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PECADO EN EL DESIERTO ATADA AL JEQUE

PECADO EN EL DESIERTO ATADA AL JEQUE

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Malentendidos / Matrimonio arreglado
Popularitas:11.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.

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capitulo 14

El silencio que siguió al cierre de la pesada puerta doble de madera tallada fue denso, pesado, casi tangible. Me quedé de pie en el centro de mi fastuosa habitación, con el eco de las palabras de Zayd flotando en el aire como una promesa maldita.

*«Esta puerta no tiene cerrojo de tu lado porque en este palacio tú no tienes permitido cerrarme el paso».*

Sentí un escalofrío violento recorrer mi columna, pero inmediatamente después, una oleada de furia ciega sustituyó al temor. ¿Pensaba que iba a quedarme cruzada de brazos esperando a que decidiera cruzar cuando le viniera en gana? ¿Creía que los trescientos millones de dólares le daban el derecho de invadir mi espacio como un ladrón en la noche? Si pensaba que Nueva York me había ablandado, estaba muy equivocado.

Me giré hacia la puerta de interconexión con los ojos entornados y la mandíbula apretada. Examiné la lisa superficie de madera de sándalo de mi lado. Nada. Ni un pestillo, ni una ranura para una llave, absolutamente nada. Era una burla arquitectónica diseñada específicamente para recordarme mi vulnerabilidad.

—Pues no te lo voy a poner fácil, Jeque de pacotilla —siseé entre dientes.

Miré a mi alrededor buscando opciones. Mis ojos se posaron en una pesada cómoda de madera de nogal tallada con incrustaciones de nácar que descansaba a unos metros de la pared divisoria. Era un mueble macizo, de aspecto antiguo, que seguramente requería el esfuerzo de tres sirvientes para ser trasladado. Pero la adrenalina y la rabia que corrían por mis venas me dotaron de una fuerza que no sabía que poseía.

Me quité los zapatos de tacón alto, arrojándolos sin mirar sobre la alfombra de seda, y me acerqué a la cómoda. Apoyé la espalda contra el lateral del mueble, planté los pies firmemente en el suelo de mármol y empujé con todas mis fuerzas.

Un gemido de frustración escapó de mis labios cuando la madera crujió contra el suelo, moviéndose apenas unos centímetros. Mis músculos protestaron bajo la tela de la falda lápiz de mi traje azul marino, que se tensaba peligrosamente contra mis muslos. El calor del desierto, que se filtraba a través de los arcos del balcón, comenzó a hacer que pequeñas gotas de sudor resbalaran por mi cuello y se deslizaran por el escote de mi blusa, humedeciendo la seda.

Volví a empujar, esta vez con el hombro, utilizando todo el peso de mi cuerpo. Centímetro a centímetro, con un chirrido agudo que arañó el silencio de la estancia, logré arrastrar la cómoda hasta posicionarla justo en el centro de la puerta doble. No bastaba para bloquearla por completo, pero cualquiera que intentara abrirla desde el otro lado se encontraría con una barrera sólida que requeriría un impacto violento para ceder.

Me aparté del mueble, jadeando, con el cabello oscuro completamente desordenado y el pecho elevándose con fuerza bajo la blusa. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano y miré mi obra con un destello de triunfo en los ojos. Era una barrera patética en comparación con su poder financiero internacional, pero era *mi* declaración de resistencia.

Decidida a ignorar la opulencia asfixiante de la jaula de oro, me dirigí al lujoso cuarto de baño contiguo. Necesitaba despojarme de la ropa de viaje, del olor a queroseno del avión y, sobre todo, del aroma de Zayd que parecía haberse adherido a mi piel como un tatuaje invisible.

El baño era otro monumento al exceso: una bañera excavada directamente en el mármol negro, grifos de oro y aceites esenciales de rosa y jazmín dispuestos en frascos de cristal. Me desvestí con movimientos rápidos, dejando caer el traje azul marino al suelo. Al mirarme en el inmenso espejo, no pude evitar detenerme en la pequeña marca rojiza que aún empañaba la base de mi cuello. La marca que Zayd me había dejado en la suite del *The Peninsula* con sus dientes, un reclamo carnal que todavía hacía que mi vientre bajo vibrara con una pulsación eléctrica y traicionera.

