Novela+18
La graduación debía ser el inicio de una nueva etapa.
Para despedirse antes de tomar caminos distintos, Rei y sus amigos viajan a una cabaña aislada en medio de un bosque. Pero una violenta tormenta de nieve los deja atrapados, incomunicados y lejos de cualquier ayuda.
Rei, un joven que ha aprendido a vivir con la ceguera de su ojo derecho, pronto comienza a notar que algo no encaja en aquel lugar.
Extraños sucesos se acumulan, la tensión crece y la desconfianza empieza a dividir al grupo.
El miedo se apodera de la cabaña.
Y lo que comenzó como un viaje entre amigos pronto se transformará en una pesadilla de la que tal vez no todos regresen con vida.
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CAPÍTULO 2 — YENDO A LA CABAÑA
La enorme camioneta blanca se detuvo frente al pequeño edificio de departamentos donde vivía Rei. El rugido grave del motor resonó por toda la calle, haciendo vibrar ligeramente las ventanas de los negocios cercanos.
Desde el segundo piso, Rei se asomó por la ventana con una sonrisa que apareció casi de inmediato en su rostro.
—Ya llegaron.
Tomó su mochila, revisó por última vez que no olvidara nada y salió apresuradamente del departamento. Bajó las escaleras casi corriendo, incapaz de ocultar la emoción que sentía.
Aquellas serían sus primeras vacaciones en mucho tiempo.
Al llegar al estacionamiento encontró la enorme camioneta esperándolo.
Haru ocupaba el asiento del conductor, relajado y orgulloso, como si estuviera manejando un vehículo de lujo recién salido de una exhibición. Yoru, sentado a su lado, revisaba algo en su teléfono con expresión cansada.
Rei observó la batea trasera y arqueó las cejas.
Estaba repleta de cajas, hieleras, bolsas y provisiones de todo tipo.
—Sí que se compró mucho...
La ventanilla trasera descendió.
—¡Rápido, Rei! ¡Sube! —exclamó Aoi.
—¡Antes de que Haru decida arrancar sin ti! —añadió Akira.
—Lo estaba considerando —respondió Haru con total naturalidad.
—Qué considerados son mis amigos...
Las carcajadas llenaron el interior de la camioneta.
Rei subió en la parte trasera junto a Aoi y Akira. El vehículo arrancó poco después, alejándose lentamente de la ciudad.
......................
Durante un largo rato el viaje transcurrió entre conversaciones triviales, bromas y planes para los próximos días.
Poco a poco los edificios desaparecieron.
Las avenidas se transformaron en carreteras.
Y las carreteras terminaron convirtiéndose en estrechos caminos rodeados de bosques.
El sol estaba en su punto cuando Yoru habló por primera vez en bastante tiempo.
—Haru... creo que debería manejar yo.
—Ni loco.
—No sabes exactamente cómo llegar.
—Tú te estás cayendo de cansancio. Si te doy el volante seguro terminamos estampados contra un árbol.
—Por primera vez estoy de acuerdo con Haru —comentó Akira.
—No quiero estrellarme —añadió Aoi.
Yoru dejó escapar un suspiro resignado.
—Solo sigue recto cuando lleguemos al siguiente desvío.
—Entendido.
Durante varios minutos continuó explicando referencias, rutas y caminos secundarios. Finalmente pareció convencerse de que Haru había comprendido las instrucciones.
Apoyó la cabeza contra la ventanilla.
Sus párpados comenzaron a cerrarse lentamente.
Y poco después se quedó profundamente dormido.
......................
Más de una hora transcurrió sin incidentes.
El paisaje fue cambiando poco a poco.
La carretera parecía cada vez más abandonada.
Los árboles crecían más juntos.
Más altos.
Más densos.
Era como si el bosque se estuviera tragando lentamente el mundo exterior.
Rei observaba por la ventana.
No había casas.
No había automóviles.
Ni siquiera postes eléctricos.
Solo una interminable extensión de árboles oscuros.
Fue entonces cuando notó algo extraño.
Haru sujetaba el volante con una expresión incómoda.
Demasiado incómoda.
—¿Haru?
—¿Qué pasa?
—Nada.
Hubo una breve pausa.
—Creo.
Rei frunció el ceño.
—¿Qué significa "creo"?
Haru tragó saliva.
—Creo que me perdí.
El silencio que siguió fue absoluto.
—¿Qué? —preguntó Akira.
—¿QUÉ? —repitió Aoi, mucho más fuerte.
—No entren en pánico.
—¡TÚ DEBERÍAS ENTRAR EN PÁNICO! —exclamó Akira.
Rei se inclinó hacia adelante y sacudió suavemente el hombro de Yoru.
—Yoru.
No obtuvo respuesta.
—Yoru.
Nada.
—Yoru, despierta.
El joven abrió lentamente los ojos.
—¿Qué ocurre?
Haru sonrió nerviosamente.
