Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: El consejo del viejo zorro
El carruaje real avanzaba a paso lento por las calles empedradas de la capital, pero dentro de la cabeza de Christopher el ritmo era frenético. Todavía podía sentir el eco de la música del vals y, sobre todo, el roce frío de aquellas palabras malditas que Sophia le había dejado en el oído. *Las Sombras Negras*. Nadie en todo el Imperio, aparte de sus hombres más leales, pronunciaba ese nombre. Y mucho menos una chiquilla aristócrata en mitad de la pista de baile más vigilada de la corte. La paranoia se le había metido debajo de la piel como astillas de hielo. Su fachada de príncipe perfecto y despreocupado se sostenía por un hilo tan delgado que temía que en cualquier momento su mirada delatara al asesino hambriento de sangre que llevaba dentro.
Necesitaba respuestas, o al menos un lugar donde no tuviera que fingir que le importaban las sonrisas hipócritas de los nobles. Por eso, en lugar de regresar a sus aposentos en el Palacio Imperial, ordenó desviar el carruaje hacia la residencia veraniega de la Casa de Kalen.
El Conde Kalen(padre de Alissa) era un anciano de cabellos blancos como la nieve, rostro surcado por arrugas de pura experiencia y unos ojos pequeños que brillaban con una astucia infinita, con una buena salud. Para el resto de la alta sociedad, Kalen era simplemente un conde del sur, un hombre bonachón y retirado de las grandes esferas del poder. La aristocracia de la capital se retorcía de la envidia y el odio cada vez que veían al heredero al trono pasar horas enteras en su propiedad. No lograban concebir cómo un "simple conde provinciano" se había ganado el favoritismo y el afecto ciego del príncipe más codiciado del Imperio. Lo que esos víboras de la corte ignoraban era que, años atrás, por un glorioso azar del destino y un descuido que casi le cuesta la vida, el viejo Kalen había descubierto la identidad secreta de Christopher como líder de las *Black Shadows*. En lugar de chantajearlo o huir aterrado, el viejo se había sentado a tomar vino con él y le había dado un sermón sobre cómo mejorar su guardia izquierda. Desde entonces, Kalen era el único hombre en la corte ante quien Christopher podía soltar las riendas de su monstruo.
Cuando Christopher irrumpió en el invernadero privado del conde, encontró al anciano sentado en una mecedora de mimbre, rodeado de plantas exóticas y fumando plácidamente su pipa de madera, cuál tendría que dejar pero es tan caprichoso que la sigue fumando. El olor a tabaco dulce y hojas secas inundaba el lugar.
—Entrar sin anunciar es de mala educación, muchacho. Incluso si llevas una corona invisible en la cabeza —dijo Kalen sin molestarse en abrir los ojos, balanceándose rítmicamente.
Christopher no respondió. Se despojó de la pesada capa de gala, la arrojó sobre una mesa baja destrozando de paso un pequeño arreglo de flores y comenzó a caminar de un lado a otro como un lobo enjaulado. Sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la empuñadura oculta de su daga.
—Me descubrieron —soltó el príncipe de golpe, con la voz ronca, desprovista de cualquier rastro de humor.
Kalen abrió un ojo, exhalando una densa nube de humo gris que ascendió perezosamente hacia el techo de cristal.
—¿Ah, sí? ¿La guardia imperial finalmente descubrió que te robas las botellas de oporto de la bodega de tu padre? Te dije que el truco de la ventana ya estaba muy visto.
—Hablo en serio, viejo —Christopher se plantó frente a él, cruzándose de brazos y clavándole una mirada azul que habría hecho temblar a un batallón entero—. Alguien sabe lo de las *Black Shadows*. Una mujer.
La mecedora se detuvo. Kalen enderezó la espalda, retirando la pipa de su boca. Durante un segundo, Christopher pensó que el anciano finalmente mostraría la gravedad o la alarma que la situación requería. Pero en lugar de eso, las comisuras de los labios del conde comenzaron a elevarse, y una risita ronca, asmática y profundamente irritante escapó de su garganta.
—¿Una mujer? —Kalen volvió a reír, esta vez con más fuerza, golpeándose la rodilla con la mano libre—. ¡Por los dioses! El gran verdugo del Imperio, el terror de los corruptos, el hombre que duerme con un ojo abierto... ¡acorralado por una señorita! ¡Esto es una delicia!
—¡No es gracioso, Kalen! —siseó Christopher, dándole una patada frustrada a una maceta vacía—. No tienes idea de cómo lo dijo. Estábamos bailando el vals del compromiso. Me acerqué para recordarle quién manda y para asegurarle que la iba a destruir si resultaba ser una espía. Y la muy insolente, sin pestañear, me miró a los ojos y me amenazó con que las sombras terminarían atrapadas en su propio juego. ¡Sabía el nombre exacto de la organización!
