**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 18
El amanecer en el desierto no trajo paz, sino una claridad despiadada que iluminó cada rincón de mi jaula de oro. Me desperté con los labios todavía hinchados, un recordatorio físico e hiriente del beso destructivo de la noche anterior. Al mirarme en el espejo del tocador, la ausencia del crepé de seda roja —ahora arrugado en una esquina— solo acentuaba la desnudez de mi piel y la frustración que me corroía las entrañas. Zayd me había dejado ardiendo, atrapada en un limbo de deseo insatisfecho y orgullo destrozado. Su estrategia psicológica era impecable: me quería desesperada, consumida por el recuerdo de su boca, para que la sumisión fuera mi única salida.
—No voy a caer —me prometí, apretando los puños mientras me vestía con ropa cómoda pero elegante: un pantalón de lino blanco de talle alto y una blusa de seda color marfil de manga larga. Algo que respetara el decoro del palacio, pero que no fuera la túnica tradicional que él quería imponer de inmediato.
Si Zayd controlaba las finanzas, las leyes y los ejércitos, yo tenía que buscar el poder en las grietas de su armadura. Y en un palacio de esa magnitud, las mejores grietas siempre se encuentran en los secretos que el personal de servicio guarda bajo llave.
A media mañana, decidí explorar el ala este del palacio, el sector destinado a la servidumbre y las cocinas reales, un laberinto de pasillos de mármol menos ostentoso pero impregnado de un olor embriagador a pan recién horneado, cardamomo, azafrán y menta. Mis tacones planos apenas producían sonido, lo que me permitía avanzar como un fantasma entre los arcos.
En una de las estancias secundarias, donde se planchaban los linos y se organizaban los hilos de plata para los bordados reales, encontrá a una mujer joven. Llevaba una túnica sencilla de color gris y el cabello cubierto por un velo oscuro. Sus manos, pequeñas y ágiles, doblaban con una delicadeza casi mística una de las túnicas de seda negra de Zayd. El simple hecho de ver la prenda me provocó un latido eléctrico en el vientre; todavía podía sentir la textura áspera de esos bordados de oro rozando mis pechos desnudos contra la pared.
Me acerqué con cautela, asegurándome de no sobresaltarla.
—Es un trabajo hermoso —dije en voz baja, usando el inglés con la esperanza de que pudiera entenderme.
La joven dio un respingo, dejando caer la tela. Al levantar la vista y reconocer mis facciones, sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y terror reverencial. Intentó arrodillarse de inmediato, pero me adelanté, sosteniéndola suavemente por los hombros para impedirlo.
—No, por favor, no te arrodilles —le pedí, forzando una sonrisa cálida, la misma que usaba en Manhattan para ganarme a los proveedores más difíciles—. No soy una reina todavía. Solo soy Serena. ¿Cómo te llamas?
La chica tragó saliva, mirando nerviosa hacia el pasillo desierto antes de responder con un hilo de voz y un marcado acento.
—Amina, señorita... futura Jequesa —respondió, manteniendo la mirada baja.
—Amina, es un placer. —Me senté en el borde de una de las mesas de madera tallada, adoptando una postura relajada, desprovista de cualquier altivez real. Deslicé mi mano por la seda de la túnica de Zayd que descansaba sobre la mesa. El contacto me quemó los dedos—. El Jeque Zayd... debe de ser un hombre muy estricto con sus pertenencias. Todo en este palacio funciona con una precisión matemática.
—El Emir es un hombre justo, señorita —respondió Amina mecánicamente, usando la respuesta protocolaria que seguramente les grababan a fuego desde el primer día de entrenamiento—. Pero no perdona los errores. El orden es su ley.
—Lo he notado —comenté, dejando escapar un suspiro ensayado, tiñendo mi tono con una sutil pincelada de vulnerabilidad—. A veces... me resulta difícil comprenderlo. En Nueva York parecía un hombre de negocios implacable, pero aquí... aquí es como una fortaleza de hielo. Es imposible saber qué piensa o qué siente. Es como si no tuviera corazón.
Amina continuó doblando los linos, pero notar que sus dedos flaquearon por una fracción de segundo. La carnada estaba echada. Las mujeres que trabajan en palacios tan restrictivos suelen ser observadoras silenciosas de los dramas reales, y la necesidad de compartir esa carga es una debilidad humana universal.
