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En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

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Capítulo 22

Capítulo 22

Lo que no pide

El martes por la mañana, Valentina encontró un ibuprofeno y un vaso de agua en el buró.

No le dolía nada. No le había dolido nada la noche anterior. Pero el ibuprofeno estaba ahí, junto al vaso, con una servilleta doblada debajo como posavasos. Lo mismo que Alejandro había hecho en Monterrey cuando ella tenía fiebre, trasladado a la residencia como si fuera una nueva política doméstica.

Bajó a la cocina. Alejandro estaba en la barra con su café.

—Gracias por el ibuprofeno.

—¿Cuál ibuprofeno?

—El que dejaste en mi buró.

Alejandro tomó un trago de café sin mirarla.

—Le dije a Nana que tenga siempre uno cerca. Por si te da dolor de cabeza con las traducciones.

—No me dan dolores de cabeza.

—Pero podrían darte.

Se levantó, dejó la taza en el fregadero, y salió de la cocina. Valentina se quedó mirando la taza vacía. "Pero podrían darte." Alejandro Quirós estaba anticipándose a malestares que no existían, comprando soluciones para problemas que no habían ocurrido. Era como ver a un hombre construir un techo antes de que empezara a llover.

A las diez subió al estudio. Su mesa auxiliar seguía ahí, con la lámpara encendida y una carpeta nueva de documentos que Alejandro le había dejado. Trabajaron en silencio hasta las doce. A las doce y cuarto, Bruno entró con una bolsa de farmacia.

—Señor, lo que pidió.

Alejandro sacó una caja de la bolsa y se la puso a Valentina en el escritorio.

—Gotas para los ojos. Se te irritan cuando llevas mucho rato en la pantalla.

Valentina miró la caja. Eran gotas oftálmicas de ácido hialurónico. Caras. De una marca que ella no habría comprado ni en su vida anterior ni en esta.

—¿Cómo sabes que se me irritan los ojos?

—Porque parpadeas más después de las dos horas. Y te frotas el párpado izquierdo con el nudillo.

La precisión de la observación le revolvió algo que no supo si era ternura o alarma. Alejandro Quirós la miraba con la misma atención con la que leía un informe financiero: registrando datos, cruzando variables, sacando conclusiones. Pero los informes financieros no le compraban gotas para los ojos.

—Gracias —dijo, guardando la caja en el cajón de su mesa.

—No me agradezcas. Solo ponlas.

El miércoles, Valentina se despertó con un mensaje de Alejandro enviado a las seis de la mañana: "¿Qué quieres desayunar?"

Lo leyó tres veces. En cinco semanas de matrimonio falso, Alejandro Quirós nunca le había preguntado qué quería desayunar. Nana Carmela decidía el menú, Valentina comía lo que hubiera y Alejandro tomaba café negro y algo que masticaba sin registrar. Pero ahí estaba la pregunta, en letras grises sobre la pantalla, a las seis de la mañana, como si él llevara rato despierto pensando en eso.

Escribió: "Lo que haya."

La respuesta llegó en diez segundos: "No pregunté qué hay. Pregunté qué quieres."

Valentina se sentó en la cama. La cobija de cachemira —que seguía sin devolver y que ahora dormía doblada a los pies de su cama ya con la forma del colchón— le rozó los tobillos.

Escribió: "Chilaquiles verdes con crema y un café con canela."

Cuando bajó a la cocina, los chilaquiles estaban en la mesa. Verdes. Con crema. El café tenía canela. Nana Carmela la miró con una mezcla de curiosidad y aprobación mientras le servía, y Valentina entendió que Alejandro le había dado instrucciones específicas.

Comió despacio, prestándole al queso y a la crema una atención que no era para ellos. El queso se deshacía sobre la tortilla y la crema cortaba el picor justo antes de que se volviera incómodo. Nana lo había preparado con el cuidado de quien recibió instrucciones claras.

Nadie le había preguntado qué quería desayunar desde que su madre vivía. Aurora Reyes solía sentarse en el borde de su cama los domingos y preguntarle: "¿Qué se te antoja, mi vida?" Y Valentina siempre pedía lo mismo: hot cakes con miel. Los hot cakes de Aurora tenían bordes quemados y un olor a mantequilla que le llenaba la cocina del cuarto de servicio.

Los chilaquiles de Nana Carmela eran perfectos. La salsa tenía el picor exacto, la crema era fresca, y las tortillas crujían sin quebrarse. Valentina saboreaba la pregunta más que la comida.

El jueves, Alejandro le pidió que tocara antes de las once.

—A las nueve. Tengo que salir a las diez y quiero escuchar la pieza de hoy.

Valentina afinó las cuerdas y empezó a las nueve en punto. Pieza número cuatro de las doce: una que había compuesto a los dieciocho, cuando empezó a trabajar en la casa de Coyoacán y descubrió que el arpa de viaje que Nana alcanzó a rescatar cabía en un clóset si la desmontaba en tres partes. No era la gran arpa de concierto de Aurora, cuyo destino ignoraba entonces. La pieza tenía la forma de un espacio estrecho: notas apretadas al principio, que se iban abriendo como una puerta.

Alejandro la escuchó de pie, recargado en el marco de la puerta del estudio, con el saco puesto y las llaves del auto en la mano. No se sentó. No cerró los ojos. La observaba con esa atención de inventario que Valentina ya reconocía: la forma en que registraba cada movimiento de sus dedos sobre las cuerdas, la inclinación de su cabeza, la respiración que ella controlaba para mantener el tempo.

Cuando terminó, dijo:

—Esa es distinta a las otras.

—Cada una es distinta.

—No. Las otras son tristes. Esa tiene algo más.

—¿Qué tiene?

Alejandro se quedó un segundo en el marco, con la llave girando entre los dedos.

—Esperanza. Pero guardada. Como si no se la hubieran dejado sacar.

Se fue antes de que Valentina pudiera responder. La llave tintineó contra el llavero mientras bajaba las escaleras, y después la puerta y el motor del auto se sucedieron uno tras otro. Y Valentina se quedó sentada frente al arpa con las cuerdas todavía vibrando y una sensación en el pecho que se parecía exactamente a lo que él había descrito: esperanza guardada que alguien acababa de nombrar en voz alta.

Esa noche, Valentina sacó la libreta.

La columna derecha ya ocupaba dos hojas. La izquierda —la de Mariana— seguía en media página, y la última entrada era de hacía una semana. No había nada nuevo que reportar porque Valentina había dejado de buscar cosas que reportar. Los contratos que traducía no contenían información que le sirviera a Mariana. Las conversaciones con Alejandro eran sobre trabajo, sobre música, sobre café con canela — nada que pudiera convertirse en arma. Y la información sobre Joaquín Carrasco seguía guardada en la columna equivocada.

Valentina cerró la libreta y la puso bajo la almohada.

Después la sacó y la volvió a abrir.

En un espacio nuevo, separado de las dos columnas, escribió una tercera lista sin título. Solo tres puntos:

1. Ibuprofeno antes de que duela.

2. "¿Qué quieres desayunar?"

3. "Como si no se la hubieran dejado sacar."

No eran datos para Mariana. No eran secretos de Valentina. Eran cosas que Alejandro Quirós hacía y decía sin que nadie se las pidiera, y que Valentina no sabía dónde guardar porque no pertenecían a ninguna de sus dos vidas.

Pertenecían a una tercera vida que todavía no existía. Pero que empezaba a tomar forma.

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Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
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