Kalen volvió a colocarse la pipa entre los dientes, aspirando con fuerza mientras contemplaba el rostro crispado del príncipe. La diversión en los ojos del viejo era tan grande que Christopher estuvo a punto de desenvainar su espada solo por orgullo.
—¿Y qué hiciste, mi valiente y letal principito? —lo picó el conde, arrastrando las palabras con pura malicia—. ¿Le cortaste la cabeza en mitad de la pista? ¿La arrojaste a las fuentes del palacio?
—Me quedé helado —confesó Christopher entre dientes, el rostro encendido de pura humillación—. Perdí el paso del vals por una milésima de segundo. ¡A mí nadie me toma por sorpresa! Nadie. He investigado su pasado, sus diarios, sus sirvientes. Se supone que es una duquesa común y corriente, un poco malhablada, pero común. Sin embargo, se comporta como si supiera exactamente qué voy a hacer antes de que yo mismo lo decida. No sé si es una bruja, una espía extranjera de primer nivel o un demonio enviado para desquiciarme.
El viejo Kalen soltó otra bocanada de humo, observando el caos mental del joven al que había visto crecer. Con una sonrisa sabia, llena de esa experiencia que solo dan los años de sobrevivir en una corte llena de víboras, el conde volvió a balancearse en su silla.
—Muchacho, eres un genio para la espada, pero un completo idiota para la vida —dijo Kalen, negando con la cabeza—. No es una espía. Si fuera una espía, te habría apuñalado por la espalda en un callejón o habría vendido la información al mejor postor en el mercado negro. El hecho de que te lo haya dicho en la cara, en mitad de un baile, significa una sola cosa: te está desafiando porque no te tiene miedo. Y tú estás paranoico no porque corra peligro tu secreto, sino porque por primera vez en tus veintiséis años de vida arrogante, encontraste a alguien que te devolvió el golpe sin despeinarse.
—Eso no es verdad —replicó Christopher de inmediato, dándole la espalda al anciano para ocultar la tensión de su mandíbula—. La tengo bajo estricta vigilancia. Es mi prometida oficial ahora. Si da un solo paso en falso, si intenta usar esa información contra la corona o contra mis hombres, la eliminaré yo mismo. La tendré tan cerca que terminará suplicando clemencia.
Kalen soltó una carcajada tan fuerte que terminó tosiendo un poco por el humo del tabaco. Se limpió una lágrima de la esquina del ojo, mirando al príncipe con una lástima infinita.
—¡Ay, Christopher! Pobrecito de mi futuro Emperador —lo molestó el viejo zorro, apuntándolo con el cañón de su pipa—. Te crees el cazador, pero ya estás metido en la jaula y tú mismo le echaste llave. Te voy a dar mi mejor consejo, y espero que lo recuerdes cuando estés perdiendo el juicio: esa señorita te va a volver loco, muchacho. Te va a desarmar, te va a quitar el sueño, te va a destrozar todos tus perfectos planes de asesino solitario... y lo peor de todo, lo verdaderamente trágico, es que te va a encantar cada maldito segundo.
—¡Ja! Qué tontería —Christopher se giró bruscamente, recuperando su capa del suelo con un movimiento violento de la mano—. Estás viejo y el tabaco te está secando el cerebro, conde. A mí ninguna mujer me va a dominar, y menos una aristócrata caprichosa que se cree muy lista. Yo controlo las sombras. Yo dicto las reglas del juego.
—Claro, claro. Lo que tú digas, principito —respondió Kalen, volviendo a cerrar los ojos con una sonrisa de absoluta suficiencia—. Ahora vete de mi invernadero, que tus berrinches de adolescente asustan a mis orquídeas. Y cuando dejes de dormir porque solo piensas en sus ojos, no vengas a llorar a mi puerta.
—¡No voy a volver a pensar en ella! —exclamó Christopher, indignado al límite.
Se colocó la capa de un tirón y salió del invernadero a zancadas furiosas, cerrando la puerta de cristal con tanta fuerza que los paneles tintinearon. Mientras caminaba hacia su carruaje bajo la luz de la luna, maldiciendo internamente al viejo Kalen, al Imperio y a la música del vals, Christopher intentó convencerse a sí mismo de que todo estaba bajo control. Sin embargo, muy en el fondo de su pecho, un presentimiento oscuro y extrañamente emocionante le decía que el viejo zorro del sur rara vez se equivocaba. Sophia lo estaba esperando en el tablero de juego, y él ya no podía dar marcha atrás.
.
Bien, acá está el conde. Lo siento por olvidarlo en al novela anterior. Ahora lo veremos seguido