—El Jeque Zayd no siempre fue de hielo, señorita —murmuró Amina, su voz apenas un susurro que se camuflaba con el murmullo de las fuentes exteriores. Volvió a mirar hacia la puerta, el pánico bailando en sus pupilas—. Pero en este palacio... los muros recuerdan el dolor.
—¿El dolor? —me incliné hacia ella, reduciendo la distancia, transmitiéndole una falsa sensación de complicidad femenina—. ¿A qué te refieres, Amina? Puedes confiar en mí. Seré su esposa en una semana; necesito entender al hombre con el que voy a compartir mi vida.
La joven dudó, apretando la seda negra entre sus manos. La tensión en la habitación subió un peldaño. Sabía que estaba arriesgando su puesto, tal vez algo peor, pero la curiosidad y la empatía hacia la "extranjera desvalida" ganaron la batalla.
—Hace cinco años —comenzó Amina, bajando aún más el tono—, el Jeque Zayd iba a casarse. No fue un matrimonio por contrato como este, señorita. Fue... una unión por amor. Ella era una mujer de una de las tribus más nobles del norte, Yasmin. El Jeque la adoraba. Dicen los que estaban aquí entonces que sus ojos brillaban como el sol del mediodía cuando ella entraba en la sala. Él era un hombre cálido, reía, permitía que la música inundara el palacio.
Sentí una punzada extraña, afilada y amarga en el centro de mi pecho. ¿Zayd... enamorado? ¿El mismo hombre que anoche me había acorralado contra el mármol con una lascivia dictatorial y una frialdad corporativa, una vez había sonreído por amor? La idea me revolvió las entrañas de una forma que no quise analizar.
—¿Qué pasó con ella? —pregunté, conteniendo la respiración.
—Traición, señorita —la palabra de Amina sonó como una maldición—. El consejo real descubrió que la familia de Yasmin estaba aliada con un grupo de insurgentes que pretendía derrocar a la dinastía Al-Maktoum. Usaron a Yasmin para entrar al palacio, para obtener los mapas de las rutas de seguridad y los códigos del banco central. Ella... ella le robó al Jeque Zayd en su propia cama. Le entregó la información a sus enemigos, y esa misma noche, hubo un atentado en el palacio que casi le cuesta la vida a la madre del Emir.
Un frío glacial me recorrió la piel, sustituyendo la amargura por una comprensión súbita y pavorosa.
*Una huida muy torpe, mi hermosa ladrona.*
Las palabras de Zayd en la sala de juntas de Nueva York y en el avión privado cobraron un sentido completamente nuevo, oscuro y macabro. Cuando entré en la suite del *The Peninsula*, cuando jugué a ser la mujer rebelde que le robaba una noche de anonimato y luego huía antes del amanecer dejando la cama revuelta, no solo había herido su orgullo de Alfa; había despertado al fantasma de la traición que lo había destruido cinco años atrás. Para él, yo no era solo una prometida respondona; era el eco viviente de la mujer que lo había apuñalado por la espalda en su propio santuario.
—¿Qué le pasó a Yasmin? —mi voz fue un hilo apenas audible.
—El Jeque Zayd la descubrió personalmente —dijo Amina, y un estremecimiento visible sacudió sus hombros—. No hubo juicio público. El Emir ejecutó la ley del desierto en privado. Su familia fue desterrada y despojada de cada moneda, y de Yasmin... nadie volvió a saber nada. Desde esa noche, el Jeque mandó a quitar todos los cerrojos de las habitaciones de sus mujeres. Dijo que ninguna mujer volvería a ocultar nada detrás de una puerta cerrada en su palacio. Se volvió el hombre que es hoy: una tormenta sin piedad que controla cada segundo, cada centavo y cada respiración de quienes lo rodean. Por eso no debe desafiarlo, señorita Serena. Él no ve una esposa en usted; ve una amenaza que debe ser domada antes de que pueda morder.
El silencio que siguió a la revelación de Amina fue sofocante. Las piezas del rompecabezas encajaban con una precisión brutal. La falta de cerrojos en mi lado de la puerta de interconexión, su obsesión por vigilarme los veinte segundos del día, su furia desatada cuando me presenté con el vestido rojo ante su consejo... Todo era una respuesta patológica a un trauma que lo había transformado en un monstruo de control internacional.
