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UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

Status: En proceso
Genre:Familia mágica
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: El nuevo comienzo

La noticia del éxito en la feria había cambiado muchas cosas en la casa de los Rojas.

No porque de repente todo fuera perfecto.

La perfección nunca había existido allí.

Mucho menos con Pelé rondando por la casa.

Pero algo era diferente.

Tomás ya no se levantaba cada mañana pensando únicamente en pagar cuentas y sobrevivir.

Ahora tenía un objetivo.

Un sueño.

Un pequeño taller que pronto abriría sus puertas y que representaba mucho más que un trabajo.

Representaba una nueva oportunidad.

Una oportunidad de demostrarle a Emma que después de una pérdida también podía existir un nuevo comienzo.

El lunes por la mañana, Tomás llegó al garaje con una caja llena de herramientas nuevas.

Las colocó cuidadosamente sobre una mesa.

Emma lo observaba desde la puerta.

—Parece que estás acomodando un tesoro.

Tomás sonrió.

—Para mí lo es.

La niña se acercó.

—¿Por qué?

Él tomó una llave antigua entre sus manos.

—Porque estas herramientas representan años de trabajo.

Emma miró la llave.

—¿Era de tu papá?

Tomás asintió sorprendido.

—Sí.

—Nunca me contaste eso.

Tomás sonrió con nostalgia.

—Mi padre era mecánico también.

Emma se sentó en una caja.

—Entonces esto viene de familia.

—Así es.

Hubo un pequeño silencio.

Luego Emma sonrió.

—Supongo que yo también tendré que aprender.

Tomás levantó una ceja.

—¿Quieres ser mecánica?

Emma miró hacia Pelé, que caminaba cerca.

—No sé.

Pausa.

—Aunque alguien tendrá que arreglar las cosas que rompa este gallo.

Tomás soltó una carcajada.

Pelé, al escuchar su nombre, levantó la cabeza.

Caminó lentamente hacia ellos.

Como si hubiera entendido que estaban hablando de él.

Emma lo señaló.

—Míralo.

Sabe que es famoso.

Tomás negó.

—Ese animal tiene demasiado orgullo.

Mateo apareció en ese momento.

—Creo que tiene más confianza que todos nosotros juntos.

Lucía, que venía detrás, respondió:

—Eso es cierto.

Todos miraron al gallo.

Pelé simplemente se acomodó las plumas.

Como si aceptara el cumplido.

Los días siguientes estuvieron llenos de preparativos.

El taller necesitaba pintura.

Un letrero nuevo.

Organización.

Limpieza.

Y, como era de esperarse, la ayuda de toda la familia.

Valeria se encargó de diseñar una pequeña agenda para Tomás.

—Así podrás organizar mejor los clientes.

Tomás la miró sorprendido.

—No sé qué haría sin ustedes.

Valeria sonrió.

—Probablemente perderías la mitad de tus herramientas.

En ese instante todos miraron a Pelé.

El gallo estaba junto a una caja.

Tenía un tornillo en el pico.

Tomás suspiró.

—La mitad de mis herramientas ya están en peligro.

Aunque todo parecía avanzar bien, Emma comenzó a notar algo.

Algo que no quería admitir.

La casa estaba cambiando.

Otra vez.

Pero esta vez no era un cambio provocado por una pérdida.

Era un cambio provocado por crecimiento.

Valeria estaba cada vez más presente.

Mateo pasaba más tiempo con ellos.

El taller ocuparía parte de la vida de Tomás.

Y aunque Emma estaba feliz...

También sentía miedo.

Una tarde, mientras hacía sus tareas, se quedó mirando una fotografía de su mamá.

La tenía sobre el escritorio.

Mariana sonreía en la imagen.

Era una de esas fotografías donde parecía que nada malo podía pasar.

Emma pasó un dedo por el marco.

—Mamá...

Susurró.

—¿Está bien que todo cambie?

No esperaba respuesta.

Pero hablar con ella siempre le daba tranquilidad.

—Tengo miedo de olvidarte.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Aunque sé que nunca pasará.

Lucía tocó la puerta suavemente.

—¿Puedo entrar?

Emma rápidamente limpió sus lágrimas.

—Sí.

Lucía se sentó junto a ella.

No preguntó qué ocurría.

Simplemente esperó.

Después de unos segundos, Emma habló.

