La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.
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CAPÍTULO 6 UNA FOTOGRAFÍA EQUIVOCADA
Durante los días siguientes, Lucía intentó actuar como si nada estuviera ocurriendo.
Fue a trabajar.
Regresó a casa.
Ayudó a su madre.
Se reunió con Mateo.
Revisó algunos detalles de la boda.
Sonrió cuando alguien le preguntó cuánto faltaba.
Y respondió que estaba feliz.
Lo decía porque, en parte, todavía era verdad.
Pero había comenzado a ocurrir algo que no podía detener.
Ahora observaba.
No vigilaba a Mateo de manera obsesiva.
No revisaba sus bolsillos.
No le quitaba el teléfono.
No seguía sus pasos.
Simplemente observaba.
Una persona que ama puede acostumbrarse tanto a la presencia del otro que deja de notar sus pequeños hábitos.
Lucía, en cambio, comenzó a recordar.
Recordó que Mateo siempre había dejado el teléfono sobre la mesa.
Ahora lo mantenía en el bolsillo.
Recordó que antes le contaba historias del trabajo.
Ahora decía que había sido un día pesado y cambiaba de tema.
Recordó que antes respondía mensajes frente a ella.
Ahora se alejaba.
Recordó que podía hablar durante horas de cualquier cosa.
Ahora parecía estar constantemente preocupado por el tiempo.
Y había algo más.
Cada vez que Lucía preguntaba por sus deudas, Mateo encontraba una manera de tranquilizarla sin responder realmente.
—Lo resolveré.
—No es grave.
—Ya casi termina.
—No quiero que te preocupes.
Palabras.
Siempre palabras.
Pero ninguna explicación completa.
El jueves por la tarde, Lucía salió más temprano de la oficina.
Su jefe tenía que asistir a una reunión y había enviado al personal a casa antes de lo habitual.
Aprovechó para comprar unos documentos que necesitaba Teresa.
Después decidió caminar unas calles antes de tomar el autobús.
Le gustaba hacerlo cuando tenía tiempo.
Mirar escaparates.
Escuchar el ruido de la ciudad.
Sentir que no siempre tenía que correr.
Pasó frente a una cafetería y recordó que Mateo había mencionado ese lugar alguna vez.
No le dio importancia.
Continuó caminando.
A mitad de la calle, su teléfono vibró.
Era un mensaje.
Mateo: “Hoy saldré tarde. No me esperes.”
Lucía miró la hora.
Todavía eran las cinco.
Respondió:
“Está bien.”
Guardó el teléfono.
Siguió caminando.
Pero unos segundos después sintió una necesidad extraña de volver a mirar el mensaje.
No sabía por qué.
Simplemente lo hizo.
Y volvió a leerlo.
No había nada sospechoso.
Nada.
Aun así, tuvo una sensación incómoda.
Como si el mensaje escondiera algo.
Lucía se dijo a sí misma que estaba exagerando.
Últimamente todo parecía sospechoso porque ella estaba buscando explicaciones.
Quizá aquello era injusto.
Quizá estaba convirtiendo pequeños detalles en pruebas.
Quizá Mateo realmente tenía problemas.
Y entonces pensó en algo que le dolió.
¿Y si ella estaba empezando a desconfiar de él sin motivo?
No quería convertirse en una mujer que dudaba de la persona que amaba.
No quería que la boda comenzara con sospechas.
No quería destruir seis años de relación por miedo.
Así que tomó una decisión.
Esa noche hablaría con Mateo.
Sin acusarlo.
Sin gritar.
Sin revisar nada.
Solo hablaría.
A las ocho, Mateo llegó.
Lucía estaba en la sala.
Teresa y Roberto habían salido a visitar a una tía.
Diego estudiaba en su habitación.
La casa estaba tranquila.
Mateo entró y dejó las llaves sobre la mesa.
—Hola.
—Hola.
Se acercó y la besó.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Bien.
—¿Y el tuyo?
—Largo.
Lucía lo miró.
—¿Podemos hablar?
Mateo se quedó quieto.
—Claro.
Se sentó.
Ella permaneció de pie durante unos segundos.
Después se sentó frente a él.
—No quiero discutir.
—Yo tampoco.
—Y tampoco quiero acusarte de algo que no sé si es verdad.