—Hermano...
—¿Sí?
—Me perdí.
Yoru permaneció inmóvil durante varios segundos.
Luego cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Los volvió a abrir.
—Cambiemos de asiento.
Minutos después la camioneta permanecía detenida a un lado del camino mientras todos intercambiaban lugares.
Las protestas no tardaron en aparecer.
—Increíble.
—Ni siquiera hemos llegado —se quejó Aoi.
—Fue un pequeño error.
—¡Nos perdiste en una montaña! —replicó Akira.
Yoru observó el camino.
Después observó el bosque.
Finalmente revisó el GPS.
Sin señal.
Volvió la mirada hacia Haru.
—Maldito, tonto.
—Lo siento.
—¿Dónde demonios te fuiste a perder?
—No lo sé.
—Eso lo hace peor.
Aoi no pudo evitar reír.
Yoru ocupó el asiento del conductor.
—Aoi, ve de copiloto —dijo Haru.
—¿Por qué?
—Porque si me siento ahí estoy seguro de que Yoru me golpeará.
—Vaya, ¿me estás leyendo la mente? —confirmó Yoru.
—No gracias.
—Yo tampoco —añadió Akira.
—Traidores.
Rei soltó una carcajada.
—Ya deja esa cara de perrito regañado.
—Yo te cambio.
—Gracias.
......................
Con Yoru al volante finalmente encontraron la ruta correcta.
El camino se volvió cada vez más estrecho.
Los árboles parecían inclinarse sobre la carretera.
Como si intentaran cerrar el paso.
La luz del sol desaparecía con rapidez.
Las sombras crecían.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo seco sacudió la camioneta.
¡BOOOM!
El vehículo vibró violentamente.
—¡¿Qué fue eso?! —gritó Aoi.
—¡¿Qué pasó?! —preguntó Akira.
Yoru frenó de inmediato.
La camioneta se inclinó ligeramente hacia un lado.
El silencio volvió a instalarse.
Haru fue el primero en hablar.
—No me digan...
Yoru descendió del vehículo.
Regresó pocos segundos después.
—El neumático trasero izquierdo se ponchó.
—Genial —murmuró Akira.
Rei observó el bosque.
El viento agitaba lentamente las copas de los árboles.
Nada más.
Ni aves.
Ni insectos.
Ni animales.
Solo viento.
—¿Y ahora qué vamos a hacer?
Aoi sacó su teléfono.
—¿Alguien sabe cambiar un neumático?
Nadie respondió.
Entonces Akira levantó la mano.
—Yo vi un TikTuul sobre eso.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
—Estamos condenados —sentenció Rei.
Aoi revisó nuevamente su celular.
Su expresión cambió.
—No tengo señal.
Los demás hicieron lo mismo.
Nada.
Ni una sola barra.
Una sensación desagradable se instaló en el estómago de Rei.
Diablos...
Aún no llegamos y ya estamos varados.
Miró el bosque.
Las sombras parecían más profundas ahora.
Más frías.
Más inquietantes.
Ojalá pase alguien...
Entonces una idea se le vino a la mente.
—Oye, Yoru.
—¿Sí?
—¿Por aquí vive alguien?
—No.
—¿Nadie?
—Toda esta montaña pertenece a mi familia.
El rostro de Aoi perdió algo de color.
—Estamos perdidos.
—Aoi, tranquilízate.—dijo Haru.
—¿Cómo quieres que me tranquilice?
Y entonces ocurrió.
A lo lejos aparecieron dos luces.
Dos puntos blancos atravesando la oscuridad creciente del bosque.
Una camioneta negra.
Avanzaba lentamente por el camino.
Con los vidrios completamente polarizados.
Como una sombra emergiendo de entre los árboles.
—¡Hay alguien!
Rei descendió inmediatamente del vehículo.
—¡Rei, espera! —exclamó Yoru.
Pero ya era tarde.
La camioneta negra se detuvo.
El motor se apagó.
La puerta se abrió.
Y de ella descendió un hombre.
Era enorme.
Mucho más alto que cualquiera de ellos.
Tenía hombros anchos, barba descuidada y un aspecto áspero, casi salvaje.
Lo que hizo que Rei sintiera un escalofrío fueron las manchas rojizas que cubrían parte de su rostro.
Parecían sangre.
—Buenas tardes, señor. ¿Podría ayudarnos? Se nos ponchó un neumático.
El desconocido no respondió.
Simplemente lo observó.
Durante demasiado tiempo.
Sus ojos recorrieron el rostro de Rei con una intensidad que lo hizo sentirse incómodo.
Entonces el hombre le sujetó el mentón.
Rei quedó inmóvil.
Aquellos ojos oscuros parecían examinarlo como si fuera algo delicioso.
—Qué lindo Omeguita.
La sonrisa que apareció en su rostro fue perturbadora.
No había calidez en ella.
Ni amabilidad.
Solo algo extraño.