—Tengo miedo.

Lucía la miró.

—¿De qué?

—De que todo sea diferente.

—Ya lo es.

Emma bajó la mirada.

—Eso es lo que me asusta.

Lucía tomó su mano.

—Emma, escucha algo importante.

La niña levantó la mirada.

—Tu mamá no vive en las cosas que permanecen iguales.

Pausa.

—Vive en ti.

Emma guardó silencio.

—Cada vez que eres amable.

Cada vez que ayudas.

Cada vez que amas.

Ahí está ella.

Aquellas palabras quedaron en su corazón.

Porque era verdad.

Durante mucho tiempo Emma había pensado que cambiar significaba dejar atrás.

Pero ahora comenzaba a entender que recordar también podía avanzar.

Esa noche ocurrió un pequeño problema.

Uno que solamente podía ocurrir en la casa de los Rojas.

Tomás había dejado listo el nuevo letrero del taller.

Era una madera grande donde decía:

"Taller Rojas: Reparación y confianza."

Todos estaban orgullosos.

Hasta Pelé.

Demasiado orgulloso.

Porque durante la madrugada decidió que faltaba algo.

Algo importante.

A la mañana siguiente, Tomás salió al garaje.

Se quedó congelado.

El letrero tenía una modificación.

Debajo del nombre del taller había una marca hecha con pintura.

Una pequeña huella.

Y al lado...

Un dibujo extraño.

Emma llegó corriendo.

—¿Qué pasó?

Tomás señaló el cartel.

Todos miraron.

Mateo abrió los ojos.

—¿Pelé pintó eso?

Nadie respondió.

Porque Pelé estaba sentado cerca.

Con una pequeña mancha de pintura en una pluma.

Emma empezó a reír.

—Creo que quiso dejar su firma.

Tomás intentó parecer serio.

Pero no pudo.

Terminó riendo también.

—Ese gallo algún día me va a volver loco.

Valeria sonrió.

—Pero también te hará reír.

Tomás miró a Pelé.

Y tuvo que admitirlo.

Era cierto.

Finalmente llegó el día de abrir el taller.

La familia completa estuvo presente.

Había un pequeño cartel de bienvenida.

Algunos vecinos se acercaron.

Los primeros clientes llegaron.

Tomás estaba nervioso.

Pero cuando encendió las luces del lugar, sintió algo especial.

Miró alrededor.

No estaba solo.

Emma estaba allí.

Valeria.

Mateo.

Lucía.

Y, por supuesto...

Pelé.

Aunque nadie sabía cómo había escapado del corral.

El primer cliente fue un señor mayor con una camioneta antigua.

Tomás revisó el motor.

Trabajó durante horas.

Al terminar, el hombre encendió el vehículo.

Funcionó perfectamente.

El señor sonrió.

—Buen trabajo, muchacho.

Tomás sintió una enorme satisfacción.

—Gracias.

Esa tarde, cuando cerraron el taller, Emma abrazó a su padre.

—Estoy orgullosa de ti.

Tomás sonrió.

—Yo también estoy orgulloso de ti.

—¿Por qué?

—Porque aprendiste algo que muchos adultos tardan años en entender.

Emma lo miró curiosa.

—¿Qué?

—Que la vida puede cambiar y aun así seguir siendo hermosa.

Esa noche cenaron juntos.

Hablaron del día.

Rieron.

Recordaron los momentos difíciles.

Y agradecieron los buenos.

Antes de dormir, Emma escribió en su cuaderno:

"Hoy mi papá empezó algo nuevo."

"Antes pensaba que los nuevos comienzos significaban olvidar lo anterior."

"Ahora sé que no."

"Un nuevo comienzo puede llevar todos nuestros recuerdos con nosotros."

"Mamá sigue siendo parte de nuestra historia."

"Y nosotros seguimos escribiendo nuevos capítulos."

Cerró el cuaderno.

Miró por la ventana.

Pelé estaba nuevamente sobre la cerca.

Observando la casa.

Como si fuera un guardián.

Emma sonrió.

—Buenas noches, Pelé.

El gallo respondió.

—Quiquiriquí.

Ella se acostó tranquila.

Porque aunque sabía que vendrían más cambios...

También sabía algo importante:

No estaba sola.

Y mientras hubiera personas dispuestas a quedarse, cualquier tormenta podía superarse.

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