el interior.
Nadie habló.
Valeria y Adrián intercambiaron una mirada.
Los dos comprendieron lo mismo.
Aquella puerta llevaba muchos años esperando ser abierta.
Y, por alguna razón que ninguno entendía todavía...
Solo ella había logrado encontrar el mecanismo.
El pasadizo permanecía completamente oscuro.
Un aire frío escapaba desde su interior, como si durante años nadie hubiera vuelto a cruzarlo.
Los guardias levantaron sus linternas.
—Voy primero —dijo Adrián.
Valeria negó con la cabeza.
—Voy con vos.
—Puede ser peligroso.
Ella sonrió apenas.
—Creo que ya nos dimos cuenta de eso hace varios capítulos.
Adrián no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.
Era increíble.
Incluso en medio de aquella situación, Valeria encontraba la forma de aliviar la tensión.
—Está bien.
Pero no te alejes de mí.
Ella asintió.
Sin darse cuenta, ambos comenzaron a caminar uno al lado del otro, completamente sincronizados.
Víctor los observó en silencio.
Por primera vez desde el matrimonio, veía a su hijo confiar en alguien.
El corredor era mucho más estrecho que el anterior.
Las paredes estaban cubiertas por antiguas lámparas de aceite.
En algunos lugares había cuadros colgados directamente sobre la piedra.
Todos estaban cubiertos por gruesas capas de polvo.
Valeria se detuvo frente a uno de ellos.
Limpió cuidadosamente la superficie con la mano.
Apareció el retrato de una mujer joven.
Tenía el cabello oscuro, una sonrisa dulce y llevaba un medallón idéntico al que Valeria había encontrado.
—Qué hermosa...
Isabella se acercó lentamente.
Apenas vio el retrato, llevó una mano a su boca.
—No puede ser...
Víctor también se acercó.
Su expresión cambió por completo.
—Hace más de veinte años que no veía esta pintura.
Valeria giró hacia ellos.
—¿Quién es?
Los dos guardaron silencio.
Adrián miró a su padre.
—Papá.
Víctor bajó lentamente la mirada.
—Se llamaba Esperanza.
El corazón de Valeria dio un vuelco.
El mismo nombre que aparecía en el sobre.
Continuaron avanzando.
El pasillo desembocó en una habitación pequeña.
Había una mesa, varias estanterías y una enorme ventana cubierta por tablas.
Todo parecía detenido en el tiempo.
Ernesto encontró una caja de madera sobre un escritorio.
—Señor.
Adrián la abrió.
Dentro había un cuaderno de tapas de cuero.
La primera página llevaba una fecha escrita con tinta azul.
12 de agosto de 2003.
Debajo podía leerse una frase.
"Si estás leyendo esto, significa que ya no pude proteger la verdad."
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Es un diario?
Víctor tomó el cuaderno con manos temblorosas.
Reconoció inmediatamente la letra.
—Sí...
Es el diario de Esperanza.
Todos quedaron inmóviles.
Aquellas páginas podían contener respuestas que llevaban décadas ocultas.
Adrián pasó lentamente la primera hoja.
El diario relataba momentos cotidianos.
Reuniones entre familias.
Celebraciones.
Fotografías.
Nada parecía fuera de lo normal.
Hasta que llegaron a una página marcada con una cinta roja.
La escritura cambiaba.
Era mucho más apresurada.
"Hoy escuché una conversación que jamás debí oír."
Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza.
Adrián continuó leyendo en voz alta.
"Alguien está planeando destruir todo lo que construimos durante años. No pertenece a ninguna de las dos familias. Si no logro detenerlo, todos creerán la mentira... y comenzará una guerra imposible de detener."
El silencio fue absoluto.
Aquellas palabras coincidían exactamente con la nota encontrada en la lista de nombres.
"El traidor nunca perteneció a ninguna de las dos familias."
Víctor cerró los ojos.
Durante años había vivido convencido de una versión de la historia.
Ahora comenzaba a derrumbarse.
En ese momento, Valeria notó algo extraño.
Las últimas páginas del diario habían sido arrancadas.
—Faltan hojas...
Adrián revisó el cuaderno.
Tenía razón.
Alguien había quitado varias páginas.
Las más importantes.
Víctor apretó los puños.
—Llegamos tarde otra vez.
Pero Valeria no estaba mirando el diario.
Su atención se había desviado hacia una vieja cómoda apoyada contra la pared.
Uno de los cajones estaba apenas abierto.
Se acercó lentamente.
Dentro encontró un pequeño marco de plata dado vuelta.
Lo tomó con cuidado.
Al girarlo, sintió que el aire le faltaba.
Era una fotografía.
En ella aparecía la misma mujer del retrato, Esperanza.
A su lado había un hombre joven cuyo rostro estaba parcialmente roto.
Y en brazos de Esperanza...
Una bebé envuelta en una manta blanca.
La fotografía estaba dañada justo en la parte donde debía verse el rostro de la niña.
Sin embargo, en la manta aún podía distinguirse un bordado.
Las iniciales...
V. R.
Valeria quedó completamente inmóvil.
Adrián se acercó.
—¿Qué encontraste?
Ella levantó lentamente la fotografía.
No podía apartar la vista de aquellas letras.
Las mismas iniciales del pañuelo encontrado bajo el rosal.
Las mismas que parecían perseguirla desde el primer día.
Y por primera vez...
Sintió que el pasado estaba mucho más cerca de alcanzarla de lo que jamás había imaginado.