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SOMBRAS QUE NO SEVAN

SOMBRAS QUE NO SEVAN

Status: En proceso
Genre:Escuela / Fantasía LGBT / Traiciones y engaños
Popularitas:287
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Después de perder a sus padres, Izack Vega cree que lo peor ya pasó… hasta que comienza a vivir bajo el mismo techo que su peor pesadilla.

Traicionado por su propia familia, termina en un orfanato donde conocerá a personas rotas como él… que poco a poco se convertirán en su verdadera familia.

Pero el pasado no lo dejará en paz. Secretos, acoso, mentiras y muertes lo rodean…

Y cuando la verdad salga a la luz, Izack tendrá que decidir:
¿seguir huyendo… o enfrentarse a la oscuridad?

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EPÍLOGO 1: LOS QUE CRECIERON DENTRO DEL DOLOR(Vera, Ren y Lila — primos hermanos

Pasada la medianoche, cuando el silencio pesaba tanto que casi se podía tocar en el aire frío del orfanato y todos los demás ya se habían retirado a descansar con el corazón hecho pedazos, los tres recién llegados se quedaron solos alrededor de la mesa llena de mapas y carpetas. La luz plateada de la luna entraba despacio por la ventana, dibujando sombras alargadas en el suelo, y por primera vez desde que entraron por la puerta principal con esa máscara de profesionalismo duro e impasible, se quitaron la coraza. Porque entre ellos no hacía falta fingir. Eran **primos hermanos**, hijos de tres hermanos que un día fueron una familia entera, y que la misma organización los había borrado de golpe, uno tras otro, cuando todavía eran demasiado chicos para entender por qué el mundo se volvía negro de repente. Crecieron juntos, en el mismo dolor, en el mismo silencio, en la misma frustración de saber quién les había hecho daño y no poder hacer nada durante años. Eran lo único que les quedaba el uno al otro. Y aun así, cada uno cargaba adentro un infierno tan grande, que a veces ni siquiera entre ellos se atrevían a hablarlo del todo.

Vera, la mayor, tenía veintiocho años, pero en la mirada llevaba el cansancio de quien ha vivido dos vidas enteras. Tenía solo nueve cuando tocaron la puerta de su casa una noche de invierno. Se escondió en el ropero y vio, a través de la rendija, cómo se llevaban a sus papás y a su hermano pequeño de cuatro años, sin gritos, sin lucha, como si el aire mismo los hubiera apagado. Se quedó ahí encerrada más de seis horas, temblando, sin atreverse a respirar fuerte, hasta que llegaron la tía y el tío —los papás de Lila— y la sacaron temblando y helada. Desde ese día **se obligó a sí misma a NO SENTIR NADA**. Se dijo a sí misma que si lloraba, si se derrumbaba, si permitía que el dolor ganara, estaría traicionando a los que se fueron. Se volvió dura, ordenada, fría, calculadora hasta el extremo. Estudió, entró a la unidad de investigación, renunció a todo lo que es ser joven: salidas, amores, risas fáciles, días tranquilos. Todo, absolutamente todo lo hacía con una sola obsesión: encontrar qué fue de ellos. Pero lo que la rompe por dentro noche tras noche, lo que nadie sabe, lo que ni siquiera les dice del todo a sus primos, es la **CULPA INFINITA que le carcome el alma despacio**: ella recuerda perfectamente que esa noche su hermano le dijo “quédate conmigo, no te vayas”, y ella se fue a su cuarto enojada por una tontería infantil. Cada día, cada investigación, cada pista que se le pierde, cada vez que la Red gana una batalla más, ella escucha esa voz chiquita en la cabeza y piensa: *fui yo. Si hubiera estado ahí, si hubiera sido más lista, más grande, más fuerte… ellos estarían aquí*. Lleva diecinueve años buscando y diecinueve años perdiendo una y otra vez. Esa es su frustración más grande: **da todo, lo entrega absolutamente todo, y aun así siente que nunca, NUNCA es suficiente**. Duerme menos de tres horas por noche, porque cuando cierra los ojos solo ve la puerta del ropero y las manos que se los llevaron. Siente que se está secando por dentro, que se está volviendo de piedra, y que cuando por fin encuentre la verdad… ya no va a quedar nada de ella misma para poder disfrutarlo.

