La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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— Yo solo, estoy diciendo que había una mujer parecida a ti, obviamente no eras tú.— dijo Sebastián mirándola con desprecio de arriba abajo.
El silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue tan denso que Anna sintió que las paredes del comedor se cerraban sobre ella. La mirada de desprecio de Sebastián era como un cuchillo; ya no quedaba ni rastro de la fascinación que había visto en sus ojos verdes bajo las luces del club. Ahora solo había frialdad, Pero ella no podía ser descubierta delante de nadie o sería peor para ella.
—Claro que no era ella —intervino la madre de Anna, forzando una risa nerviosa—. Mi hija estaba terminando de empacar sus cosas en el internado el día de ayer. No digas tonterías, Sebastián.
Lorenzo soltó la mano de Anna y miró a su hermano con sospecha.
—Estás viendo fantasmas en todas partes, Sebastián. Deja de molestarla.
Anna no dijo nada. Mantuvo la vista fija en su plato, sintiendo cómo una lágrima rebelde amenazaba con caer. Quería gritarle que ella tampoco sabía quién era él, que el beso había sido real porque pensaba que nunca más lo vería. Pero si hablaba, lo perdía todo y su madre la mandaría a vivir con su abuelo.
—Tienes razón, Lorenzo —dijo Sebastián, poniéndose de pie y dejando la servilleta sobre la mesa con un gesto brusco—. Es imposible que esta "santa" sea la misma mujer. Mi error, solo necesito descansar la noche de ayer estuvo pesada.
Sebastián salió del comedor sin mirar atrás. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba apagar el incendio que sentía en el pecho. Al llegar al gran pasillo, se detuvo y golpeó la pared con el puño. Se sentía un estúpido. Él, el gran conquistador, había caído ante la actuación de una niña de diecinueve años que resultó ser la prometida de su hermano, se sentía como un idiota.
— Disculpen a mi hijo, el tuvo que ser obligado a venir aquí y por eso está un poco irritado, ya que el junto con Lorenzo ya están al frente de todos los negocios familiares y eso les causa estrés.— dijo Maximo el padre de Sebastián y Lorenzo, tratando de justificar la actitud de Sebastián en la mesa.
— No se preocupe don Maximo, entiendo que Sebastián esté irritado y más ahora que su hermano se va a casar con mi hermosa hija.- dijo lucrecia madre de anna
La tarde continúo, Lorenzo no dejaba de mirar a Anna, pues ella poseía una belleza inigualable sus ojos azules su piel pálida, las curvas en su cuerpo bajo el vestido holgado y largo, esa voz nerviosa y tímida la hacían ver como el sueño de cualquier hombre.
La cena terminó con un brindis que para Anna supo a hiel. Lucrecia, Romina y Máximo se retiraron al despacho para discutir los términos finales de la dote, dejando a los "novios" a solas en la terraza.
Lorenzo se acercó a Anna, envolviendo su cintura con un brazo firme. Ella se tensó, el aroma de Lorenzo no era el de Sebastián; este olía a un perfume caro y frío, no a la madera y adrenalina que la había embriagado la noche anterior.
—Estás muy callada, Anna —susurró Lorenzo cerca de su oído—. Sé que esto es nuevo para ti, pero te aseguro que conmigo no te faltará nada. Solo necesito que seas la esposa perfecta.
Anna forzó una sonrisa, sintiendo una náusea creciente.
— Lorenzo, perdón Pero todo esto fue una sorpresa para mí, la boda, yo ni siquiera te conozco y la verdad yo no me quiero casar— dijo Anna alejándose de él.
Lorenzo se quedó inmóvil por un segundo, sorprendido por el rechazo. Su sonrisa no desapareció, pero se volvió algo más fría, más calculadora. Dio un paso hacia ella, ignorando el espacio que Anna había intentado crear.
—¿Que no te quieres casar? —repitió él con una suavidad que ponía los pelos de punta—. Anna, querida, la libertad es un concepto muy romántico, pero poco práctico. Acepto que estés asustada, el internado no te preparó para el mundo real, pero no acepto que me rechaces.
Él estiró la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Anna retrocedió hasta que su espalda chocó con la barandilla de piedra de la terraza.
—Mañana mismo iremos a elegir el anillo —continuó Lorenzo, como si ella no hubiera hablado—. Te acostumbrarás a mí, Anna. Todos lo hacen.
— Acaso no me escuchaste Lorenzo, no me quiero casar, así que no te ilusiones por qué hablaré con mi mamá.— dijo Anna, alejándose de él.