Novela+18
La graduación debía ser el inicio de una nueva etapa.
Para despedirse antes de tomar caminos distintos, Rei y sus amigos viajan a una cabaña aislada en medio de un bosque. Pero una violenta tormenta de nieve los deja atrapados, incomunicados y lejos de cualquier ayuda.
Rei, un joven que ha aprendido a vivir con la ceguera de su ojo derecho, pronto comienza a notar que algo no encaja en aquel lugar.
Extraños sucesos se acumulan, la tensión crece y la desconfianza empieza a dividir al grupo.
El miedo se apodera de la cabaña.
Y lo que comenzó como un viaje entre amigos pronto se transformará en una pesadilla de la que tal vez no todos regresen con vida.
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CAPÍTULO 5 — DESAYUNO
A la mañana siguiente desperté por un sonido suave y repetitivo.
Tac...
Tac...
Tac...
Fruncí ligeramente el ceño mientras abría los ojos.
La habitación estaba iluminada por la luz dorada del amanecer que se filtraba entre las cortinas.
Durante unos segundos permanecí acostado observando el techo, intentando descubrir qué me había despertado.
Tac...
Tac...
Tac...
Giré la cabeza hacia la ventana.
Un pequeño pajarito golpeaba el cristal con su pico.
Parpadeé varias veces.
El ave inclinó la cabeza hacia un lado como si estuviera observándome.
No pude evitar sonreír.
—Buenos días para ti también...
El pájaro dio un pequeño salto y finalmente salió volando entre los árboles.
Me senté en la cama y estiré los brazos.
Por primera vez en mucho tiempo me sentía descansado.
Sin clases.
Sin trabajo.
Sin exámenes.
Solo vacaciones.
Me puse de pie y salí de la habitación.
El segundo piso estaba completamente silencioso.
Las puertas permanecían cerradas.
Todos seguían dormidos.
Bajé las escaleras procurando no hacer ruido.
La enorme sala principal estaba vacía.
Las luces permanecían apagadas y los primeros rayos del sol iluminaban el interior a través de los ventanales.
Entré en la cocina.
Abrí una alacena.
Tomé una taza.
Preparé café.
Y después añadí un poco de Chocomilk.
—Perfecto.
Tomé la taza entre mis manos y me dirigí hacia la parte trasera de la cabaña.
Deslicé la enorme puerta de vidrio.
El aire fresco de la mañana acarició mi rostro.
Respiré profundamente.
Era agradable.
Muy agradable.
La terraza era incluso más hermosa de día.
La enorme alberca reflejaba el cielo azul como un espejo.
Más allá se extendía el bosque.
Los árboles se balanceaban suavemente bajo la brisa matutina.
Algunos pájaros cantaban a la distancia.
Por un momento sentí que todo era perfecto.
Me senté en una de las sillas de la terraza.
Di un sorbo a mi café.
El calor recorrió mi cuerpo.
Entonces mi expresión se volvió pensativa.
Bajé la mirada hacia la taza.
—Anoche...
Una extraña sensación apareció en mi pecho.
—¿Qué fue eso?
Intenté recordar.
Pero mi memoria era borrosa.
Confusa.
Fragmentada.
Recordaba haberme acostado.
Recordaba cerrar los ojos.
Y después...
Nada.
O casi nada.
Algunas sensaciones extrañas.
Un calor envolvente.
La impresión de que alguien estaba cerca.
Y unas manos.
Unas manos tocando mi cuerpo.
Fruncí el ceño.
Intenté recordar más.
Pero fue inútil.
Todo era como una niebla imposible de atravesar.
De repente una idea cruzó mi mente.
Mis ojos se abrieron.
Mi rostro se volvió completamente rojo.
¡Soy un pervertido!
Me cubrí la cara con ambas manos.
¡Tuve un sueño húmedo!
La vergüenza me golpeó como una bofetada.
Gemí de humillación.
—No puede ser...
Oculté el rostro en mis rodillas.
—Qué vergüenza...
Sentía las orejas ardiendo.
Después sacudí la cabeza varias veces.
¡Rei, deja de pensar en eso!
Respiré profundamente.
Contrólate...
Miré el bosque.
O terminarás soltando feromonas.
Mi rostro se puso aún más rojo.
Y todos aquí, excepto yo, son alfas...
