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LA ISLA DEL PROYECTO CREPÚSCULO

LA ISLA DEL PROYECTO CREPÚSCULO

Status: En proceso
Genre:Aventura / Hijo/a genio / Fantasía LGBT
Popularitas:189
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.

Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.

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NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12: CUATRO DÍAS PARA ROMPER EL SILENCIO

Tardamos **CUATRO DÍAS COMPLETOS** en terminar la antena de principio a fin. Cuatro jornadas interminables bajo un sol abrasador que quemaba la piel hasta dejar ampollas, y bajo lluvias heladas que calaban la ropa hasta los huesos y nos hacían temblar sin control durante horas. Cortamos, pelamos y doblamos cientos de metros de cable de cobre puro que fuimos sacando de conductos rotos y paneles eléctricos derribados. Levantamos a pura fuerza humana dos postes de hierro galvanizado de ocho metros de altura, atándolos con cuerdas gruesas y apoyos cruzados para que ni el viento más fuerte pudiera tumbarlos. Conectamos y volvimos a conectar cada contacto, cada transformador, cada resistencia, probando una y otra vez, midiendo voltajes, cambiando posiciones, sin descanso casi ninguno. Nos turnábamos cada dos horas para trabajar, comíamos solo un puñado de comida seca y un sorbo de agua cada vez, lo justo para no desmayarnos en el sitio, y dormíamos apenas tres horas al día, acurrucados unos contra otros dentro de una pequeña caseta de cemento en la cima, tanto por el frío de la altura como por el miedo constante de que algo saliera de la oscuridad.

Caminamos más de veinte kilómetros en total por toda la isla, siempre pegados a la vegetación más frondosa, sin salir jamás a campo abierto, sabiendo que los **PTERANODONES DE SOMBRA** patrullaban las veinticuatro horas y que bastaba un segundo de descuido para que una sombra cayera del cielo sin hacer el más mínimo ruido. En el segundo día dimos con tres guardias más que habían sobrevivido escondidos desde el primer momento dentro de una tubería de drenaje gigante bajo tierra. Lloraban de alivio al encontrar a otras personas vivas, y se unieron a nosotros con la esperanza de que por fin hubiera una forma de salir. Pero duraron muy poco: al atardecer de ese mismo día, al bajar por un sendero estrecho para recoger unas bobinas de cable que habíamos visto, dos de las bestias voladoras bajaron en picada a una velocidad imposible. Uno de los chicos no tuvo tiempo ni de gritar; las garras del tamaño de cuchillos se clavaron en su espalda y lo subieron directo a las nubes en un instante. Los otros dos, desesperados, salieron corriendo a un claro abierto sin pensar, y ahí fue donde terminaron. No pudimos hacer absolutamente nada, solo agacharnos y escondernos entre los matorrales con el corazón apretujado en el pecho.

El tercer día, mientras buscábamos herramientas y piezas de repuesto en las instalaciones más viejas, Bruno tropezó con un armario metálico volcado contra la pared, y detrás de él descubrimos una puerta pequeña y olvidada que daba a una sala de seguridad intacta, con los sistemas aún conectados a los generadores de emergencia. Había polvo por todas partes, cables colgando del techo y luces rojas parpadeando muy despacio, pero los monitores y el equipo de grabación seguían funcionando después de todo este tiempo. En el centro, sobre una mesa llena de papeles amarillentos, había una tableta reforzada contra golpes y agua, con la batería todavía al 60 %. La encendimos con mucho cuidado, y aparecieron de inmediato los archivos clasificados con el sello de **PROYECTO CREPÚSCULO · NIVEL MÁXIMO DE SECRETO**.

