Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 17 ¿Qué hacen aquí?
Lucrecia sonrió, sabiendo que la línea entre el delirio y los sentimientos reales comenzaba a desdibujarse incluso para él. El plan de "cuidar hasta que recuerde" se acababa de complicar exponencialmente.
Los días pasaban en una burbuja surrealista de convalecencia y cuidados. La rutina en el penthouse se había establecido: fisioterapia, comidas, las miradas cada vez más prolongadas, y la presencia tranquilizadora de Lucrecia como cómplice. Pero esa burbuja estaba a punto de estallar.
Una tarde, el timbre de la puerta principal sonó, solemne y estridente. Fabiana, que estaba leyendo en voz alta un informe para distraer a Lucian, se sorprendió. Nadie visitaba sin anunciarse.
Al abrir la puerta, el susto le cortó la respiración. Ahí estaban Ana y Lino, sus padres, con maletas pequeñas y caras de una mezcla de confusión, preocupación y asombro ante la lujosa residencia.
—¡Mamá! ¡Papá! —exclamó Fabiana, sin poder ocultar su shock.
—¿Qué hacen aquí? ¿Cómo supieron…?
—Lucian nos mandó a traer, mija —dijo Lino, con una voz cargada de algo que no era solo gratitud, sino estupefacción.
Fabiana sintió que el mundo daba un vuelco. Se giró para mirar a Lucian, quien, sentado en el amplio sofá, los observaba con una sonrisa satisfecha y tranquila, como un gato que ha resuelto un problema.
—Lucian… ¿cómo? ¿Por qué? —logró balbucear.
Fue entonces cuando Lucrecia, que había aparecido silenciosamente, tomó la palabra. Su expresión era grave.
—Porque había un problema. Un zángano se había colado en vuestra casa —dijo, mirando a los padres de Fabiana.
—Sí. Miguel.
La explicación cayó como una losa. Un subalterno de Lucian —uno de los muchos que él, en su rol de "yerno protector", había puesto discretamente a vigilar a sus "suegros"— había visto todo. Habían visto al sinvergüenza hacerse pasar por un pobrecito desamparado ante Lino y Ana.
Les contó su versión retorcida: que Fabiana lo había echado del departamento que ella pagaba (verdad), que al retirar su nombre del contrato él se había quedado sin techo (consecuencia de su parasitismo), y que su nueva novia (la ex colega) lo había abandonado a su suerte con las facturas impagas (poética justicia).
Pero la bajeza no terminaba ahí. Al ver a Lino y a Ana —débiles, de buen corazón, indefensos—, Miguel había hecho la jugada maestra: se había "acomodado" en el cuarto de Fabiana, instalándose como un huésped no invitado, con la excusa de "esperar a que ella regrese para conversar y volver". Una trampa emocional y logística.
—No podíamos dejar que se aprovechara de ellos, Fabi —dijo Lucian, con una calma que era más aterradora que un grito. Su voz no tenía rastro del delirio cariñoso; era la voz fría y decisiva del estratega que era.
—Son mi familia también. Así que los traje aquí, donde estarán seguros. Y donde ese individuo no podrá molestarlos.
Fabiana miró a sus padres, que asentían, aún pálidos por el susto y la inmersión forzada en este mundo de lujos y conflictos de altos vuelos. Luego miró a Lucian, cuyo gesto protector era tan genuino como peligroso. Él no solo creía en su ficción; actuaba en consecuencia, con todos los recursos a su disposición. Y acababa de rescatar a sus padres de las garras de Miguel.
Un cóctel de emociones la inundó: alivio infinito, gratitud profunda, pánico por lo que Lucian podría hacer después… y una rabia ardiente y renovada hacia Miguel. El pasado tóxico había irrumpido en su presente delirante, y solo porque el hombre sentado en el sofá, en su confusión, había decidido jugar a ser el héroe.
—Preciosa —dijo Lucian con una tranquilidad que era como la calma antes de una tormenta—, lleva a tus padres al dormitorio de huéspedes. Se quedarán unos días. Yo me encargo de todo.
Dicho esto, tomó su chaqueta del perchero con un gesto decidido, recuperando la fluidez de movimientos de un CEO, no de un convaleciente.
Fabiana se sobresaltó, un nuevo pánico reemplazando al anterior.
—¿Dónde vas? ¡No puedes salir! ¡No estás para conducir! —protestó, corriendo hacia él.
Pero era demasiado tarde. Al abrir la puerta principal, ahí estaba el despliegue. Ernesto, el chofer, ya esperaba junto al auto con las puertas abiertas. Flanqueándolo, sus dos guardaespaldas habituales, impasibles. Y entre ellos, recuperado, con una cicatriz aún fresca en la sien, pero de pie y con una sonrisa de lobo, estaba Jasen, su guardaespaldas principal, su mano derecha.