Ren, el del medio, tenía dieciocho, y la cicatriz pálida que le cruzaba toda la mejilla derecha no era la única herida que llevaba. Tenía siete años cuando lo tomaron. Iba caminando de la escuela a casa, lo agarraron de la nada, le pusieron una tela en la cara y cuando despertó ya no estaba en su pueblo, ni con nadie que conociera. **PASÓ DIEZ AÑOS ENCERRADO DENTRO DE LA RED**. No fue un prisionero en una celda oscura: fue peor. Lo entrenaron, lo moldearon, le metieron en la cabeza día y noche que él no servía para nada más que para obedecer, que su familia no lo quería, que nadie lo iba a buscar nunca. Lo obligaron a ver cosas, a estar presente en cosas, a hacer cosas que todavía le provocan arcadas y pesadillas que no se van con nada. Le pusieron la cicatriz en la cara con una navaja el mismo día que se negó por primera vez a lastimar a otro niño: fue para marcarlo, para que siempre supiera a quién “pertenecía”. Logró escapar casi muerto a los diecisiete, corrió días sin parar hasta dar con Vera y Lila, y desde entonces está con ellas… pero **siente que nunca salió de verdad**. Tiene miedo a los ruidos fuertes, a la oscuridad total, a que lo toquen por sorpresa, a cerrar los ojos porque las imágenes vuelven solas. Su tortura psicológica es peor que cualquier golpe: **él cree que está CONTAMINADO PARA SIEMPRE**. Piensa que todo lo malo que le obligaron a hacer, todo lo que vio, todo lo que le metieron en la cabeza, se le pegó al alma y ya no se quita más. Cada vez que ve a Izack, a Lucas, a los chicos del orfanato, mira para otro lado con la garganta apretada, porque piensa: *yo fui uno de ellos por mucho tiempo. Yo fui parte de la máquina que lastima gente como ustedes*. No se cree digno de nada bueno: ni del cariño de sus primas, ni de estar ahí ayudando, ni de un día poder estar tranquilo. Su frustración es la peor que existe: **él escapó con el cuerpo, pero su mente sigue presa allá adentro, y sabe, SABE con toda seguridad, que hay heridas que NI EL TIEMPO PUEDE CURAR**. Muchas noches se para frente al espejo, se toca la cicatriz y piensa que por fuera y por dentro ya solo es un pedazo roto que nadie va a poder armar bien nunca más.

Lila, la más chica, tenía dieciséis cuando todo cambió para siempre, y ahora con veintidós todavía se obliga a sonreír bajito y a no molestar nunca, un hábito que se grabó a fuego desde niña. Era la más pequeña de toda la familia, la que todos cuidaban, la que siempre estaba calladita dibujando o mirando. Tenía ocho años cuando mataron a su papá —el médico forense que descubrió que las cenizas del incendio no eran humanas—. Lo hicieron pasar por infarto fulminante, ella lo escuchó todo detrás de la puerta de la habitación: las voces bajas, la orden, el momento en que se quedó callado para siempre. Su mamá cayó en una depresión tan honda que meses después ya no estaba ahí de verdad, solo el cuerpo. Entonces Vera y Ren —que acababa de escapar— llegaron por ella, y desde entonces Lila tomó una decisión en silencio que nadie supo hasta mucho después: **YO NO LLORO, YO NO DOY PROBLEMAS, YO SOY LA FUERZA DE TODOS**. Se estudió medicina, forense, química, genética, todo lo que su papá amaba, con una disciplina aterradora. Pero por dentro está hecha añicos. Su dolor es callado, lento, que se come día a día: **ella tiene LAS PRUEBAS, tiene la ciencia, tiene los datos, tiene la verdad en las manos… y durante años NADIE LE CREYÓ**. Policías, jueces, jefes, autoridades… todos decían que era una niña, que hablaba por dolor, que no había nada. Esa es su frustración eterna: **SABER, SABERLO CON CERTEZA CIENTÍFICA, Y NO TENER PODER PARA CAMBIAR NADA**. Se culpa a sí misma por haber callado demasiado tiempo por miedo, por haber sido demasiado chica, por haber sido “solo la niña tranquila”. Odia sentirse débil, odia que la vean frágil por su tamaño o su voz suave, y cada noche, cuando está sola, saca la vieja libreta de apuntes de su papá y llora en silencio ahogado en la almohada para que Vera y Ren no la escuchen, porque tiene grabado en la cabeza que **si se derrumba, todo lo demás se cae también**. Siente que creció de golpe en una noche, que le robaron toda su niñez de un tirón, y que ahora solo es una herramienta que trabaja, analiza y prueba cosas… y que la niña chiquita que dibujaba flores se quedó atrás en el pasillo de una casa llena de sangre y silencio, y nunca la pudo volver a encontrar.