Mateo frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Lucía respiró.
—De las cosas que has estado ocultando.
Él bajó la mirada.
—Lucía...
—Déjame terminar.
Mateo guardó silencio.
—No sé exactamente qué pasa. Y quizá estoy equivocada. Pero últimamente siento que no me cuentas todo.
—Te lo dije. Es trabajo.
—No creo que sea solo trabajo.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que te pregunto, cambias de tema.
Mateo apoyó los codos sobre las rodillas.
—Estoy intentando solucionar algunos problemas.
—¿Qué problemas?
—Ya te dije.
—No. Me dijiste que tienes una deuda.
—Sí.
—Pero no me dijiste de dónde salió.
—Ya te expliqué.
—No.
Mateo levantó la mirada.
—Hubo un error en el trabajo.
—¿Y eso es todo?
—Sí.
Lucía lo observó.
—¿Y Valentina?
Mateo permaneció completamente quieto.
La pregunta cayó entre ambos.
—¿Qué pasa con ella?
—La conoces.
—Sí.
—Dijiste que apenas la conocías.
—Trabaja en la empresa.
—¿Han tenido alguna relación fuera del trabajo?
Mateo abrió la boca.
Luego volvió a cerrarla.
Lucía sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido.
—Mateo.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Mírame.
Él la miró.
Lucía intentó encontrar en sus ojos la respuesta.
—No me engañas, ¿verdad?
Silencio.
Aquella era la pregunta.
La pregunta que había estado evitando.
La que había tenido miedo de pronunciar.
Mateo parecía sorprendido.
—¿De verdad piensas eso?
—Solo quiero una respuesta.
—No te engaño.
Lucía lo miró durante varios segundos.
—¿Me lo juras?
Mateo sostuvo su mirada.
—Te lo juro.
Ella cerró los ojos.
Sintió alivio.
Un alivio tan grande que incluso le dio vergüenza haber sospechado.
—Perdóname.
Mateo se acercó.
—No tienes que pedir perdón.
—Sí.
—No.
—Es que...
Él la abrazó.
Lucía apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De que algo cambie.
Mateo la rodeó con los brazos.
—Nada va a cambiar.
Lucía cerró los ojos.
—Prométemelo.
Mateo tardó un segundo.
—Te lo prometo.
Ella creyó en él.
Porque quería creer.
Porque lo amaba.
Porque a veces el amor no solo confía en las palabras de la otra persona.
También confía en los recuerdos que ha acumulado durante años.
Y seis años de recuerdos pesaban mucho más que unas cuantas sospechas.
Al día siguiente, Lucía despertó convencida de que había exagerado.
Se sintió incluso avergonzada.
Mientras desayunaba, pensó que quizá había hecho un problema de algo pequeño.
Mateo la había mirado a los ojos.
Había jurado que no la engañaba.
¿Por qué debería pensar lo contrario?
Teresa la observó desde la otra silla.
—¿Qué tienes?
—Nada.
—Estás distraída.
—Estoy bien.
—No me engañas.
Lucía sonrió.
—¿Y tú cómo sabes?
—Porque te conozco.
Lucía bajó la mirada.
La frase le produjo una sensación extraña.
Porque te conozco.
Quizá ahí estaba el problema.
Ella creía conocer a Mateo.
O quizá Teresa conocía a su hija mejor de lo que ella misma se conocía.
—Estoy pensando en la boda.
—¿Otra vez?
—Sí.
Teresa sonrió.
—¿Todo bien con Mateo?
Lucía dudó un instante.
—Sí.
No contó nada.
No mencionó la conversación.
No mencionó sus dudas.
No quería preocupar a su madre.
Y, en el fondo, tampoco quería admitir que todavía sentía cierta incomodidad.
Esa tarde, Lucía recibió un mensaje de Claudia.
Era su compañera de trabajo.
“¿Sigues queriendo ver las fotos de la despedida?”
Lucía respondió que sí.
Claudia le había prometido enviar algunas fotografías de una reunión que habían tenido meses atrás.
No era nada importante.
Una fiesta de cumpleaños.
Compañeros.
Música.
Comida.
Lucía revisó las primeras fotos sin demasiado interés.
Hasta que vio una que la hizo detenerse.
Era una fotografía grupal.
