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Reconstruyendo Tus Pedazos

Reconstruyendo Tus Pedazos

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Amor de la infancia / Posesivo / Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalia2026

​Sinopsis:
​A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
​Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
​Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
​La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.

NovelToon tiene autorización de Dalia2026 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: El segundo choque de realidad

​El regreso a Manhattan fue un verdadero infierno para Andrew. El rugido del motor de la moto de Bianca seguía taladrándole los oídos, y el sabor amargo de sus palabras irónicas le quemaba el pecho. No había podido pegar el ojo en toda la noche. Se pasó sus dedos por el cabello, observando sus ojos en el espejo del Penthouse. Estaba perdiendo el control, atrapado en una red de celos explosivos que no podía racionalizar. Su mente de estratega, se negaba a aceptar la realidad y esa era que Bianca ya no era suya.

​Decidido a recuperar su lugar por la fuerza y sacar de la vida de su prima a ese tal Jonathan, Andrew movió su primera ficha corporativa esa misma mañana. Si no podía doblegar a Bianca con palabras, asfixiaría el entorno de ese mecánico rapado comprando el taller y desalojándolo.

​—Harrison, quiero el cierre inmediato del taller de los muelles de Brooklyn —ordenó Andrew por teléfono, con voz gélida—. Compra el terreno, inventa una falta de permisos, lo que sea. Quiero a Jonathan Mills en la calle para el mediodía.

​Unas horas más tarde, ajena a los movimientos de su primo, Bianca se encontraba en la residencia D'Amico. Había dejado la chaqueta de cuero y las botas de combate por un momento, para cumplir con sus deberes familiares, pero su rostro seguía serio, distante.

​En la cocina, el ambiente era un poema. Sara, a sus cuarenta y cinco años, con las hormonas del embarazo sorpresa a flor de piel, caminaba de un lado a otro con un frasco de pepinillos en la mano, fulminando con la mirada a Dominic.

​—Te lo juro, Dominic D'Amico, si el bebé sale con cara de pocos amigos, es por tu culpa —rezongaba Sara de esa forma tan peculiar que Bianca había heredado de ella—. ¡Te dije veinte años antes de casarnos que eras un peligro suelto! ¡Y mira ahora! ¡Una vasectomía era lo único que te pedí! ¡Una vasectomía!

​Dominic, de cuarenta y siete años, levantaba las manos en señal de paz, conteniendo la risa mientras le guiñaba un ojo a los trillizos. Matteo, Thiago y Alessia estaban sentados en la barra, desayunando y observando a su prima Bianca con ojos de preocupación. Los trillizos querían con el alma que Bianca volviera a sonreír, que fuera la niña de antes, pero sentían que un abismo los separaba de ella.

​—Bianca, prima... —comenzó Alessia con timidez—. Estábamos pensando si querías ir con nosotros al club esta tarde. Matteo va a probar un auto nuevo y...

​—Tengo planes —cortó Bianca con voz distante, aunque les dedicó una mirada un poco más suave. Los quería, pero ellos pertenecían al mundo perfecto del que Andrew formaba parte.

​En ese momento, el teléfono de Bianca vibró. Era un mensaje de Jonathan: “Los perritos falderos de tu primo vinieron con una orden de desalojo al taller. Trajeron abogados. Ven a ver esto”.

​La pelinegra sintió que la sangre le hervía. No hacía falta ser un genio para saber quién estaba detrás de esto. Se despidió de su familia con una excusa rápida y salió disparada hacia Brooklyn.

​Cuando Bianca llegó a los muelles, el segundo choque de realidad de Andrew ya estaba en marcha, pero no de la forma en que el heredero lo había planeado.

​Andrew estaba allí en persona, de pie junto a Harrison y tres abogados de traje gris, frente a la puerta del taller. Jonathan Mills estaba apoyado contra el marco de la puerta, con sus brazos tatuados cruzados sobre el pecho denso, fumando un cigarrillo con total tranquilidad. Sus ojos cafés desbordaban una diversión absoluta, que ponía a Andrew al borde de la violencia.

​—Este muelle ahora pertenece a la Corporación Ballesteros, Mills —sentenció Andrew con soberbia, clavándole sus ojos verdes—. Tienes exactamente dos horas para sacar tus chatarras de mi propiedad. Te advertí que no te quería cerca de mi prima.

​—Llegas tarde, niño rico —soltó Jonathan, soltando el humo del cigarrillo justo en dirección al traje de Andrew.

​Antes de que Andrew pudiera estallar, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de Bianca. Ella se bajó de su auto y caminó a paso firme, interponiéndose de nuevo entre ambos.

​—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Andrew? —le espetó ella, con esa ironía heredada de Sara—. ¿Ahora juegas a ser el inspector de terrenos? ¿Tanto te dolió que te dijera tus verdades anoche que viniste a comprar un taller de motos? Qué patético eres.

​—¡Lo hago por ti, Bianca! —exclamó Andrew, perdiendo los estribos, la voz rota por la frustración y los celos—. ¡Este infeliz te está arrastrando al lodo! ¡Estoy destruyendo su mundo para que regreses al tuyo! ¡Al que te pertenece conmigo!

​Jonathan soltó una carcajada limpia y pesada, dando un paso al frente. Sacó un documento doblado del bolsillo trasero de su pantalón y se lo extendió a los abogados de Andrew, quienes lo revisaron y, de inmediato, se pusieron pálidos, susurrándole algo al oído a Harrison.

​—¿Qué pasa? —exigió Andrew, mirando a Harrison.

​—Señor... —titubeó el jefe de seguridad—. El terreno no se puede comprar. El dueño original del muelle es un viejo líder del bajo mundo de Queens. La señorita Bianca le salvó la vida a su hijo hace años... El terreno está a nombre de ella. Jonathan no es un empleado, es el administrador. El taller es de Bianca.

​Andrew se quedó paralizado, sintiendo un vacío helado en el estómago. El segundo choque de realidad lo desarmó por completo. Miró a su prima, cuyos ojos azules brillaban con una victoria aplastante e irónica.

​—Te lo dije anoche, Andrew, pero eres sordo —le susurró Bianca, acercándose tanto que él pudo oler su perfume—. Jonathan y yo nos salvamos mutuamente. Lo que tenemos es una hermandad infinita, una mezcla de confianza y secretos que tu maldito dinero jamás va a poder tocar, ni comprar, ni separar. Puedes comprar media Nueva York si quieres, pero aquí abajo... sigues siendo el mismo cobarde al que no le debo nada.

​Bianca le dio la espalda, tomó a Jonathan del brazo con una confianza íntima y ambos entraron al taller, cerrando la pesada puerta de metal en la cara de Andrew.

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Maharai Oliveros
y Jonathan
Dalia: Jonathan es un alma libre, él siempre va a estar pendiente de su enana. 🤭
total 1 replies
peri kizi
venia buscando este libro gracias
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