Sentí ganas de desaparecer.
Si eso pasa sería una catástrofe.
Imaginé a todos reaccionando de una forma muy descontrolada.
—No. No. No.
Negué rápidamente.
—Definitivamente sería una catástrofe.
Escondí la cara entre las manos.
Después de unos minutos logré tranquilizarme.
Tomé el último sorbo de café.
Y me puse de pie.
—Mejor hago el desayuno para todos antes de que se levanten.
Aquello sonaba mucho más seguro que seguir pensando en mis sueños.
Entré nuevamente en la cabaña deslizando la puerta de vidrio.
La cocina seguía vacía.
Abrí el refrigerador y comencé a sacar ingredientes.
Pan.
Huevos.
Frutas.
Jugo de naranja.
Decidí preparar algo sencillo.
Pero rico.
Poco a poco los platos comenzaron a tomar forma.
Tostadas con aguacate.
Huevos.
Rodajas de kiwi y plátano.
Y vasos de jugo de naranja.
Mientras trabajaba, el aroma de la comida empezó a llenar la cocina.
Fue entonces cuando escuché pasos acercándose.
Levanté la vista.
Yoru acababa de bajar las escaleras.
Llevaba el cabello negro ligeramente despeinado por el sueño.
Sus lentes descansaban sobre su nariz.
Y por una vez no parecía el heredero serio y elegante de siempre.
Parecía simplemente un chico cansado.
Al verme sonrió levemente.
—Buenos días, Rei.
—Buenos días.
Yoru observó la comida.
—Déjame ayudarte.
Lo miré sorprendido.
—¿En serio?
—Claro.
—Gracias.
Yoru comenzó a recoger algunos platos para llevarlos a la mesa.
Sin embargo, apenas tomó una pila de ellos casi dejó caer uno.
Logró atraparlo en el último segundo.
Lo observé en silencio.
Yoru fingió que no había ocurrido nada.
Mis labios comenzaron a temblar.
—Yoru...
—¿Sí?
—Creo que necesitas ayuda.
—No la necesito, gracias.
Justo en ese momento chocó accidentalmente dos vasos.
Ambos nos quedamos observándolos.
Silencio.
Yoru suspiró.
—Tal vez un poco.
No pude evitar reír.
—Ven.
Me acerqué.
—Déjame ayudarte.
Por primera vez pareció avergonzado.
—Gracias.
Aquello me sorprendió.
Alguien de su posición normalmente tendría personas encargadas de esas tareas.
Sin embargo allí estaba.
Intentando ayudar.
Aunque claramente no tenía mucha experiencia.
Los dos terminamos de poner la mesa juntos.
......................
Poco después comenzaron a bajar los demás.
Haru apareció primero.
—¿Ya está listo el desayuno?
Akira bajó detrás de él.
—Huele increíble.
Aoi fue la última en aparecer.
Todavía medio dormida.
—Cinco minutos más...
—Ya te levantaste —dijo Haru.
—Pero mi cuerpo sigue dormido.
Todos soltamos una risa.
Finalmente nos sentamos alrededor de la mesa.
La conversación comenzó de inmediato.
Las bromas.
Las risas.
Las anécdotas.
Y mientras observaba a mis amigos desayunando juntos, sentí una cálida felicidad.
......................
Después de desayunar, la enorme mesa quedó llena de platos vacíos, vasos de jugo y restos de la animada conversación que habían mantenido durante toda la comida.
La atmósfera era cálida.
Familiar.
Por unos momentos era fácil olvidar que se encontraban aislados en medio de un bosque inmenso.
Aoi se levantó primero.
—Bueno, alguien tiene que lavar todo esto.
Haru se puso de pie inmediatamente.
—Yo te ayudo.
Akira levantó una ceja.
Yo también.
Yoru ni siquiera intentó ocultar su sonrisa.
—Qué amable eres de repente —comentó Akira.
—Siempre soy amable.
—Mentiroso.
—Lo soy cuando quiero.
Aoi soltó una pequeña risa.
—Entonces ven y ayúdame.
—Con gusto.
Ambos comenzaron a recoger los platos.
Los observamos alejarse hacia la cocina.
Hubo unos segundos de silencio.
Luego Akira me miró.
Yo miré a Yoru.
