Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 3. PALABRAS QUE CALAN.
La mañana del segundo mes en las tierras del Este comenzó con una sorpresa que me devolvió la vida de golpe. El rugido de un motor conocido en el patio de armas me hizo salir corriendo hacia el porche, y la emoción me contrajo el pecho al ver descender del vehículo a mi madre. Jared la recibió con la educación y el respeto que siempre lo caracterizaban, ayudándola con su equipaje y ofreciéndole un remanso de paz en nuestra casa antes de retirarse de forma pausada para dejarnos a solas, intuyendo que necesitábamos nuestro propio espacio.
Nos instalamos en el pequeño invernadero acristalado del ala norte, un rincón lleno de plantas que se había convertido en mi único refugio durante estas semanas.
Mi madre se sentó a mi lado en el banco de mimbre, rodeándome con un abrazo protector tan cálido y lleno de afecto que todas las tensiones que venía acumulando en mis sienes parecieron aflojarse por un instante. Me acarició el cabello con una ternura infinita, barriendo mis facciones con una mirada limpia que delataba que, a pesar de la distancia, seguía conociendo cada uno de mis silencios.
—Te he echado de menos, hija —me habló en un susurro dulce, entrelazando sus dedos con los míos—. La casa de la manada se siente demasiado grande sin ti. Tu padre y tus hermanos mayores siguen dándole vueltas a tu traslado, pero yo necesitaba venir a ver con mis propios ojos cómo estás, lejos de los juicios del consejo.
—Yo también te he extrañado muchísimo, mamá —le confesé, apoyando la cabeza en su hombro, dejándome envolver por su fragancia familiar que de inmediato me trajo un hondo sosiego—. Jared es un hombre excelente. Es atento, se preocupa por mí a cada segundo y hace todo lo posible para que no extrañe nuestro hogar. No tengo ninguna queja de su trato.
Mi madre guardó un silencio pausado, apretando mi mano con suavidad. Su experiencia y su intuición le permitieron capturar la sutil distancia que se ocultaba tras mis palabras.
—Sé que Jared es una buena persona, Kira, y el imperio entero conoce la nobleza de su corazón —me dijo con una voz profunda, ronca y baja, colmada de una sensibilidad hermosa—. Pero noto una sombra de agónica melancolía en tus ojos que no debería estar ahí si acabas de encontrar a tu compañero de vida. Dime la verdad, mi niña, ¿cómo te sientes cuando estás a solas con él? ¿Cómo es vuestra convivencia en la intimidad?
Me incorporé despacio, incapaz de seguir sosteniendo la farsa ante la mujer que me había dado la vida. El desespero de mis dudas se desbordó en mitad de la negrura de mis pensamientos.
—Es extraño, mamá —le revelé en un hilo de voz trémula, con el corazón encogido—. Cuando nos tocamos, hay un chispazo eléctrico en la piel, una corriente de calor físico que mi loba reconoce de inmediato. Pero en cuanto nos separamos, esa vibración se apaga por completo. No tenemos conversaciones profundas, no compartimos confidencias en la alcoba y pasamos los días enteros metidos en nuestras propias rutinas sin extrañarnos. Nos queremos como amigos, nos respetamos, pero no hay nada más. Siento que estamos forzando nuestras almas a cumplir con un libreto vacío.
Mi madre me escuchó con una atención absoluta, y una expresión de seria preocupación se instaló en sus facciones. Se inclinó hacia mí, acortando la distancia física para hablarme con una honestidad descarnada que me caló hasta los huesos.
—Kira, escucha con atención lo que te voy a decir —me habló con una ternura infinita, modulando su respiración para transmitirle firmeza a mi espíritu—. El vínculo de pareja es una fuerza sagrada que la Diosa Luna otorga a nuestra sangre. Puede ser caótico al principio y desatar miedos, pero siempre, desde el primer microsegundo, transmite un amor inmenso y arrollador. Es una conexión tan profunda que transforma tus estructuras, un lazo que te hace sentir que no puedes vivir sin tu pareja, que tu hogar está en su pecho y que vuestros destinos son una sola carne indestructible. No es una obligación que se construya con buena educación o con paciencia; es un fuego que te quema las venas y te devuelve la cordura.
Sus palabras cayeron sobre mi conciencia con el peso de una verdad gélida, destrozando la hermosa mentira en la que me había intentado refugiar durante estos dos meses.
Si lo que mi madre describía era la realidad de un lazo sagrado, lo que yo estaba viviendo con Jared no tenía nada que ver con el diseño de la deidad. En nosotros no nacían esos sentimientos; no existía esa necesidad imperiosa de pertenencia, ni ese desgarro al estar separados, ni el amor inmenso que debía blindar nuestro porvenir. Al mirar a través de los cristales del invernadero, una agónica incertidumbre echó raíces en mis sienes, sembrando una duda cada vez más grande y destructiva en mi mente, presagiando que nuestra unión estaba muy cerca de alcanzar su punto de máxima desconexion antes de que lográramos descubrir la verdadera encrucijada que amenazaba con cambiar nuestro destino para siempre.