Un súbito escalofrío me erizó la piel, pero no fue por la historia de Yasmin. Fue por la presencia que, de repente, bloqueó la luz que entraba por el arco del pasillo.
Amina palideció de golpe, soltando la tela de seda y cayendo de rodillas al suelo de mármol, temblando como una hoja en medio de un vendaval. Sus labios se movieron en una muda súplica de perdón.
Me giré lentamente, sintiendo que el aire de la estancia se congelaba instantáneamente.
En el umbral de la puerta, recortada contra la penumbra del pasillo, se alzaba una figura imponente, envuelta en un abismo de telas oscuras y solemnes. Era una mujer de edad avanzada, pero su postura era tan rígida y aristocrática como la de un monumento de piedra. Su túnica de seda negra tradicional estaba bordada con hilos de plata que formaban motivos geométricos de una severidad aplastante. Su rostro, surcado por las arrugas del tiempo y el sol del desierto, mantenía unas facciones afiladas, idénticas a las de Zayd. Pero lo más aterrador eran sus ojos: dos cuentas de carbón encendido que me miraban con un desprecio tan absoluto, tan visceral, que sentí el impacto físico de su desdén en mi propio pecho.
La tía tradicional de Zayd. La matriarca de la casa Al-Maktoum, la mujer que custodiaba la pureza de la dinastía con el celo de un verdugo.
—Sal de aquí —ordenó la mujer en un inglés perfecto, gélido y cortante, dirigido a Amina sin siquiera dignarse a mirarla.
La joven sirvienta se levantó del suelo y huyó de la habitación como si la mismísima muerte la persiguiera, dejándome a solas con la sombra que acababa de romper mi precaria estrategia.
La anciana dio un paso hacia el interior de la estancia. Sus pisadas no producían el menor ruido, lo que la hacía parecer aún más irreal, un espectro de tradiciones muertas que venía a reclamar mi libertad. Se detuvo a dos metros de mí, recorriéndome de arriba abajo con una mirada que reducía mi pantalón de lino blanco y mi blusa de seda a harapos sin valor.
—Una extranjera —comenzó a decir, y su voz tuvo la cadencia de una sentencia judicial—. Una mujer nacida en el fango de Occidente, la hija de un delincuente financiero que viene a vender su carne para salvar el apellido de su padre. ¿De verdad pensaste que podrías caminar por este palacio y seducir a los sirvientes para obtener secretos, Serena Luna?
Mantuve la espalda recta, negándome a dejarme intimidar por la matriarca, aunque por dentro el suelo parecía moverse bajo mis pies.
—No estaba seduciendo a nadie, señora —respondí, manteniendo un tono de respeto formal pero firme—. Solo intentaba comprender el entorno en el que voy a vivir. Si mi presencia le ofende, sugiero que hable con su sobrino; él es quien me trajo aquí en su avión privado.
La mujer soltó una risa seca, un sonido aristocrático que no albergaba la menor pizca de humor. Dio un paso más, y pude oler el aroma rancio a mirra y aceites antiguos que desprendían sus vestiduras.
—Zayd te trajo aquí porque eres una necesidad biológica y un castigo para su propio orgullo —sentenció la matriarca, y sus ojos de carbón se clavaron en los míos con una intensidad letal—. Eres el cuerpo que ha elegido para parir al heredero de nuestra línea, nada más. Un vientre de alquiler pagado a precio de oro neoyorquino. Pero no te confundas, niña tonta. Una extranjera con el pasado manchado y la sangre impura nunca será digna de llevar la corona de este reino. Nunca serás una Jequesa. Serás la sombra que habita en sus estancias, la mujer que él usará en la oscuridad para saciar la lujuria que tu vestido rojo despertó anoche, pero ante nuestro pueblo y ante Dios, siempre serás el precio de una deuda.
Se inclinó ligeramente hacia mí, y su aliento frío me rozó la mejilla mientras pronunciaba el gancho final con una crueldad milenaria.
—Disfruta de la semana que te queda de libertad, Serena Luna. Porque en cuanto el anillo esté en tu dedo y el contrato se selle con la sangre de tu inocencia perdida, yo misma me encargaré de recordarte, cada segundo de tu miserable existencia en este desierto, que en este palacio no eres más que una intrusa encadenada al capricho de mi sobrino. Y Zayd... Zayd ya sabe muy bien cómo deshacerse de las traidoras.