El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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22. MADRE E HIJA.
El silencio que dejó Emiliano después de decirle "Game over, padre" a don Ricardo era más violento que un grito.
Me temblaban las manos. No por la amenaza de don Ricardo en el altavoz. No por llamarme "hija de una rata".
Sino por la sonrisa de Emiliano. Esa sonrisa helada que me prometía guerra.
Se giró hacia mí, lento. El teléfono aún en su mano. Y entonces, su pantalla se iluminó.
Un video. Anónimo.
Sin decir palabra, le dio play y puso el altavoz.
Y el mundo se me vino abajo.
“Hola, mija”, su voz. Dios. La voz de Lucía después de meses. Escuchando esa voz solo en pesadillas donde la llamo y nunca contesta.
Pero esta vez contestó.
“Sé que me odias. Y tienes razón. Fui una cobarde. Pero te juro que todo lo hice por ti. Don Ricardo... él me encontró. Me dijo que si no me iba, te iba a cobrar la deuda a ti. Con intereses. Con tu cuerpo. Me dijo que eras... muy bonita para el casino. Así que me fui. Pedí prestado para pagarle, para ganar tiempo. Fallé. Y ahora... ahora me tiene. Pero tenía que verte. Aunque sea así. Perdóname.”
El video se cortó.
4 meses. Enteros, creyendo que mi mamá me abandonó por egoísta, por mala. Y resulta que se fue para que don Ricardo no me vendiera a mí.
Me doblé en dos. El aire no entraba.
Emiliano estaba pálido. Su mandíbula tan tensa que podría romper diamantes. Pero cuando se arrodilló frente a mí, su voz fue suave. La misma que usó en París cuando me dijo que me amaba.
“Escúchame, Esmeralda. Escúchame bien.”
Negué con la cabeza. No podía.
“Sí puedes”, me ordenó. Me ordenó como solo él sabe: como si yo fuera lo único real en su mundo. “Mi padre la usó contra ti. Usó tu vida, tu abandono, tu dolor... como si fueras una pieza en su puto tablero. Acabas de oírlo.”
Las lágrimas me quemaban. “Él no...”
“Él sí.” Me cortó, pero luego suavizó cada palabra. “Y tú dijiste que no a 10 millones por mí. En esa entrevista. Delante del mundo entero. Dijiste que no me vendías.”
Tragué saliva.
“Lo mínimo que puedo hacer”, susurró, pegando su frente a la mía, “es mover cielo y tierra por toda la vida que te robaron. Por cada día que pasaste sola. Por cada noche que tu mamá lloró. Por ti.”
Cerré los ojos. Su aroma a cedro y tormenta me envolvió.
Tocaron la puerta. Su jefe de seguridad. “¿Señor? Tenemos la ubicación. Motel en la carretera a Tijuana. 10 hombres listos. Helicóptero en 5 minutos.”
Emiliano no me soltó. Me miró como si estuviera memorizando mi cara por si no volvíamos.
“¿Vienes conmigo?”, preguntó. No era una orden. Era una súplica. La primera que le escuchaba en cuatro meses de matrimonio.
Cuatro meses. Solo cuatro meses desde que firmé mi sentencia en esa oficina... y ahora quemaría el mundo por él.
Por nosotras.
Me puse de pie. Las piernas me temblaban, pero mi voz no.
“Sí”, dije. “Vamos por mi mamá. Y cuando acabemos... vamos por don Ricardo.”
Emiliano sonrió. Era una sonrisa que no le había visto nunca. No era fría. No era arrogante. Era... orgullo.
Era la sonrisa de un hombre que acababa de entender que su esposa no es una rosa que se marchita.
Es una rosa con espinas.
Y hoy, la familia de la Rosa va a sangrar.