LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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Pequeña negociadora
El Penthouse se transformó esa mañana en un atelier de alta costura. Victoria Santos no hacía nada a medias, y para la presentación oficial de "la familia", había convocado a Monsieur Dubois, el sastre preferido de la aristocracia europea. Dos asistentes desplegaron biombos de seda y colocaron espejos trípticos en el centro del salón, mientras Lucian observaba la escena con una ceja levantada, sosteniendo a Mikeila en sus brazos.
—Madre, ¿era necesario traer a todo un equipo de París? —preguntó Lucian, mientras la bebé intentaba alcanzar el pañuelo de seda que sobresalía del bolsillo de Dubois.
—Si va a llevar el apellido Santos en una gala benéfica, debe lucir como una —respondió Victoria con frialdad, aunque sus ojos se suavizaron al ver a su nieta—. Y eso incluye a la pequeña. No permitiré que mi nieta aparezca con nada que no sea hecho a medida.
Dubois hizo una reverencia y presentó la joya de la corona: un vestido de gala en seda color azul medianoche para Elena, con incrustaciones de cristales minúsculos que imitaban un cielo estrellado. Al lado, una réplica exacta, minúscula y adorable, colgaba de una percha de terciopelo.
—Es... es idéntico —susurró Elena, saliendo del vestidor con una bata de seda. Sus ojos brillaron al ver el vestido de Mikeila—. Es hermoso, señora Santos. Gracias.
Victoria asintió con rigidez. —Pruébatelo. Dubois tiene poco tiempo.
Elena se retiró tras el biombo. Lucian intentó mantener su atención en los correos de su teléfono, pero la curiosidad era un imán irresistible. Cuando Elena salió finalmente, el aire pareció abandonar la habitación.
El vestido se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, resaltando curvas que sus trajes grises habían mantenido ocultas durante dos años. El escote en la espalda era profundo pero elegante, y el azul oscuro hacía que su piel pareciera de porcelana. Lucian sintió un golpe seco en el pecho. Ya no veía a su secretaria; veía a la mujer que, por derecho propio, podía silenciar cualquier salón del mundo.
—¿Señor Santos? —Elena lo llamó, sintiéndose vulnerable bajo su mirada intensa—. ¿Está bien? ¿Es demasiado?
Lucian tardó unos segundos en responder. Carraspeó, tratando de recuperar su máscara de indiferencia. —Cumple con el estándar, Rivas. Mi madre tiene buen ojo para la estética.
Pero en su mente, la voz de Lucian gritaba algo muy distinto: "Maldición, Elena, ¿cómo pude ser tan ciego?".
Mientras Dubois hacía los ajustes finales al dobladillo de Elena, Lucian decidió que era momento de probarle el pequeño vestido a Mikeila. Elena observaba desde el pedestal del sastre, tratando de no reírse ante la torpeza de Lucian.
—A ver, pequeña negociadora... mete el brazo aquí —instruía Lucian, peleando con las pequeñas mangas de seda—. ¡No, ese es tu pie! Mikeila, por favor, estamos intentando ser elegantes.
Mikeila, por supuesto, no tenía ninguna intención de colaborar. En un arranque de energía, la bebé agarró la nariz de Lucian con sus dedos pequeños y firmes, emitiendo un chillido de alegría.
—¡Au! Mikeila, suelta. Eso es propiedad privada —dijo Lucian, aunque su sonrisa lo delataba.
La bebé, entusiasmada por la risa de su padre, comenzó a agitar los brazos con tanta fuerza que terminó enganchando el fino encaje del vestido de Elena, que estaba a solo unos centímetros.
—¡Cuidado! —exclamó Elena, inclinándose hacia adelante para desenredar los dedos de la niña.
El movimiento provocó que Elena perdiera el equilibrio sobre los tacones que estaba probando. Lucian, con reflejos de atleta, soltó el vestido de la niña y rodeó la cintura de Elena con su brazo libre para evitar que cayera del pedestal.
El tiempo pareció detenerse. Elena quedó atrapada contra el pecho de Lucian, con su rostro a escasos milímetros del suyo. Mikeila, satisfecha con su travesura, se quedó quieta entre los dos, mirando a sus padres con una curiosidad infinita.
Lucian sintió el aroma a jazmín de Elena y el calor de su piel. Por un segundo, la farsa desapareció. No había contrato, no había madre vigilante, no había planes de negocios. Solo estaban ellos tres, formando un círculo perfecto de calor en medio de la fría opulencia del Penthouse.
—Gracias... —susurró Elena, sin aliento, con los ojos fijos en los labios de Lucian.
—Te tengo —respondió él, con una voz mucho más profunda de lo normal. Sus dedos se cerraron sobre la seda de su cintura, negándose a soltarla de inmediato.
Mikeila soltó un balbuceo feliz y puso una mano en la mejilla de Lucian y la otra en la de Elena, como si estuviera tratando de unirlos físicamente. Victoria, observando desde la distancia, entrecerró los ojos. Por primera vez, empezó a dudar de su propia sospecha. Aquello no parecía la actuación de dos extraños; parecía el inicio de algo que ninguna cantidad de dinero podía comprar.
—¡Ejem! —intervino Dubois, rompiendo el hechizo—. Si han terminado de jugar a la familia feliz, tengo que terminar la costura del hombro izquierdo.
Lucian ayudó a Elena a estabilizarse y dio un paso atrás, aclarando su garganta. El ambiente seguía cargado de una electricidad residual que ninguno de los dos sabía cómo apagar.
—Termine su trabajo, Dubois —ordenó Lucian, tomando a Mikeila y caminando hacia el ventanal para ocultar el hecho de que sus manos también estaban temblando—. Tenemos una gala que conquistar.
Elena volvió al pedestal, pero su corazón seguía latiendo con fuerza. Había sentido algo en el abrazo de Lucian, algo que no era parte del guion. Y mientras miraba su reflejo en el espejo, supo que la verdadera batalla en la cena benéfica no sería contra la alta sociedad, sino contra el deseo de que ese momento de familia fuera, por una vez, real.