Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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5
David
Mientras la veía caminar hacia mí en el altar, no pude evitar que el corazón me diera un vuelco. Elena lucía hermosa. Una duda punzante se abrió paso entre mis pensamientos: *¿Y si me gusta? ¿Qué haré si, después de casarnos y convivir, termino enamorándome de ella?*
Esas dudas, sin embargo, fueron rápidamente desplazadas por la inquietud al observar a mi madre. Su sonrisa parecía genuina, pero en su mirada se escondía un cansancio profundo; sabía, sin lugar a dudas, que no se sentía bien. Me acerqué a ella, dejando a Elena con el fotógrafo y sus amigas. Las mujeres reían mientras se tomaban una foto grupal, y ver a mi esposa sonreír así me brindó una extraña seguridad.
Mi madre me dedicó una mirada tierna al verme llegar.
—No dejes a la novia sola; este es tu día —dijo, acariciando mi mejilla con dedos temblorosos.
Sentí un dolor agudo en el pecho al verla forzar esa calma, sabiendo que, en el fondo, su cuerpo debía estar librando una batalla interna.
—Solo será un momento —aseguré, sosteniendo sus manos. Estaban heladas. —Mamá, ¿te gustaría tomarte una foto con nosotros?
Ella sonrió con un destello de ilusión.
—De acuerdo —dijo, intentando ponerse en pie con esfuerzo.
—No te preocupes, le diré al fotógrafo que venga —la detuve, evitando que se fatigara.
Me alejé y busqué a mi esposa.
—¿Podemos tomarnos una foto con mi madre?
—Sí, claro, no hay problema. Buscaré a mi suegro —dijo ella, caminando hacia la mesa donde mi padre bebía de su copa.
Podría ser su cuarta copa de la noche; papá no tolera el alcohol, pero sé que está sosteniendo los pedazos de su mundo con desesperación para no derrumbarse frente a ella. Elena lo convenció con una delicadeza admirable y regresó con nosotros.
—Bien, las dos damas al frente, los caballeros a los lados —indicó el fotógrafo—. ¡Sonrían!
Mi esposa me tomó de la mano mientras posaba; nuestras manos entrelazadas se convirtieron en el centro de la imagen. Ella se encargó de que pareciera una estampa de felicidad perfecta. Mi madre me miraba con tanto orgullo que tuve que tragar saliva para no romperme ahí mismo.
—¡Sonrían! —ordenó el fotógrafo.
El *click* y el destello del flash me cegaron por un instante. Cuando la imagen apareció en la pantalla, el fotógrafo nos la mostró con una sonrisa.
—Es una familia hermosa —dijo, dándome un toque suave en el hombro.
Asentí, observando la sonrisa de mi madre. Necesitaba que ese momento fuera eterno, que se grabara en el tiempo. Pero la vida, cruel, me arrebató la paz en un segundo: un hilo rojo comenzó a descender de su nariz.
—¡Mamá! —exclamé, lanzándome hacia ella.
Papá, con una rapidez pasmosa, sacó su pañuelo para contener el sangrado, pero era demasiado. La cargó en brazos hacia el coche y lo ayudé a subirla al asiento trasero.
—Tu esposa... —susurró mamá, apartándome con una fuerza que no sabía que aún poseía—. No la dejes sola —dijo, y sentí un desgarro en el alma—. Nunca lo hagas. Prométeme que no la dejarás.
Me miró fijamente, con los ojos anegados en lágrimas. Con un nudo en la garganta que apenas me permitía respirar, asentí mientras el llanto se desbordaba.
—Lo prometo. Te prometo que no la dejaré.
Bajé del coche justo cuando Elena llegaba corriendo, con la preocupación grabada en cada facción de su rostro.
—¿Qué haces aquí? —me increpó, con la voz entrecortada—. ¡Debiste subir con ella! —dijo, tomándome de la mano con fuerza.
Me dejé arrastrar por ella, sintiendo que mis fuerzas se evaporaban. Ya no quedaba espacio para la compostura, solo para el llanto. La vi quitarse el velo y recoger su vestido con urgencia para subir a su coche. Desde el asiento del conductor, me miró fijamente.
—¿Qué esperas? ¡Sube! —gritó, encendiendo el motor.
Obedecí mecánicamente. Apenas la puerta se cerró, me quebré por completo.
—Se va a morir —balbuceé, ahogado en sollozos.
Elena me miró con una determinación que me estremeció; sus ojos brillaban con una intensidad protectora.
—Pero antes le dirás cuánto la quieres. Así que vamos, hay que verla por última vez —dijo ella, arrancando el coche y lanzándose a la carretera con la única esperanza que nos quedaba.