Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
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Capítulo 21
La invitación
El viento descendió desde las montañas.
Frío.
Húmedo.
Silencioso.
Gabriel seguía sosteniendo el pequeño omamori rojo entre los dedos.
La tela estaba desgastada por los años, pero el bordado negro permanecía intacto.
Ninguno de los tres habló durante varios segundos.
Fue la anciana quien rompió el silencio.
—Entren.
No deberíamos permanecer en el umbral más tiempo del necesario.
Gabriel levantó la vista.
Aquellas palabras le hicieron recordar algo.
El umbral.
Todo giraba alrededor de esa palabra.
La puerta bajo las vías.
La entrada de la posada.
El límite entre un lugar y otro.
Entre una decisión y sus consecuencias.
Cruzar nunca era el verdadero peligro.
El peligro era quién invitaba a cruzar.
Ya dentro, la anciana cerró la puerta con dos cerrojos de hierro.
Después colocó una pequeña rama de sakaki sobre el marco.
Valeria observó el gesto.
—¿Eso los mantiene alejados?
La mujer negó lentamente.
—No.
Solo les recuerda que esta casa todavía pertenece a los vivos.
Gabriel tomó asiento frente a la mesa.
Colocó el omamori junto al reloj detenido, la fotografía y la llave de hierro.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces el reloj emitió un leve chasquido.
Tac.
No era el avance de las agujas.
Era un sonido que parecía provenir del interior del metal.
Como si algo hubiera despertado.
Al mismo tiempo, el hilo negro del amuleto comenzó a tensarse lentamente.
Ninguno de ellos lo estaba tocando.
El bordado se movía por sí solo.
Como una costura que acabara de ser hecha.
Valeria contuvo la respiración.
—¿Lo están viendo?
Gabriel no respondió.
Observaba el kanji bordado.
Poco a poco comprendió que no representaba una sola palabra.
Era un sello.
Un antiguo símbolo utilizado para identificar a quienes habían sido consagrados a un santuario.
O... marcados para él.
La anciana abrió lentamente un viejo baúl de madera escondido bajo la escalera.
Sacó un paquete envuelto en tela blanca.
Lo sostuvo con un respeto casi religioso.
—Pensé que nunca tendría que volver a mostrar esto.
Desenvolvió el paquete.
Dentro había un libro muy antiguo.
Las cubiertas eran de cuero oscuro.
Las hojas estaban amarillentas y unidas con hilo.
Gabriel lo abrió con cuidado.
No era un libro de rezos.
Era un registro.
Cada página contenía nombres escritos a mano.
Junto a cada nombre aparecía una fecha.
Y, al lado, una única palabra.
Regresó.
O bien...
No regresó.
Valeria pasó las páginas lentamente.
Las fechas abarcaban más de ciento cincuenta años.
Nadie hablaba de aquello.
Pero alguien había llevado ese registro durante generaciones.
Hasta que una página hizo que Gabriel detuviera la mano.
Había una entrada escrita treinta y dos años atrás.
Hayato Mori.
Debajo de su nombre no aparecía ninguna anotación.
Ni "Regresó".
Ni "No regresó".
Solo una línea en blanco.
Como si quien escribía el libro jamás hubiera sabido cómo terminar aquella historia.
Gabriel sintió un nudo en el estómago.
—¿Por qué está vacío?
La anciana tardó en responder.
—Porque Hayato volvió...
Pero quienes lo conocían decían que una parte de él nunca regresó de Yomizaka.
El silencio fue roto por un sonido lejano.
Dong...
Una campana.
Después otra.
Esta vez no provenían del pueblo.
Llegaban desde lo alto de la montaña.
La anciana cerró el libro de golpe.
Su rostro perdió el color.
—No...
Todavía no.
Gabriel caminó hasta la ventana.
Apartó apenas unos centímetros la cortina.
La niebla había comenzado a subir por las calles de Minakami.
No descendía desde las montañas.
Subía.
Como si brotara de la propia tierra.
Entre aquella bruma distinguió varias siluetas.
No caminaban.
Permanecían inmóviles.
Mirando hacia la posada.
No podían verse sus rostros.
Solo sus cuerpos oscuros.
Y todos llevaban colgado del cuello el mismo omamori rojo que Gabriel sostenía entre las manos.
Valeria se acercó despacio.
Sintió un escalofrío al descubrir que ninguno de aquellos desconocidos intentaba acercarse.
Solo esperaban.
Como si supieran que tarde o temprano...
El nuevo portador tendría que salir.
Gabriel cerró lentamente la cortina.
Apretó el amuleto dentro de su mano.
Y comprendió una verdad que nadie les había dicho hasta entonces.
No era Yomizaka quien los estaba buscando.
Era la gente que había entrado en Yomizaka...
...la que jamás había conseguido salir realmente.