Yoru nos miró a ambos.
Ninguno necesitó decir nada.
Los tres nos levantamos exactamente al mismo tiempo.
—Vamos —susurró Akira.
—Si jejeje —respondí.
—Qué vergüenza me dan —murmuró Yoru mientras nos seguía.
Nos escondimos detrás de una pared cercana a la cocina.
Lo suficientemente lejos para no ser descubiertos.
Y lo suficientemente cerca para escuchar.
Akira asomó apenas la cabeza.
Yo hice lo mismo.
Yoru observaba por encima de nuestros hombros.
Desde allí podíamos ver a Haru y Aoi lavando los platos.
Y la escena era casi ridículamente obvia.
Haru le alcanzaba las cosas antes de que ella las pidiera.
Aoi sonreía cada vez que él hablaba.
Sus miradas se encontraban constantemente.
Y ambos desviaban la vista al mismo tiempo.
Parecían unos tortolitos.
Solo que ninguno de los dos parecía haberse dado cuenta.
O fingían no hacerlo.
Apoyé el mentón sobre mi mano.
—¿Por qué Haru no se le declara de una vez?
Akira soltó un suspiro.
—Porque tiene miedo.
—¿Miedo?
—A que lo rechace.
Observé nuevamente a Haru.
El rubio estaba diciendo algo que hizo reír a Aoi.
Su sonrisa era tan sincera que incluso yo podía verla desde allí.
Akira continuó.
—También tiene miedo de perder su amistad.
—mmm...
Durante unos segundos permanecí pensativo.
Luego volví a mirar a Aoi.
Era imposible no notar cómo sus ojos brillaban cuando observaba a Haru.
Y la forma en que intentaba ocultarlo.
—Pero si se nota a kilómetros que Aoi también está enamorada de él.
Akira asintió.
—Lo sabemos.
—Todos lo sabemos.
—Menos ellos.
—Exactamente.— dijo Yoru.
No pude evitar reír.
—Si Haru no lo intenta siempre tendrá esa espina clavada en la cabeza.
Akira me observó.
—¿Qué espina?
—La de preguntarse toda la vida qué habría pasado si se hubiera confesado.
Durante unos segundos nadie respondió.
Entonces Yoru habló.
—Tiene sentido.
Ajustó ligeramente sus lentes.
—Cuando vayamos al lago podríamos darles un pequeño empujón.
—¿Empujón? —pregunté.
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—Para que se hagan novios de una vez.
Mis ojos se abrieron.
—¿El callado Yoru proponiendo algo así?
—Estoy cansado de verlos dar vueltas alrededor del mismo asunto.
Akira asintió inmediatamente.
—Me parece excelente.
El problema fue que Akira olvidó un detalle muy importante.
El volumen de su voz.
Su comentario resonó por toda la cocina.
Silencio.
Absoluto silencio.
Nuestros rostros palidecieron.
Lentamente giramos hacia la cocina.
Haru nos estaba mirando.
Aoi también.
Fuimos descubiertos.
—Eh... —murmuré.
—Ups —dijo Akira.
Haru se quedó inmóvil unos segundos.
Luego comenzó a reír.
—¿Nos estaban espiando?
—No —respondimos los tres al mismo tiempo.
La risa de Haru se hizo más fuerte.
Pero Aoi...
Aoi se había puesto completamente roja.
Tan roja que parecía que iba a explotar.
—¡Idiotas!
Tomó una esponja llena de jabón.
Y la lanzó directamente hacia nosotros.
—¡Retirada estratégica! —gritó Akira.
—¡Corran! —añadí.
Los tres salimos disparados de la cocina.
La esponja pasó volando junto a nuestras cabezas.
Yoru incluso tuvo que agacharse para esquivarla.
—Eso fue peligroso —comentó con total seriedad.
—¡Tú fuiste quien sugirió empujarlos! —respondió Akira.
—Pero tú gritaste.
—Buen punto.
Las risas llenaron nuevamente la cabaña.
Detuve mi carrera cerca de las escaleras.
Y grité hacia la cocina.
—¡Cuando terminen de lavar los platos suban a cambiarse! ¡Vamos a ir al lago!
—¡Ya escuchamos! —respondió Haru.
—¡Y dejen de espiar a los demás! —añadió Aoi.
Volvimos a reír.