La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20
El sábado desperté más temprano de lo normal.
La luz del sol entraba por las enormes ventanas de mi habitación y, por primera vez en mucho tiempo, tenía un plan que me emocionaba más que cualquier fiesta, viaje o compromiso social al que mis padres quisieran arrastrarme.
Me quedé unos segundos mirando el techo, sonriendo sola, hasta que recordé exactamente por qué me había levantado tan temprano.
Hoy iba a pasar todo el día con Valentina.
Y no solo con ella.
También con Matías, que seguramente terminaría cargando bolsas hasta que sus brazos pidieran auxilio.
Bajé corriendo las escaleras y encontré a mis padres desayunando en la terraza.
El aroma del café recién hecho se mezclaba con el pan tostado y las frutas frescas.
Mi madre estaba revisando algo en su celular, mientras mi padre leía el periódico con esa expresión sería que solo usaba cuando quería parecer ocupado.
—Buenos días, princesa —dijo mi padre al verme.
—Buenos días, papá.
Buenos días, mamá.
Mi madre levantó la vista de su café y me observó con atención.
—Esa sonrisa me preocupa.
—A mí también —agregó mi padre sin apartar el periódico.
Me senté frente a ellos, todavía con esa emoción tonta que no podía esconder.
—Hoy no estaré en casa.
Mi padre dejó el periódico sobre la mesa.
—¿Y puedo saber por qué?
—Porque pasaré todo el día comprándole cosas a mi princesa.
Mi madre soltó una pequeña risa, de esas que apenas se notan, pero que siempre terminan delatándola.
—¿Te refieres a Valentina?
—Obviamente.
—Entonces entiendo la sonrisa —dijo ella, apoyando el mentón en una mano.
Mi padre negó con la cabeza, resignado.
—Pobre tarjeta bancaria.
—Papá, esa tarjeta es más fuerte que tú.
—Eso fue ofensivo.
—Pero cierto.
Él abrió su billetera con dramatismo y colocó una tarjeta negra sobre la mesa, como si estuviera entregando un tesoro nacional.
—Toma, hija. Compra todo lo que necesite y paga con esto.
—¿Estás seguro?
—Muy seguro.
Después de ver la cara de esa niña ayer, sería incapaz de decirte que no.
Mi madre sonrió con ternura.
—Y no olvides comprarle algo cómodo.
El primer día de clases siempre es agotador.
—Ya hice una lista.
Mi padre arqueó una ceja.
—¿Hiciste una lista?
—Tres listas.
—Definitivamente eres hija de tu madre.
—Gracias, supongo.
Mi madre soltó una carcajada breve.
—Solo procura no volver con el centro comercial entero.
—No prometo nada.
Una hora después estacioné frente al edificio de los Ferrer.
Apenas apagué el motor, Valentina salió corriendo antes de que pudiera tocar el timbre.
Llevaba una mochila pequeña colgando de un hombro y una sonrisa tan grande que me hizo reír de inmediato.
—¡Amalia!
—Hola, princesa.
Ella se lanzó hacia mí y la levanté un poco del suelo sin pensarlo.
—¿De verdad iremos de compras todo el día?
—Todo el día.
Sus ojos brillaron como si le hubiera dicho que íbamos a la luna.
—¡Mati!
¡Amalia dijo todo el día!
Matías apareció detrás de ella con una expresión cansada, como si ya supiera que ese día sería una batalla perdida.
—Creo que eso significa que debo despedirme de mi espalda —murmuró.
—Correcto —respondí.
—Y de mi paciencia —añadió.
—Eso también.
Valentina se rio y subió al auto con una energía imposible de igualar.
Matías ocupó el asiento trasero con resignación, y yo conduje hacia el centro comercial más grande de Santiago mientras ella no dejaba de mirar por la ventana como si cada edificio fuera una maravilla nueva.
—¡Mira esos zapatos! —
exclamó al pasar frente a una tienda.
—¡Y ese vestido! —
dijo un segundo después.
—¡Y esos peluches!
—Valentina, todavía no hemos entrado —le recordó Matías.
—Pero ya me gusta todo.
La seguí de tienda en tienda mientras descubría un mundo que siempre había observado desde lejos.
Le compramos vestidos inspirados en las princesas Disney:
uno azul como el de Cenicienta, otro amarillo como el de Bella, uno verde suave como el de Tiana y hasta uno rosado que parecía sacado del armario de Aurora.