Varias personas aparecían reunidas alrededor de una mesa.
Claudia estaba a la izquierda.
Dos compañeros estaban detrás.
Y, en el extremo derecho de la imagen, había alguien que Lucía reconoció inmediatamente.
Mateo.
Su corazón dio un vuelco.
Amplió la fotografía.
No estaba sola.
A su lado había una mujer.
Lucía reconoció el rostro.
Valentina.
La misma mujer cuyo nombre había aparecido relacionado con una transferencia.
La misma mujer sobre la que había preguntado.
La misma mujer que Mateo había presentado como una compañera de trabajo.
Lucía sintió frío.
Miró nuevamente la fotografía.
No estaban abrazados.
No se estaban besando.
No había ninguna prueba de una relación.
Solo estaban juntos.
Pero algo no encajaba.
La fecha de la fotografía era de cuatro meses atrás.
Lucía recordó dónde había estado ella ese día.
Había trabajado hasta tarde.
Mateo le había dicho que también había tenido una jornada complicada.
Ella incluso había cenado sola.
Esa noche él había llegado casi a las once.
Había dicho que estaba agotado.
Lucía volvió a mirar la fotografía.
Mateo sonreía.
No parecía agotado.
Parecía feliz.
A su lado, Valentina también sonreía.
Lucía sintió que algo comenzaba a romperse dentro de ella.
No era suficiente para acusarlo.
Pero tampoco podía ignorarlo.
Guardó la imagen.
Luego amplió otro detalle.
En la muñeca de Mateo había una pulsera.
Lucía conocía esa pulsera.
Era una pulsera negra que ella le había regalado años atrás.
Pero ahora notó algo más.
En la mano de Valentina había una pulsera similar.
Lucía se quedó inmóvil.
Podía ser casualidad.
Tenía que serlo.
No podía convertir una pulsera en una acusación.
Se lo repetía una y otra vez.
Puede ser una coincidencia.
Puede ser una fotografía cualquiera.
Puede haber una explicación.
Y entonces recordó algo.
Aquel día Mateo le había dicho que no había ido a la reunión de la empresa porque tenía dolor de cabeza.
Lucía abrió la conversación antigua.
Buscó la fecha.
Encontró el mensaje.
“Llegaré tarde, amor. Estoy con un dolor de cabeza terrible.”
Lucía volvió a mirar la fotografía.
Mateo aparecía sonriendo.
No parecía alguien con dolor de cabeza.
Se llevó una mano al pecho.
La respiración comenzó a hacerse más lenta.
Esperó hasta la noche.
No quería confrontarlo por mensaje.
No quería cometer el mismo error de antes.
Esta vez necesitaba observar su reacción.
Mateo llegó a las ocho y cuarto.
Lucía estaba sentada en la mesa.
—Hola.
—Hola.
Él la besó.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Mateo dejó el teléfono sobre la mesa.
Lucía miró el aparato.
Después lo miró a él.
—¿Tuviste una buena tarde?
—Normal.
—¿Mucho trabajo?
—Sí.
Lucía asintió.
Sacó su teléfono.
—Mira.
Le mostró la fotografía.
Mateo la miró.
Durante un segundo se quedó inmóvil.
Fue suficiente.
Lucía lo vio.
—¿La conoces?
—Sí.
—¿Quién es?
—Valentina.
—¿Y por qué estabas con ella?
Mateo respiró.
—Era una reunión.
Lucía sintió que algo dentro de ella se hundía.
—Me dijiste que estabas enfermo.
—No recuerdo.
—Yo sí.
Mateo tomó el teléfono.
—No significa nada.
—Entonces ¿por qué mentiste?
—No te mentí.
—Me dijiste que tenías dolor de cabeza.
—Lo tenía.
—Pero estabas en una reunión.
—Fui un momento.
—Mateo.
—¿Qué quieres que te diga?
La voz de él se había endurecido.
Lucía sintió miedo.
No de que le hiciera daño.
Todavía no.
Sino de escuchar una respuesta que pudiera cambiarlo todo.
—Quiero la verdad.
Mateo se levantó.
—Ya te la dije.
—No.
—Sí.
—No.
—¿Qué quieres?
Lucía lo miró.
—Quiero saber por qué aparece tu nombre en una transferencia a Valentina.
Mateo no respondió.
