James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 7. UNA NOCHE EN ATENAS.
El hotel de cinco estrellas en el que James se hospedaba estaba situado en la colina de Licabeto, con unas vistas espectaculares de la Acrópolis iluminada bajo el cielo nocturno de Atenas. Sin embargo, para Estela, todo aquel lujo desmedido resultaba asfixiante. La suite presidencial tenía suelos de mármol pulido, un piano de cola en una esquina del salón y un balcón enorme que daba a la ciudad, pero ella se sentía como una intrusa en un palacio de cristal. Había pasado las últimas horas encerrada en el dormitorio de invitados, abrumada por los efectos del tratamiento hormonal de choque que el doctor Karalis le había pautado. Sentía un ligero mareo y un zumbido constante en las sienes, pero no quería quejarse. No tenía derecho a hacerlo.
Pasadas las once de la noche, la sed la obligó a salir al salón principal para buscar un vaso de agua. La estancia estaba a oscuras, solo iluminada por la luz de la luna que entraba por los grandes ventanales. Estela caminó de puntillas, pero se detuvo en seco al escuchar un gemido ahogado procedente del sofá principal.
Se acercó lentamente, con el corazón acelerado.
James estaba tumbado de lado en el sofá de cuero, con las piernas encogidas hacia el pecho. Se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, que yacían tiradas en el suelo. Tenía la camisa blanca empapada en sudor y respiraba con dificultad, emitiendo pequeños quejidos entre dientes. Tenía una mano fuertemente apretada contra la zona de la ingle.
—¿Señor Fernández? —susurró Estela, alarmada, dando un paso hacia él—. ¿Se encuentra bien?
Al escuchar su voz, James se tensó e intentó incorporarse de golpe, pero un nuevo pinchazo de dolor lo obligó a doblarse sobre sí mismo, soltando una maldición en voz baja. Al levantar la mirada hacia ella, Estela se quedó sin aliento. El hombre seguro de sí mismo, el CEO implacable que la había mirado con desprecio veinticuatro horas antes en Madrid, había desaparecido. Sus ojos claros estaban empañados por las lágrimas del dolor físico, su rostro estaba pálido como la cera y tenía los labios cortados.
—Vete… vete a tu habitación —consiguió decir James con la voz rota, intentando mantener su habitual tono autoritario, aunque no le quedaban fuerzas—. No es nada. Estoy bien.
—No, no está bien —replicó Estela con firmeza, perdiendo el miedo y acercándose por completo al sofá. Se arrodilló a su lado y, de forma instintiva, puso una mano sobre su frente. Estaba ardiendo—. Tiene una fiebre altísima, señor Fernández. ¿Es por… por lo del tumor?
James apartó la mirada, humillado por dejar que aquella chica lo viera en su momento de máxima debilidad. El dolor en el testículo derecho se había vuelto insoportable en las últimas horas, una presión sorda y ardiente que parecía extenderse por todo su abdomen, recordándole de forma cruel que el cáncer seguía avanzando dentro de él.
—El médico me dijo que las molestias podían aumentar por el estrés del viaje y la manipulación de hoy… —confesó James en un hilo de voz, apretando los dientes—. En mi cartera hay unas pastillas… analgésicos fuertes. Trae el frasco, por favor.
Estela se levantó de inmediato. Buscó la cartera de James en el mueble de la entrada, encontró el medicamento recetado por el urólogo de Madrid y corrió a la cocina a por un vaso de agua helada. Regresó al salón, se sentó en el borde del sofá y le ayudó a incorporarse ligeramente, sosteniendo el vaso mientras él se tragaba dos comprimidos de golpe.
James se dejó caer de nuevo sobre el respaldo, cerrando los ojos mientras esperaba que la química hiciera efecto. El silencio volvió a inundar la suite, roto solo por la respiración agitada del joven. Estela no se marchó. Fue al baño, tomó una pequeña toalla, la empapó en agua fría y regresó para colocársela suavemente sobre la frente.
Al sentir el contacto frío, James abrió los ojos, sorprendido por el cuidado de la chica.
—¿Por qué haces esto? —preguntó James en un susurro, mirándola fijamente a través de la penumbra—. Ayer te traté como a una mercancía en ese despacho. Te dije que eras de mi propiedad. Deberías odiarme.
Estela esbozó una sonrisa triste y cansada, apartándole un mechón de pelo húmedo de la frente con una delicadeza que desarmó por completo al millonario.
—Lo que me dijo ayer me dolió, no lo voy a negar —admitió Estela con voz suave—. Pero yo sé lo que es estar asustada, señor Fernández. Sé lo que es sentir que tu propio cuerpo o el de alguien que amas te está fallando y que no puedes hacer nada para detenerlo. Mi madre estaba igual de pálida que usted ayer por la tarde antes de entrar a quirófano. Usted pagó esa cirugía. Salvó a mi madre de una muerte segura. Puede que para usted solo fuera un negocio, pero para mí... para mí es el regalo más grande del mundo. Así que lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que no se muera en este sofá antes de volver a Madrid.
James la escuchó en silencio. Las palabras de la chica calaron hondo en su pecho, abriendo una grieta en la coraza de frialdad que se había construido durante años. En el mundo de alta sociedad en el que él se movía, las personas se acercaban a él por su dinero, por su estatus o por el prestigio de su empresa tecnológica. Si sus amigos o sus amantes del pasado lo hubieran visto así, roto y enfermo, probablemente habrían sentido lástima o habrían huido incómodos. Pero Estela, la chica a la que él había intentado humillar con su billetera, lo estaba cuidando con una compasión pura y desinteresada.
Poco a poco, los analgésicos empezaron a adormecer el dolor y la fiebre comenzó a remitir bajo la toalla húmeda. Los párpados de James se volvieron pesados.
—Me llamo James… —susurró el joven, con la voz pastosa por el cansancio, justo antes de quedarse dormido—. Deja de llamarme señor Fernández.
Estela lo miró durante unos minutos más, asegurándose de que su respiración se volvía profunda y regular. Se levantó con cuidado para no despertarlo y se retiró a su habitación con el corazón latiendo a un ritmo diferente. Aquella noche, en la inmensidad de Atenas, las líneas del contrato habían empezado a borrarse de forma irreversible.