También eligió chaquetas suaves, zapatillas brillantes, pijamas llenos de estrellas y una colección absurda de cintillos con coronas, lazos y pequeños detalles de castillo que ella fue eligiendo uno por uno, como si cada color tuviera una historia distinta.
En una tienda de accesorios se quedó mirando unos aretes diminutos con forma de mariposa y me preguntó si eran “demasiado elegantes para una niña normal”.
—No eres una niña normal —le respondí.
—¿Entonces qué soy?
—Una princesa con muy buen gusto.
Ella sonrió tan feliz que sentí un nudo extraño en el pecho.
Matías, por su parte, cargaba bolsas con una paciencia admirable, aunque cada cierto tiempo me lanzaba una mirada acusadora.
—Creo que ya tenemos suficientes —dijo después de salir de otra tienda.
—Eso dijiste hace dos horas.
—Y sigo teniendo razón.
—Mentiroso.
—Realista.
Valentina salió de un probador usando un vestido celeste que le llegaba justo por encima de las rodillas.
Dio una vuelta completa frente al espejo y luego me miró con una mezcla de ilusión y nervios.
—¿Cómo me veo?
Me acerqué despacio y sonreí.
—Como una princesa.
Ella abrió los ojos con sorpresa, como si esa palabra todavía le pareciera extraña.
—Nadie me había dicho eso antes.
Sus palabras me hicieron guardar silencio por un segundo.
Sentí que Matías también se quedó quieto detrás de nosotras.
Me acerqué un poco más y acomodé la pequeña corona plateada que llevaba sobre la cabeza.
—Entonces todos estaban equivocados.
Valentina bajó la mirada, emocionada, y luego me abrazó con fuerza.
Yo la rodeé con los brazos sin dudarlo.
Matías nos observó en silencio, con esa expresión suya que siempre parecía esconder más de lo que decía.
Más tarde encontramos una mochila rosada con ruedas, cubierta de pequeñas coronas doradas y estampados de las princesas Disney que parecían sacados de un cuento.
Valentina la vio desde lejos y corrió hacia ella como si hubiera encontrado un tesoro.
—Es la más hermosa del mundo.
—Entonces es tuya —dije.
—¿En serio?
—Claro que sí.
La niña me abrazó tan fuerte que casi me hizo perder el equilibrio.
—¡Gracias, Amalia!
—De nada, princesa.
Seguimos comprando libros, una lonchera, lápices, cuadernos y todo lo necesario para el colegio, todo con diseños de las princesas Disney.
Cada vez que pasábamos por una caja, entregaba la tarjeta negra de mi padre mientras Matías me miraba como si estuviera completamente loca.
—Tu familia es increíblemente peligrosa —murmuró una vez, cuando Valentina se adelantó para mirar unos estuches.
—Gracias.
—No fue un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Cuando llegó la noche, nos sentamos a comer helado en la terraza del centro comercial.
El cielo estaba teñido de naranja y violeta, y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse una por una.
Valentina sostenía su nueva mochila sobre las piernas mientras hablaba sin parar sobre las clases, los amigos que haría, la biblioteca de cuatro pisos y hasta el uniforme que usaría el lunes.
—Voy a estudiar muchísimo —dijo con total seriedad.
—Eso espero —respondió Matías.
—Y seré la mejor alumna.
—Eso también lo espero.
—Y cuando sea famosa les compraré una casa enorme.
—Perfecto —dije, riendo—.
Ya tengo donde jubilarme.
Valentina soltó una carcajada tan limpia y feliz que varias personas voltearon a mirarla.
A mí no me importó.
La observé mientras se reía, mientras mordía su helado con cuidado para no mancharse, mientras abrazaba su mochila como si fuera el objeto más valioso del mundo.
Y entonces comprendí algo que me dio un poco de miedo.
No me estaba acostumbrando a ellos.
Los estaba esperando.
Porque, sin importar cuántas veces intentara negarlo, el mejor momento de mi día siempre comenzaba cuando Matías Ferrer y Valentina aparecían frente a mí.
¿Por qué sentía que, sin darme cuenta, aquellas dos personas se estaban convirtiendo en el lugar donde mi corazón quería quedarse para siempre?
¿Y si, en realidad, ya no quería irme de ahí?