—Olvídate de él, Serena —me ordené a mí misma, abriendo el grifo del agua helada.

Me sumergí en el agua, dejando que el frío apagara el fuego interno que su cercanía siempre provocaba. Pasé casi una hora intentando borrar cada rastro de la jornada, frotando mi piel hasta que quedó sonrosada. Cuando salí, me envolví en una de las pocas prendas que había metido en mi equipaje de mano: una bata corta de satén negro, que apenas me cubría hasta la mitad de los muslos y que se ceñía a mi cintura con un lazo fino. Era ligera, casi etérea, el único recordatorio de mi identidad neoyorquina en este palacio de las mil y una noches.

Regresé a la habitación principal. La noche ya había caído por completo sobre el desierto, y a través del balcón se contemplaba un cielo negro salpicado de estrellas de una intensidad que nunca había visto en Manhattan. El aire se había vuelto fresco, una brisa suave que agitaba las cortinas de gasa transparente.

Me acerqué a la cama de postes, dispuesta a meterme entre las sábanas de seda azul profundo y pretender que todo esto era una pesadilla. Pero antes de que pudiera siquiera tocar la manta, un sonido metálico, nítido y afilado, congeló mis movimientos.

*Click.*

Mis ojos se clavaron de inmediato en la puerta de interconexión.

Vino desde el otro lado. El sonido de un mecanismo perfectamente engrasado al deslizarse. No fue un empujón tosco, ni un intento de forzar la madera. Fue el giro limpio y deliberado de una llave maestra introducida en una cerradura oculta que, obviamente, solo existía del lado de las estancias de Zayd.

La pesada puerta doble comenzó a abrirse hacia el interior de mi habitación. La madera chocó de inmediato contra la parte trasera de la cómoda de nogal que yo había colocado con tanto esfuerzo. Hubo una pausa de dos segundos. Un silencioexpectante en el que contuve el aliento, con el corazón latiendo con tanta fuerza que temí que saltara de mi pecho.

Entonces, se produjo un empuje continuo, una demostración de fuerza física tan fluida y descomunal que me dejó sin aire.

La cómoda de nogal, con sus incrustaciones de nácar y sus cientos de kilos de peso, comenzó a deslizarse sobre el mármol pulido como si fuera un trozo de cartón. El chirrido de las patas del mueble contra el suelo fue un lamento que rompió la noche. La puerta se abrió de par en par, apartando mi patética barricada con una facilidad insultante.

En el umbral, recortado por la tenue iluminación de sus propias estancias, apareció Zayd.

Heredó la escena como un monarca que inspecciona una rebelión de juguete. Ya no llevaba la túnica blanca del desierto. Vestía únicamente unos pantalones de lino negro sueltos, de talle bajo, que se asentaban peligrosamente sobre sus huesos de la cadera. Estaba completamente descalzo y su torso estaba al descubierto.

La vista de su anatomía me obligó a tragar saliva, encendiendo un reguero de pólvora directo a mi entrepierna. Su pecho era ancho, esculpido con músculos firmes cubiertos por una sutil capa de vello oscuro que descendía en una línea vertical perfecta hacia el interior de sus pantalones. En sus hombros y en sus brazos fuertes se dibujaban las venas tensas, testimonio de la fuerza que acababa de emplear para destrozar mi defensa. En su mano derecha, sostenía una llave de plata de diseño antiguo.

Zayd miró la cómoda desplazada, luego miró mis pies descalzos y, finalmente, subió sus ojos ámbar hasta mi rostro. Sus iris brillaban con una luz maliciosa, una mezcla de diversión y una peligrosa superioridad que me hizo dar un paso atrás de manera instintiva.

