Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...
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El tacto del Zar.
El Tacto del Zar.
El eco del teléfono colgado aún vibraba en el aire del dormitorio cuando Alexander Volkov se incorporó de la cama con la precisión de un resorte. Sin una palabra, se dirigió al baño de mármol negro, y el sonido del agua golpeando su espalda musculosa fue el único ruido que rompió el silencio. Al salir, envuelto en una toalla, encontró a Valentina aún bajo las sábanas, con los puños apretados y la mirada perdida en el techo, procesando la humillación de la llamada, ella supo por la reaccion de Alexander de quien se trataba.
Valentina se levantó con movimientos bruscos y entró a la ducha, dejando escapar un gemido de frustración que Alexander ignoró con la frialdad de quien sabe que el tiempo es un lujo que no posee. Mientras ella se vestía, él ya había elegido su atuendo: un traje negro de corte impecable, camisa blanca sin corbata y unos zapatos italianos que crujían al pisar. Valentina apareció en la puerta del vestidor envuelta en su bata de seda, la de Alexander, demasiado grande para ella, pero con sus propios zapatos de taco alto, un detalle que a él le pareció una declaración de guerra silenciosa.
Bajaron las escaleras de caracol sin tocarse, y al cruzar el umbral del Penhause, una hilera de cinco camionetas negras con vidrios polarizados los aguardaba con los motores ronroneando. Alexander tomó el asiento trasero de la segunda y, cuando ella intentó sentarse junto al chofer, él la detuvo con un tirón suave pero firme. "Te dejaré en tu casa", dijo con voz plana. Valentina soltó una risa corta y amarga. "No hace falta, puedo pedir un taxi". Entonces él giró el cuello con un crujido, y sus ojos se clavaron en ella como dos balas. "Mi mujer no anda por ahí con esa vestimenta, y mucho menos sola", sentenció, mientras ella, desafiante, estalló en una carcajada que le arrancó un ceño fruncido y un giro de ojos que bien podría haber derretido el acero.
Alexander llegó al edificio de la antigua fábrica textil con una hora de antelación, el tiempo justo para que sus hombres desplegaran el protocolo de hierro. Mientras los guardias tácticos revisaban cada rincón, desde los sótanos húmedos hasta la azotea con vistas al río Moscova, él se instaló en una sala de control improvisada y desplegó un mapa digital de la ciudad. Sus dedos volaron sobre el teclado, pirateando las cámaras de tráfico del distrito, los accesos a las autopistas y las rutas secundarias que cualquier topo podría usar para escapar. Cada monitor mostraba un ángulo distinto del pulmón de Moscú, y Alexander analizó los flujos de vehículos con la paciencia de un cirujano, marcando puntos ciegos y posibles emboscadas.
No dejó ni un solo callejón sin escudriñar, ni un semáforo sin cronometrar. Cuando el Pakhan Dimitri Volkov entró en la sala, acompañado de dos guardaespaldas de rostro pétreo, Alexander se puso en pie y le hizo un breve informe: las cámaras estaban bajo control, las rutas de fuga mapeadas y los francotiradores colocados en tres edificios clave. Dimitri asintió sin pronunciar palabra, pero el brillo en sus ojos denotaba aprobación.
Se sentó en la cabecera de la mesa y ajustó los puños de su chaqueta, mientras Alexander, de pie junto a la pantalla, le susurraba los últimos datos: "Los camiones de Ivan han sido avistados en el perímetro oeste, pero aún no hay señales del cargamento. Estamos a tiempo, Pakhan". Dimitri no respondió, solo encendió un cigarro y dejó que el humo danzara bajo la luz mortecina, como el preludio de una tormenta que ya olía a pólvora y traición.
Cuando los doce jefes de la Bratva se sentaron alrededor de la mesa de roble, Dimitri Volkov no perdió tiempo en cortesías. Golpeó la madera con los nudillos y habló con la voz grave de quien ha enterrado a más enemigos que amigos. "Ivan el Bastardo", dijo, escupiendo el nombre como si fuera veneno, "ha decidido movilizar un cargamento de armas de asalto y cocaína pura con destino a Oriente Medio y Asia. Las armas van para Arabia Saudita y Siria, y de ahí a Turquía, para engordar las arcas de los señores de la guerra.
Pero la droga, la mercancía fina, tiene un destino más retorcido: Japón y Corea del Sur, un encargo directo de la Yakuza y la mafia coreana. Ese desgraciado cree que por tener sangre Volkov en las venas puede sentarse en mi silla y tejer alianzas a mis espaldas, financiando a nuestros peores enemigos para ganar poder". Los jefes intercambiaron miradas sombrías, y algunos apretaron los puños bajo la mesa. "Nuestra misión es simple", prosiguió Dimitri, alzando la voz, "interceptaremos el convoy en la carretera de Smolensk, antes de que cruce la frontera.
No quiero un solo gramo de esa droga en Asia, ni una sola bala en manos de esos terroristas. Romperemos la fuente de abastecimiento de Ivan y le demostraremos que su bastardía no le da derecho a heredar ni una migaja de mi imperio". Luego sacó un reloj de bolsillo y lo golpeó contra la mesa, marcando el tiempo. "Estén atentos. En media hora, cuando sus teléfonos vibren con las coordenadas y las rutas de escape, saldremos a la caza. Les daré dos minutos para asimilar la información y luego seremos sombras, cuchillos, fuego. Quiero resultados positivos, ¿entendido?", y al decir esto, su puño se estrelló contra la mesa con un golpe seco que hizo temblar los vasos de agua, mientras los jefes asentían con la certeza de que aquella noche, las calles de Moscú se teñirían de un rojo distinto, el de la sangre de un traidor, compartian sangre, pero no llevaba el mismo apellido.