Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
NovelToon tiene autorización de Eva Belmont para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Isadora pasó la noche despierta.
No fue una vigilia ansiosa, ni un torbellino de pensamientos desordenados. Fue un estado extraño de lucidez. Como si todo estuviera dolorosamente claro.
El acuerdo de Miguel Montenegro no era romántico. No venía envuelto en promesas vacías ni en frases bonitas. No ofrecía amor, ni garantía de felicidad. Aun así, había algo en él que la hacía respirar con menos peso en el pecho.
Respeto.
Ella nunca se dio cuenta de cuánto le había faltado eso hasta que alguien lo colocó como cláusula principal.
Sentada en el sofá, Isadora releyó mentalmente cada palabra de la conversación en el restaurante. Miguel no la había presionado. No había usado la fragilidad como moneda. No había pedido comprensión en nombre de alguien que siempre venía antes que ella.
Él le había dado la opción.
Y eso cambiaba todo.
Cuando amaneció, Isadora se bañó con calma, como si se estuviera preparando para algo importante, aunque no supiera exactamente qué. Se vistió con sobriedad, eligió un conjunto neutro y se recogió el cabello de forma sencilla. Quería claridad. Para sí misma.
Llegó al edificio de Montenegro Group antes de la hora marcada.
Miguel ya la esperaba.
—¿Durmió bien? —preguntó, en un tono neutro, al verla entrar en la sala acristalada.
—Lo suficiente —respondió ella.
Hubo un breve silencio. Él no ofreció café. No sacó conversación. Solo esperó.
—He pensado en su propuesta —comenzó Isadora, yendo directo al grano.
Miguel asintió levemente, como quien ya lo esperaba.
—¿Y?
Ella respiró hondo.
—No voy a fingir que esto es normal —dijo—. Ni que no me asusta.
—No espero que finja —respondió él.
—Pero tampoco voy a negar que… —ella vaciló por un segundo—. Que esto me parece más honesto que cualquier cosa que me hayan ofrecido en los últimos años.
Miguel mantuvo la mirada firme, atenta.
—Entonces usted entiende lo que se está proponiendo.
—Entiendo —confirmó—. Un acuerdo. Sin ilusiones. Sin promesas que no se pueden cumplir.
—Exactamente.
Isadora cruzó los brazos, apoyándose levemente en la mesa.
—Si yo acepto —dijo—, necesito estar segura de una cosa.
—Diga.
—Que esto no se va a transformar en otra forma de control.
Miguel no respondió de inmediato. Caminó hasta la ventana, observó la ciudad por algunos segundos y solo entonces se volvió hacia ella.
—Control es algo que conozco bien —dijo—. Y no tengo interés en reproducirlo en otra persona.
Había algo pesado en esa frase. Algo no dicho.
—Nuestro acuerdo —continuó él— solo funciona si usted está aquí por elección. En el momento en que deje de estarlo, deja de existir.
Isadora sostuvo la mirada.
—Entonces… —dijo, con la voz firme—. Acepto.
Miguel no sonrió. No celebró. Apenas asintió, como si aquella decisión hubiera sido registrada en un lugar más profundo que un contrato.
—Óptimo —dijo él—. Vamos a establecer los términos.
Horas después, Isadora estaba sentada frente a un documento extenso. Cláusulas claras. Lenguaje directo. Nada que escondiera trampas. Todo parecía… limpio.
—La ceremonia será discreta —explicó Miguel—. Solo lo necesario para satisfacer las exigencias externas.
—¿Y su familia? —preguntó ella.
—Sabrán solo lo esencial —respondió él—. Usted no será expuesta más allá de lo que acuerde.
Isadora firmó cada página con atención. No sentía entusiasmo. Sentía conciencia.
Cuando terminó, posó la pluma sobre la mesa.
—Listo.
Miguel cerró la carpeta.
—Entonces estamos oficialmente comprometidos.
La palabra sonó extraña. Comprometidos. No había flores. Ni alianzas en aquel momento. Solo dos adultos firmando un pacto silencioso.
—Hay una cosa más —dijo Isadora, antes de que él se levantara.
—¿Sí?
—No quiero que esto sea usado contra mí en el futuro —dijo—. Si en algún momento usted decide seguir otro camino, quiero salir entera. Sin humillaciones. Sin juegos.
Miguel la observó por algunos segundos.
—Yo no humillo a las personas, Isadora —respondió—. Especialmente a aquellas que confían en mí.
Algo en su tono hizo que el pecho de ella se apretara.
—Óptimo —dijo ella—. Porque yo ya viví eso una vez.
Él asintió, como si entendiera más de lo que ella imaginaba.
En los días siguientes, todo sucedió demasiado rápido para que Isadora tuviera tiempo de arrepentirse.
Un anuncio discreto. Una ceremonia civil sencilla. Algunas fotos cuidadosamente elegidas para circular en los ambientes ciertos. Ninguna declaración exagerada. Ninguna escenificación innecesaria.
Ella vistió un vestido claro, elegante, sin encaje, sin velo. No quería repetir símbolos que no le pertenecían más.
Miguel estaba impecable, como siempre. Pero había algo diferente en su mirada aquel día. Un cuidado silencioso. Una atención constante al espacio de ella.
—Si quiere irse en cualquier momento —dijo él, mientras aguardaban la firma final—, solo tiene que decirlo.
Isadora lo encaró.
—No quiero irme.
Y percibió que era verdad.
Después, ya en el coche, el silencio entre ellos no era desconfortable. Era nuevo. Lleno de límites aún siendo dibujados.
—El apartamento principal está listo —dijo Miguel—. Pero si prefiere mantener espacios separados…
—Vamos a intentar dividir —respondió Isadora—. Con reglas claras.
Él asintió.
—Reglas salvan acuerdos.
Aquella noche, solos en el apartamento amplio y silencioso, Isadora caminó hasta el balcón. La ciudad se extendía delante de ella, viva, indiferente.
Miguel se acercó, manteniendo una distancia respetuosa.
—¿Se arrepintió? —preguntó.
Ella sacudió la cabeza.
—No.
Él la observó por un instante más de lo necesario.
—Entonces vamos a aprender —dijo—. Uno al otro. Sin prisa.
Isadora sintió algo diferente atravesar el pecho. No era amor. Todavía no.
Era seguridad.
Y, después de todo lo que había vivido, eso era más que suficiente para comenzar.
Sin percibirlo, mientras miraba al hombre a su lado, ella entendió que aquel “sí” no había sido una rendición.
Había sido el primer acto real de coraje que había tomado por sí misma.