Navegamos poco a poco entre informes, planos y listas de materiales, hasta que encontramos una carpeta llamada *REGISTRO FINAL · DÍA 0*. Al abrirla, se puso en reproducción automática una grabación de vídeo hecha con una cámara profesional, en la misma sala de control principal que habíamos visto en los planos. Ahí estaba él, de pie frente al objetivo: el **DR. SILAS VANCE**, el científico jefe de todo el proyecto, un hombre mayor con el cabello y la barba blancos, gafas gruesas y la bata blanca llena de manchas y arrugas. Tenía la cara hinchada de haber llorado mucho tiempo, las manos le temblaban sin parar y hablaba con la voz completamente rota, como si cada palabra le costara un dolor físico enorme.

> —Si alguien está viendo esto —decía mirando directo al lente, con los ojos llenos de agua—, es porque ya pasó lo peor, o porque todo salió mucho peor de lo que jamás imaginé. Todos se fueron. Hace tres días evacuaron hasta al último guardia, hasta al último administrativo. Ya no queda nadie más en la isla. La orden final es volar todo por los aires dentro de muy poco, borrar cada rastro, cada prueba, cada ser vivo que hay aquí. Yo no me fui. No podía. Llevo veinte años de mi vida aquí. Los vi nacer, los vi crecer… y los vi sufrir cada día, enjaulados, probados, heridos a propósito solo para ver hasta dónde llegaban. Son armas, sí, las diseñamos así… pero también sienten, piensan, recuerdan. No son cosas. Son seres vivos atrapados en un infierno que nosotros mismos les construimos. Si van a morir en la explosión… al menos que mueran libres. Esta noche abro todas las cerraduras electrónicas, todas las puertas, todos los recintos. Las dejo ir. —Hizo una pausa larga, tragó saliva con dificultad y bajó la mirada unos segundos—. Revisé todos los listados, todos los manifiestos, todos los accesos autorizados. **NO HAY NADIE MÁS AQUÍ. NADIE INOCENTE. NADIE QUE NO TUVIERA NADA QUE VER CON ESTO**. Por eso lo hago. Porque ya no quedan víctimas humanas aquí adentro. Solo nosotros, los culpables, y ellos, los que hemos dañado toda la vida. Perdón. Perdón por todo.

Nos quedamos los cinco completamente inmóviles alrededor de la pantalla, con la boca abierta del todo, los ojos desorbitados y llenos de terror, la sangre helada en las venas y el corazón que parecía habernos dejado de latir por completo. Ninguno de nosotros respiraba ni hacía el más mínimo ruido. En la cara de cada uno se leía la misma mezcla de horror, incredulidad y una tristeza que aplastaba el pecho: **NO HABÍA SIDO MALDAD. HABÍA SIDO EL ERROR MÁS GRANDE, CIEGO Y TRÁGICO QUE SE PUEDE IMAGINAR**. Él realmente creyó, de verdad y con toda su alma, que la isla estaba totalmente vacía. A nadie, absolutamente a nadie dentro del proyecto, le avisaron, le informaron o le dijeron ni una sola palabra de que la dirección general había autorizado en total secreto nuestra excursión escolar. Nosotros nunca debimos estar ahí. Fuimos un accidente. Un error administrativo oculto que cobró la vida de tanta gente y nos condenó a todos a vivir dentro de una pesadilla.

Seguimos viendo más archivos de vídeo, y entonces vimos lo que ningún ser humano debería presenciar jamás: las pruebas diarias. Cómo sacaban a las crías recién salidas del cascarón, las separaban de sus madres de forma inmediata, las encerraban en celdas blancas vacías, sin luz natural, sin nada más que cuatro paredes. Cómo les inyectaban sustancias una y otra vez, modificaban su código genético, les hacían soportar frío extremo, calor abrasador, hambre, dolor, solo para medir límites y resistencia. Vimos cómo sus miradas pasaron de la inocencia y la curiosidad al miedo, luego a la rabia contenida y por último a un odio profundo, callado y eterno. Ahí entendimos todo de golpe: **NO NOS ODIAN POR SER QUIENES SOMOS. NOS ODIAN POR LO QUE REPRESENTAMOS. CUALQUIER HUMANO ES, PARA ELLOS, LA CARA MISMA DE QUIEN LES HIZO DAÑO CADA DÍA DE SU EXISTENCIA**. No eran monstruos por naturaleza. Nosotros los convertimos en eso.

