Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...
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El precio de la presencia.
El precio de la presencia.
Valentina se plantó frente a Alexander con los brazos firmemente cruzados sobre el pecho, sus ojos negros fulminándolo desde la penumbra del recibidor. No le ofreció un asiento, ni un café, ni siquiera un gesto amable; lo que le ofreció fue una lista de condiciones que sonaron más a sentencia que a pacto. «Primero: no interferirás en mi trabajo, ni de broma. No quiero que aparezcas en mi oficina, que llames a mis clientes ni que uses tu apellido para abrirme puertas que yo no he pedido. Soy una empresaria con una carrera en ascenso que me costó sudor y lágrimas, y no pienso convertirme en la señora de nadie que necesita de su esposo para prosperar. Segundo: no serás un peso muerto en mi vida. Si te conviertes en una carga emocional, en un problema que sumar a mis noches de insomnio y mis hormonas revolucionadas, te juro que te corto de raíz, Lombardi, aunque tengas el poder de hundirme».
Alexander tragó saliva, sintiendo cómo cada palabra de ella era un clavo que perforaba sus pretensiones. Ella continuó sin piedad: «El sexo será cuando y como yo quiera. Tú no tocas sin mi permiso, no exiges, no reclamas. Esto no es un derecho adquirido por haber puesto un hijo en mi vientre; es un privilegio que ganarás cada día». Dio un paso y levantó el índice como si señalara un contrato invisible: «Seguiré siendo independiente, porque soy un alma libre y no pienso domesticarme por nadie. No creo en el amor, Alexander, porque el amor no existe; solo existe el deseo hasta que se agota, y cuando se apaga, solo quedan las cenizas de lo que pudo ser. Por eso no quiero una alianza que me esclavice: estaremos juntos mientras resulte, y cuando no resulte, solo seremos los padres del bebé que viene en camino. No necesito un esposo, quiero un amigo con derecho, alguien que me acompañe sin cadenas ni ataduras. Si puedes aceptar eso, podemos tratar de cuidar esta criatura juntos».
Alexander la escuchó en silencio, con las manos sudorosas y el corazón golpeándole las costillas. Cuando ella terminó, él bajó la mirada hacia el suelo y luego la levantó con una determinación que sorprendió a Valentina. «Acepto», dijo con voz grave. «Acepto cada una de tus reglas, porque lo único que quiero es estar presente en la vida de nuestro hijo, y prometo tratar de entenderte y apoyarte sin cadenas ni ataduras». Ella lo observó con desconfianza, pero en el fondo de su pecho algo se aflojó, como un nudo que empezaba a deshacerse.
El momento de fragilidad se desvaneció cuando el teléfono de Alexander vibró con una insistencia brutal en su bolsillo. Sacó el dispositivo y palideció al ver el nombre en la pantalla: Dimitri. Valentina levantó una ceja, adivinando de inmediato que el mundo que ella odiaba acababa de irrumpir en su puerta. Alexander respondió con un tono seco y profesional, alejándose unos pasos para que ella no escuchara, pero las paredes de la casa eran delgadas y el silencio de la noche amplificaba cada sílaba. «¿Qué pasó?» preguntó él, y al otro lado la voz de Dimitri sonó metálica y urgente: «Hay una fuga de información en la Bratvá. Alguien filtró la ruta del cargamento que llegó anoche al muelle; la mercancía desapareció de la bodega de uno de nuestros socios de confianza, y si no la recuperamos antes del amanecer, perderemos no solo el dinero, sino la credibilidad con los proveedores europeos». Alexander cerró los ojos y apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se blanquearon. «¿Y qué quieres que haga yo?» preguntó con un dejo de resignación. Dimitri, con su voz de zorro viejo, respondió sin titubear: «Tú tienes el olfato para encontrar lo que otros no ven; necesito que vengas al puerto y que uses esa habilidad tuya para rastrear la mercancía. Esto no es un favor, Alexander, es una orden del consejo».
Valentina, que había escuchado suficiente, se acercó con los brazos aún cruzados y una sonrisa irónica en los labios: «¿Ves? Apenas aceptas mis reglas y ya tienes que romper la primera: no interferirás en mi trabajo, pero el tuyo viene a buscarte a mi casa». Alexander la miró con culpa y urgencia a la vez, sintiendo el peso de su doble vida aplastándolo. «No es interferir, es un asunto que debo resolver antes de que se convierta en una tormenta que nos salpique a todos, incluso a ti y al bebé». Tomó su chaqueta del respaldo de una silla y se dirigió a la puerta con pasos rápidos. Valentina no lo detuvo, pero su voz lo alcanzó justo antes de que saliera: «Recuerda, Lombardi, cuando vuelvas, seguirás sujeto a mis reglas. Esto no es un cheque en blanco para que desaparezcas cada vez que la Bratvá te llame». Él se giró un instante, con la mano en el picaporte, y asintió con solemnidad: «Lo sé. Por eso prometo volver, y prometo hacer que valga la pena».
La puerta se cerró con un golpe seco, y Valentina se quedó sola en el silencio, sintiendo el eco de sus propias condiciones y preguntándose si realmente estaba preparada para compartir su vida con un hombre que bailaba al borde del abismo.
La noche se tragó a Alexander mientras su coche se perdía entre las calles mal iluminadas de la ciudad, y Valentina se quedó apoyada contra el marco de la puerta, acariciando su vientre con una mezcla de alivio y ansiedad. Las reglas que había impuesto eran un escudo, sí, pero también una prisión para ella misma: le había prohibido depender de él, pero en el fondo sabía que su presencia le generaba una calma absurda, una seguridad que su orgullo se negaba a reconocer. Caminó hacia la cocina y se sirvió un vaso de agua, pero sus manos temblaban tanto que el líquido salpicó la encimera. «No puede ser que este hombre me desarme tan fácilmente», murmuró para sí, mientras las palabras de Karla resonaban en su cabeza: "El embarazo te tiene cachonda, pero también te tiene confundida, y eso es peligroso".
Dejó el vaso y se sentó en la oscuridad de la sala, con la mirada fija en la puerta que acababa de cerrarse. Pensó en la fuga de información, en el cargamento perdido, en la Bratvá y en todo ese mundo que había jurado odiar; pero también pensó en la promesa de Alexander, en su voz rota cuando aceptó sus condiciones sin chistar. «No cree en el amor», se recordó a sí misma, pero entonces, ¿por qué su pecho se apretaba cuando él se iba? ¿Por qué sus dedos se aferraban al teléfono esperando un mensaje? La respuesta era incómoda: quizás el deseo no se había agotado, quizás había germinado algo más profundo que ella no estaba dispuesta a nombrar.
Se levantó y fue al dormitorio, donde la ecografía del bebé descansaba sobre la mesita de noche; la tomó y la observó en la penumbra, viendo ese pequeño latido que unía su vida a la de un mafioso arrepentido. «Tú serás mi prioridad, pequeño», susurró, «y si Alexander quiere estar presente, tendrá que demostrarlo con hechos, no con palabras bonitas ni con alianzas de poder». Apagó la luz y se acostó, pero el sueño no llegaba; en su mente se repetía la escena de él aceptando sus reglas, y por primera vez desde que empezó todo este caos, sintió que tal vez, solo tal vez, el precio de la presencia de aquel hombre no fuera tan alto como ella temía. Afuera, la ciudad seguía su curso, y en algún lugar del puerto, Alexander se sumergía en la oscuridad del muelle, con el olor a sal y a peligro impregnando su piel, llevando en el bolsillo la promesa de volver a esa mujer que, sin saberlo, ya había empezado a derribar sus propias murallas.