—Quiero saber por qué no me contaste que estabas con ella.
Silencio.
—Quiero saber por qué has cambiado tanto.
Mateo se pasó una mano por el cabello.
—Estás juntando cosas que no tienen relación.
—Entonces explícamelas.
Él no respondió.
Lucía sintió los ojos húmedos.
—¿Estás enamorado de ella?
Mateo levantó la mirada.
—No.
—¿Me estás diciendo la verdad?
—Sí.
Lucía respiró profundamente.
—Entonces mírame.
Mateo la miró.
—No estoy enamorado de ella.
Lucía mantuvo la mirada.
—¿Pero tienes algo con ella?
Mateo tardó demasiado.
Solo unos segundos.
Pero fueron suficientes.
Lucía sintió que el suelo desaparecía.
—Mateo...
Él negó con la cabeza.
—No es lo que piensas.
—Entonces ¿qué es?
—Complicado.
—¿Complicado cómo?
—No puedo explicarlo.
Lucía se quedó mirándolo.
—¿Por qué?
Mateo guardó silencio.
Ella comenzó a llorar.
—¿Me engañas?
—No.
—Entonces dime qué pasa.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque intento protegerte.
Lucía soltó una risa dolorosa.
—¿Protegerme de qué?
Mateo no respondió.
Y esa falta de respuesta fue peor que cualquier confesión.
Lucía se levantó.
—Quiero que te vayas.
—Lucía...
—Vete.
—Escúchame.
—No.
—Por favor.
—Me dijiste que no había nada.
—No hay nada entre nosotros.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
Mateo cerró los ojos.
—He cometido errores.
Lucía sintió que le faltaba el aire.
—¿Qué errores?
—Cosas que estoy arreglando.
—¿Qué cosas?
—No puedo decírtelo.
Ella lo miró con lágrimas en los ojos.
—Entonces no me amas.
Mateo se quedó inmóvil.
—Sí te amo.
—No.
—Sí.
—Si me amaras, me contarías la verdad.
Mateo bajó la mirada.
—Tal vez no puedo.
Lucía sintió que esas palabras terminaban de romper algo.
No porque fueran una confesión.
Sino porque eran una negativa.
Él estaba eligiendo no decirle.
Después de seis años.
Después de una boda planeada.
Después de tantas promesas.
Lucía señaló la puerta.
—Vete.
Mateo no discutió.
Tomó sus llaves.
Antes de salir, la miró.
—Te juro que estoy intentando arreglarlo.
Lucía lloró en silencio.
—Ya no sé qué significa eso.
Mateo se fue.
La puerta se cerró.
Lucía permaneció de pie.
No se movió.
No gritó.
No rompió nada.
Simplemente se quedó allí.
Después se sentó en el suelo.
Y lloró.
A la mañana siguiente, Lucía tenía los ojos hinchados.
No le contó a nadie.
Se levantó temprano.
Se duchó.
Se vistió.
Fue a trabajar.
Realizó sus tareas.
Respondió correos.
Sonrió cuando alguien le habló.
Pero por dentro estaba agotada.
Durante el almuerzo abrió nuevamente la fotografía.
La observó.
Algo en ella no quería aceptarla.
Había demasiadas preguntas.
Y ninguna respuesta.
Entonces hizo algo que nunca había hecho durante sus seis años con Mateo.
Buscó información sobre Valentina.
No la encontró en redes sociales.
Pero sí encontró una publicación antigua de la empresa.
Aparecía una fotografía de un evento.
Valentina estaba allí.
Mateo también.
Y debajo de la imagen aparecía una lista de nombres.
Lucía leyó.
Nada extraordinario.
Hasta que vio una fecha.
Era una fecha en la que Mateo había dicho que estaba de viaje.
Lucía sintió un nuevo golpe.
Abrió la imagen.
Amplió.
Y encontró algo escrito en una esquina.
Un cartel.
El nombre de una empresa.
Ferrer Logística.
Lucía reconoció el apellido.
Era el mismo nombre que aparecía en uno de los documentos relacionados con la deuda de Mateo.
Ferrer.
La misma palabra.
La misma empresa.
La misma conexión.
Lucía sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Guardó la fotografía.
Luego buscó nuevamente.
Encontró otra publicación.
Y otra.
El nombre aparecía varias veces.