Más tarde, al atardecer de ese mismo día, aparecieron cerca del refugio tres personas más: dos alumnas y un profesor que habían logrado sobrevivir catorce días enteros escondidos en una cueva pequeña cerca del mar, comiendo casi solo algas y bebiendo agua de lluvia que recogían en hojas grandes. Estaban demacrados, asustados, rotos por dentro, y lloraron mucho al saber que no estaban solos. Duraron menos de veinticuatro horas. Al bajar juntas al río para llenar los recipientes de agua, el **SPINOSAURUS MUTANTE** salió del fondo profundo sin levantar ni una sola burbuja de aire, rompió de un cabezazo brutal la roca plana donde estaban paradas y se llevó a las tres de golpe bajo el agua fría y oscura. Solo quedó flotando en la corriente la mochila roja de una de ellas, moviéndose suavemente como si nada hubiera pasado.

Álex lo vio desde la orilla alta, y en cuanto volvimos al campamento sacó el teléfono móvil del bolsillo de un tirón, lo lanzó con todas sus fuerzas contra una piedra grande y lo pateó una y otra vez hasta reducirlo a mil pedazos diminutos, gritando con rabia contenida que nunca sirvió para nada, que nunca sirvió para llamar, para escribir, para nada, solo para ser un peso muerto y un recuerdo de una vida que ya no existía. Y en cuanto se le acabaron las fuerzas y la voz, se arrodilló en el suelo y empezó a recoger uno por uno todos los cachitos de cristal y metal con las manos temblorosas. Era lo único material que le quedaba de su casa, de su familia, de todo lo que había quedado allá afuera, tan lejos y al mismo tiempo tan irrecuperable.

Para ese momento ya nadie discutía mis planes, ni mis cifras, ni las rutas que marcaba, ni las medidas que decía que debíamos tomar. Me miraban de forma totalmente distinta a como lo hacían al principio: ya no era el chico callado, distraído y un poco raro del instituto. Ahora era la única persona que mantenía el orden, la calma y un camino abierto a la supervivencia cuando todo lo demás se había derrumbado. Y aun así, yo me guardé para mí lo más grande y pesado de todo: esa mente que veía, calculaba y entendía todo mucho antes de que ocurriera, y esa fuerza extraña y caliente que crecía cada día más fuerte dentro del pecho, pidiendo salir a la luz.

Cuando por fin dimos por terminada la antena por completo, solo faltaba girar la llave maestra y cerrar el circuito final. Todos sentíamos lo mismo apretando fuerte el pecho: **ERA NUESTRA ÚNICA OPORTUNIDAD REAL, Y CASI CON SEGURIDAD LA ÚLTIMA QUE TENDRÍAMOS EN TODA LA VIDA**.

Esa noche, desde la cima del cerro, miramos hacia abajo en la oscuridad y vimos las siluetas enormes moverse ordenadas entre los árboles. Ya no atacaban al azar, ni por impulso. Ahora se repartían el territorio, se comunicaban por señales y ruidos bajos, esperaban. Estaban tan organizados y coordinados como cualquier ejército bien entrenado. Y de entre todas las sombras, una sola se separó del resto, se detuvo en un claro y se quedó totalmente quieta, levantando la cabeza y mirando directo hacia arriba, justo donde estábamos nosotros. Sabíamos perfectamente quién era. El **T‑REX ALFA**. No rugió, no hizo ruido alguno. Solo nos observó durante minutos enteros. Había estado ahí todo el tiempo. Sabía perfectamente qué estábamos construyendo allá arriba. Y solo estaba esperando el momento exacto para decidir si lo permitía… o si lo destruiría antes de que pudiéramos usarlo.

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😈 Hunter. 😈
Me encantó 🥰 quiero más.
saludos.
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