Los tres se miraron en la penumbra, y ninguno tuvo que decir nada. Se conocían demasiado bien. Conocían los insomnios los unos de los otros, las pesadillas, los momentos en que se quedan mirando al vacío sin ver nada, las veces que cada uno por su lado ha pensado en tirar todo y correr muy lejos, y no lo hacen solo por los otros dos.

—Llevamos media vida peleando —susurró Vera por fin, con la voz quebrada por primera vez en años, pasándose una mano por la cara como si quisiera borrarse el cansancio de décadas—. Media vida buscando, perdiendo, sufriendo en silencio. Y ahora que por fin estamos cerca… resulta que ni siquiera estábamos peleando contra todo. Solo contra una rama chiquita. Me da tanta rabia… tanta frustración… a veces quisiera gritar hasta quedarme sin voz, y aun así no alcanzaría para sacar todo lo que tengo adentro.

Ren bajó la mirada y se apretó fuerte la cicatriz con los dedos, como si todavía doliera después de todo este tiempo:

—Lo peor… lo peor de todo es saber que por más que ganemos, por más que derribemos todo… **ellos ya ganaron de todas formas**. Se llevaron a nuestra familia. Se robaron nuestra infancia. Nos rompieron la cabeza y el corazón de maneras que ni siquiera tenemos palabras para explicar. Eso nadie nos lo devuelve. Nada ni nadie lo repara. Podemos encerrarlos a todos, y aun así… nosotros vamos a seguir siendo los tres niños rotos que fuimos hace años. Eso es lo que nadie dice. Que la justicia… la justicia no cura nada de verdad.

Lila apretó los labios con fuerza hasta que se pusieron blancos, y una lágrima solitaria se le escapó rodando muy despacio por la mejilla, la primera que dejaba caer enfrente de ellos en mucho tiempo:

—Y lo que más duele… es que a veces tengo miedo. Miedo de que cuando todo termine, cuando ya no haya Red, ni Consejo, ni nada que perseguir… **ya no vamos a saber cómo ser felices**. Porque ya nos acostumbramos tanto a vivir con dolor, con miedo, con la pelea… que lo normal, lo tranquilo, lo bueno… nos va a parecer mentira. O peor: nos va a dar miedo.

Nadie agregó nada más. Se quedaron en silencio largo, bajo la luz fría de la luna, tres primos hermanos a los que el mundo le dio la espalda demasiado pronto, tres almas marcadas a fuego para siempre, que solo tenían el uno al otro en medio de todo el vacío. Vinieron al pueblo creyendo que venían a salvar a unos chicos de una organización criminal. Ahora entendían la verdad más dolorosa de todas: **ellos también seguían esperando que alguien, de alguna forma, los salvara a ellos algún día de sus propios recuerdos**.

Y lo que todavía no se atrevían a decir ni entre ellos, lo que guardaban en el lugar más cerrado del pecho, era el pensamiento que los despertaba sudando frío casi todas las noches:

¿Y si al final, después de todo este tiempo, de todo este dolor y de todo este camino… **todo hubiera sido en vano de todas formas**?

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