Mateo había trabajado con esa empresa.
Valentina también.
Lucía apoyó el teléfono sobre la mesa.
De pronto, algo se hizo evidente.
La deuda.
Las transferencias.
Valentina.
Las llamadas.
El comportamiento extraño.
Todo parecía conectado.
Pero todavía faltaba algo.
Algo importante.
Algo que explicara por qué Mateo tenía tanto miedo.
Esa tarde, cuando regresó a casa, Lucía sacó el cuaderno azul.
Abrió una página nueva.
Escribió:
Valentina Ríos.
Debajo:
Ferrer Logística.
Después:
Deuda: S/. 6,000.
Luego:
Transferencias desde mi cuenta.
Y finalmente:
Mateo miente.
Se quedó mirando la frase.
Esta vez no la tachó.
No la suavizó.
No escribió “tal vez”.
Escribió:
Mateo miente.
Y después agregó:
Pero todavía no sé por qué.
Cerró el cuaderno.
Lo guardó.
Y se quedó sentada en su habitación.
Por primera vez desde que todo había comenzado, Lucía entendió algo que le dolió más que la posibilidad de una infidelidad.
Quizá su novio no estaba simplemente escondiendo una mujer.
Quizá estaba escondiendo algo mucho peor.
Esa noche Mateo la llamó.
Lucía dejó que el teléfono sonara.
No contestó.
Volvió a sonar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Al final respondió.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo.
—No tengo nada que decir.
—Por favor.
—Dime.
Silencio.
—Siento lo de ayer.
Lucía cerró los ojos.
—Yo también.
—No quiero perderte.
Aquellas palabras la golpearon.
—Entonces dime la verdad.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si te la cuento, vas a estar en peligro.
Lucía se quedó completamente quieta.
—¿Qué dijiste?
Mateo respiró.
—Nada.
—No.
—Lucía...
—Acabas de decir que estaría en peligro.
—Estás confundida.
—No estoy confundida.
—Escúchame.
—¿Quién me puede hacer daño?
Mateo no respondió.
—¿Quién, Mateo?
Silencio.
—Respóndeme.
La llamada terminó.
Lucía miró el teléfono.
Su mano temblaba.
Por primera vez sintió algo que no había sentido antes.
No era celos.
No era tristeza.
Era miedo.
Un miedo verdadero.
Porque una cosa era descubrir que el hombre que amabas podía estar engañándote.
Y otra muy distinta era descubrir que los secretos de ese hombre podían poner en peligro tu vida.
A unos kilómetros de allí, Mateo dejó el teléfono sobre la mesa.
Había hablado demasiado.
Lo sabía.
Había cruzado una línea.
Había dicho algo que no debía.
Miró la puerta.
Después la ventana.
Su expresión cambió cuando escuchó el motor de un automóvil detenerse frente al edificio.
Se acercó lentamente a la cortina.
Miró hacia la calle.
Un automóvil oscuro estaba estacionado enfrente.
Los vidrios eran polarizados.
Mateo retrocedió.
Tomó el teléfono.
Marcó un número.
—¿Qué hacen aquí?
La respuesta fue inmediata.
—Te dijimos que no hablaras.
Mateo cerró los ojos.
—Ella está empezando a sospechar.
—Entonces haz que deje de hacerlo.
—No puedo.
La voz fue fría.
—Todos pueden.
La llamada terminó.
Mateo se quedó mirando la pantalla.
Y comprendió que el tiempo se había terminado.
Esa noche Lucía no durmió.
Se quedó sentada en la cama con el cuaderno sobre las piernas.
Miró la fotografía.
Miró el teléfono.
Miró su anillo.
El mismo anillo que unos meses atrás había mirado con ilusión.
Ahora parecía pesarle.
Lo tocó.
Y una pregunta apareció en su mente.
¿Quién eres realmente, Mateo?
No obtuvo respuesta.
Solo silencio.
Y afuera, en una calle cercana, un automóvil permaneció estacionado durante horas.
Sin luces.
Sin movimiento.
Esperando.
Porque Lucía todavía creía que estaba intentando descubrir una infidelidad.
Todavía no comprendía que estaba acercándose a una verdad mucho más peligrosa.
Y la fotografía equivocada acababa de abrir una puerta que ya no podría cerrar.