Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 13. SOMBRAS EN EL PASILLO.
La semana comenzó con una energía desbordante en el departamento creativo. El ambiente se sentía ligero y lleno de inspiración. Sebastián y yo habíamos decidido mantener nuestra relación bajo absoluta discreción dentro de las paredes de la empresa para evitar chismes malintencionados. Sin embargo, cuando estábamos a puerta cerrada en su despacho maquetando los primeros artes para Sailing Dreams, la formalidad se desvanecía. Compartíamos caricias rápidas mientras revisábamos la paleta de colores, y sus labios buscaban los míos en besos robados que me dejaban sin aliento y con el corazón latiendo a mil por hora. Éramos inmensamente felices y estábamos profundamente enamorados.
—Esta tipografía me parece perfecta para el formato familiar, preciosa —me decía Sebastián una tarde, señalando la pantalla del ordenador. Estaba sentado en su gran sillón de piel y me había tomado de la cintura para sentarme en su regazo de forma juguetona.
—A mí también me encanta, jefe —le respondí con una sonrisa pícara, enredando mis dedos en su cabello castaño—. Pero si entra alguien y nos ve así, tu reputación de CEO implacable se va a ir directo al suelo.
—No me importa —confesó con voz ronca, depositando un tierno beso en mi cuello que me hizo soltar un leve suspiro—. Por ti soy capaz de arriesgarlo todo. Eres mi mayor inspiración, Sofía.
Lamentablemente, esa burbuja de complicidad y romance perfecto se sentía constantemente amenazada por una presencia incómoda. No importaba si iba al área de fotocopiadoras, si bajaba a la cafetería por un té o si salía al pasillo a discutir los bocetos con Carla; cada vez que me giraba, me encontraba con los ojos fríos y analíticos de Tom observándome desde la distancia.
El director de contabilidad se había convertido en una sombra pegada a mis talones. Su comportamiento en los últimos días se había vuelto sumamente extraño y controlador. Usaba cualquier excusa absurda, como la revisión de un céntimo en el presupuesto de las cartulinas o la verificación de las facturas de la imprenta, para pasearse de forma continua por el área creativa. Se quedaba de pie cerca de mi cubículo, fingiendo revisar unos papeles en su tableta, pero con la mirada fija en mis movimientos y, sobre todo, en las veces que Sebastián bajaba a visitarme.
—Jefa, ¿no notas a Tom un poco paranoico últimamente? —me susurró Carla una mañana, mientras revisábamos los diseños finales del formato de retiro individual—. Ayer por la tarde se quedó parado detrás de la columna de la entrada casi veinte minutos, mirando hacia tu oficina. Me dio una vibra muy extraña, como si estuviera vigilándonos.
Intenté disimular el nudo que se formó en mi estómago y le resté importancia con una sonrisa forzada.
—Seguro está estresado por los cierres de mes, Carla. Ya sabes cómo se pone con los números. No te preocupes.
Pero la verdad era que yo sí estaba preocupada. Al mediodía, salí de mi despacho con una carpeta de bocetos para llevársela a Sebastián a la planta presidencial. En cuanto crucé el umbral de la puerta, me topé de frente con Tom, quien parecía estar esperándome en el pasillo, sosteniendo una taza de café que ya se había enfriado.
—Vaya, Sofía. Qué prisa llevas —dijo Tom, interponiéndose sutilmente en mi camino con una sonrisa rígida que me dio escalofríos—. ¿Otra reunión de urgencia con el gran jefe Lombardi? Veo que últimamente pasas más tiempo en el último piso que en tu propio departamento.
—Tengo que entregarle los artes finales para la revisión antes de subirlos al servidor compartido, Tom —respondí, intentando mantener la voz calmada y profesional—. Es parte del protocolo de Sailing Dreams. Si me disculpas, se me hace tarde.
—Claro, el protocolo... —repitió él con un tono de voz arrastrado e irónico que destilaba resentimiento—. Es curioso cómo cambian las cosas. Antes compartías tus ideas conmigo en la cafetería, y ahora solo tienes ojos para el despacho del CEO. Ten cuidado, Sofía. A veces las personas poderosas solo usan a los creativos para colgarse las medallas del éxito y luego los desechan cuando ya no los necesitan. Yo solo te lo digo como el amigo que siempre te ha cuidado.
Sus palabras me dolieron y me indignaron a la vez. No toleraba que insinuara que Sebastián me estaba utilizando.
—Sebastián no es así, Tom, y tú no sabes nada de lo que pasa en esta empresa —repliqué firmemente, sosteniéndole la mirada con molestia—. Te agradezco la preocupación, pero sé perfectamente lo que hago. Con permiso.
Lo esquivé con paso firme y caminé directo hacia el ascensor, sintiendo su mirada cargada de veneno clavada en mi espalda baja. No me cabía duda de que Tom albergaba un rencor profundo, pero lo que yo no alcanzaba a imaginar era que sus palabras no eran una simple advertencia de celos; eran la justificación mental que él usaba para calmar su conciencia por la traición que ya estaba ejecutando en secreto.
Esa misma tarde, el equipo creativo terminó por fin de subir todas las diapositivas, los eslóganes y las maquetas definitivas a la carpeta virtual de la red interna de la agencia. El lanzamiento oficial ante la junta de Sailing Dreams estaba programado para el próximo lunes, por lo que todo el mundo se marchó a casa a las seis en punto con la satisfacción del deber cumplido. La oficina quedó completamente en silencio y en penumbra.
Sin embargo, a las siete de la noche, una silueta se movió sigilosamente por el pasillo principal de la planta de contabilidad. Era Tom. Había esperado a que el personal de seguridad hiciera su primera ronda para regresar a su escritorio. Con las manos temblorosas por la adrenalina, encendió su ordenador y accedió al servidor central usando sus claves de alta seguridad como director de área.
Tecleó con rapidez, ignorando el sudor frío que corría por su frente. En la pantalla se desplegó la carpeta compartida del departamento creativo: "Campaña Oficial Sailing Dreams - Versión Final".
Tom tragó saliva, recordando la falsa promesa que Alan Vance le había hecho en el bar: "Destruiremos a Sebastián, y Sofía regresará a tus brazos". Convencido de esa mentira, conectó una pequeña memoria USB al puerto de la computadora y comenzó a descargar uno por uno los archivos confidenciales con los diseños exclusivos que Sofía y Sebastián habían pulido con tanto amor. El indicador de carga avanzó lentamente, iluminando su rostro consumido por la obsesión. Cuando la transferencia completó el cien por cien, Tom guardó el dispositivo en su bolsillo, apagó el equipo y desapareció en la oscuridad de la noche, listo para entregarle el botín a Alan y desatar el caos en la empresa.