Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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Aprender con las manos Cap 6
La computadora de don Rafael estaba viva, pero apenas prendía después de tres intentos, el ventilador rugía como un animal herido. El monitor se apagaba cada veinte minutos sin aviso, y el teclado tenía tres teclas que no funcionaban: la E, la R y la barra espaciadora. Para escribir la palabra "esperar", tenía que hacer malabares.
Mi madre me vio una noche frustrada, apoyando la frente contra el monitor apagado.
—¿Por qué no la llevas a un técnico? —preguntó.
—No tenemos plata para un técnico, mamá.
Ella se mordió el labio. Sabía que era verdad.
Así que hice lo que siempre había hecho cuando no tenía a quién pedirle ayuda: aprendí sola. Con el teléfono prestado de mi tía Elena —el mismo que se apagaba con el sol—, me conectaba a la señal de internet de la plaza los sábados a la mañana. Allí, sentada en un banco de madera rota, veía tutoriales de reparación de computadoras. Uno tras otro. Tomaba apuntes en el cuaderno espiral que ya estaba lleno de apuntes de literatura.
"La memoria RAM es la memoria de corto plazo de la computadora", anoté. "Si está suelta, la pantalla se apaga".
"La pasta térmica va entre el procesador y el disipador. Sin ella, el procesador se calienta y la máquina se apaga para no morir".
Cada término nuevo era un mundo. No había tocado una computadora en mi vida hasta hacía dos semanas. Pero mis manos estaban acostumbradas al trabajo. Habían amasado harina, cortado tortas, envuelto porciones, cargado bolsas del mercado. No iba a tenerles miedo a unos cables y tornillos.
La primera vez que abrí la torre, casi lloro. Por dentro era un laberinto de polvo, cables enredados y piezas que no sabía nombrar. Sople para quitar el polvo y me llené la boca de tierra gris. Tosí. Me reí. Mi madre se asomó a la puerta y negó con la cabeza.
—Estás loca —dijo, pero sonriendo.
—Puede ser.
El primer arreglo fue la memoria RAM. La saqué con cuidado, como me enseñó un video, limpié los contactos con una goma de borrar —no tenía alcohol isopropílico— y la volví a colocar hasta sentir que encajaba. Cuando encendí la máquina, el monitor no se apagó a los veinte minutos. Se apagó a los cuarenta. Era un avance.
Esa noche le conté a mi madre, eufórica.
—¡Duró el doble!
Ella me miró con ternura y un poco de lástima.
—Hija, la computadora debería durar horas, no minutos.
Pero no entendía. No se trataba de lo que debía ser. Se trataba de lo que yo podía construir con lo que tenía.
Durante las siguientes semanas, cada peso que ganábamos con las tortas tenía dos destinos: el pasaje del colectivo, y las piezas para la computadora. Mil pesos para una memoria RAM usada que un amigo de un amigo vendía. Dos mil para un teclado de segunda mano con todas las teclas funcionando. Quinientos para un ventilador más pequeño, menos ruidoso.
Mi madre anotaba cada gasto en un cuaderno. Yo anotaba cada lección en el mío. La cocina se había convertido en un taller. Olía a bizcocho y a pasta térmica. Era un olor extraño. Era nuestro olor.
Una noche, después de cambiar la pasta térmica siguiendo un tutorial que vi cuatro veces, encendí la computadora. El ventilador seguía rugiendo, pero más bajo. El monitor no parpadeó. El escritorio de pasto verde apareció limpio, estable. Abrí un procesador de textos. Escribí una palabra: "Gracias".
La máquina no se apagó.
Lloré. Otra vez. Pero esta vez no era de rabia ni de desesperación. Era de algo que no sabía nombrar. Algo parecido a la alegría de las cosas que uno construye con sus propias manos.
Afuera, el sol seguía calentando la calle de tierra. Pero adentro, en la mesa del comedor, una computadora inservible había dejado de ser inservible. Como yo.