—¿Una cómoda, Serena? —preguntó, y su voz de barítono profundo, ruda y rasposa, acarició las paredes de la habitación con una cadencia perezosa—. ¿De verdad pensaste que un trozo de madera decorativa iba a mantener al Emir fuera de su propio territorio?

Apreté los bordes de mi bata de satén negro contra mi pecho, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la fina tela, delatando mi agitación ante su abrumadora desnudez masculina.

—Esta es *mi* habitación, Zayd —respondí, forzando a mi voz a mantener un tono de dignidad que flaqueaba ante su cercanía—. Me dijiste que respetara la privacidad. Me prometiste que tendría mi espacio. Entrar aquí usando una llave secreta y empujando los muebles es una violación de cualquier acuerdo que hayamos firmado.

Zayd dio un paso hacia adelante, entrando por completo en mi espacio vital. El olor de su piel —ese aroma a maderas caras, tabaco dulce y el calor limpio del desierto— inundó mis fosas nasivas, borrando instantáneamente el aroma a rosas de mi baño.

—Yo no he violado ningún acuerdo, nena —dijo, cerrando la puerta doble a su espalda con un golpe seco de su talón, aunque esta vez no volvió a echarle la llave. Caminó hacia mí con la elegancia felina de un depredador que sabe que su presa está acorralada—. Te prometí un espacio de lujo, y te lo he dado. Pero nunca prometí que este espacio estaría vedado para mí. Te lo advertí en el avión: en este palacio, las reglas las dicto yo. Y colocar barricadas contra tu futuro esposo... se considera un acto de insubordinación.

—No eres mi esposo —siseé, retrocediendo un paso más, pero mis muslos chocaron contra el borde de la inmensa cama de postes. Me había quedado sin espacio para huir. Estaba atrapada entre la seda de la cama y el muro de sus músculos.

—Lo seré en una semana —sentenció Zayd, deteniéndose justo frente a mí.

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Milcaris
La odiastes pero te fuiste con él y disfrutastes 🥰🤭
Milcaris
Nació en bebé 🍼😍
Milcaris
Yo pensando que ni lo iban a extrañar. Que tuviera un feliz viaje en su descanso 🤭🤭
Milcaris
Que piensen en el bebé y nada más 🥰
PATUBELA
DESPIERTA BELLO DURMIENTE, TU CHICA SE ESCAPA 🫣
PATUBELA
No me digan que otra vez van a parar en segunda base 🤦🏻‍♀️😒
PATUBELA
No es el momento para locuras
PATUBELA
Recapacita Serena, vas a perjudicar a Zayd, y si él pierde su poder no podrá ayudar a tu papá. piensa mejor las cosas
PATUBELA
me preocupa que con su escape, Serena deje mal parado a Zayd y pierda su derecho al trono🤦🏻‍♀️
PATUBELA
ojalá Serena lo comprenda 🙄
PATUBELA
Es demasiado riesgoso...si la secuestran?🫣
PATUBELA
No te aflijas, deja que Zayd haga su trabajo y espera que te de una explicación
PATUBELA
Amiga, mejor ve a buscar marido a otra parte, aquí el título de jequesa no está vacante. OOPS!!🤭
PATUBELA
y la pobre Serena oliendo a lomo de camello 🤦🏻‍♀️que desastre!!🙄
PATUBELA
y usted no se metaque nadie le está pidiendo su opinión ni consejo, limítese a sus labores de ama de llaves, que su sobrino está grandecito para decidir con quien mezcla su sangre. TIRANOSAURIA ASQUEROSA!! 😤
Lacarvel
Se sintió tan corta 🫠 y tan hermosa, gracias por esta historia tannn lindaaaa.
PATUBELA
Serena tienes que atacar con todo y atrapar a ese Princeso...no se lo vas a dejar fácil a la bruja ofrecida 😤
PATUBELA
exótica tu abuela 😤😤 bruja igualada!!
Lacarvel
El amor gana y florece 🥰🥰🥰🥰🥰 desde que sten unidos como familia todo lo otro se combate
Yura Ran
🥰👌 gracias
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