Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 20. EL CHOQUE DE TITANES
La tarde tiñó los cristales de la sala de juntas con una luz grisácea y plomiza. El ambiente, lejos de relajarse tras el almuerzo, se había vuelto denso, casi eléctrico. Ethan Vance permanecía sentado en la cabecera de la mesa, revisando unas últimas anotaciones con el ceño levemente fruncido. La inexplicable atracción y el eco de familiaridad que la mirada esmeralda de Sasha le provocaba seguían arañándole el subconsciente, desestabilizando la frialdad que solía gobernar todas sus decisiones.
Sasha entró en la sala portando una nueva serie de carpetas impresas, colocándose al lado de Daniel. Había pasado la última hora intentando calmar los latidos de su corazón, repitiéndose a sí misma el número que la obsesionaba: setenta y cuatro días. No había margen para el error.
Las puertas dobles de la sala se abrieron de par en par con un sonido firme y pausado.
Luke cruzó el umbral. A sus sesenta años, el patriarca de la familia mantenía una estampa imponente que dominaba cualquier espacio. Vestía un traje de tres piezas color carbón que denotaba un lujo clásico, y su presencia, forjada en décadas de batallas legales y protección a los suyos, infundía un respeto inmediato. Caminó con paso seguro, sosteniendo la mirada con la autoridad de un monarca que entra a defender su propio territorio.
Ethan Vance se tensó sutilmente en su asiento, enderezando la espalda por puro instinto competitivo. Sus ojos oscuros y profundos se clavaron en el recién llegado, reconociendo de inmediato el aura de un verdadero depredador corporativo.
—Señor Vance, le presento a mi padre, Luke. Es el asesor legal principal de nuestra firma y socio estratégico de la sociedad familiar —anunció Daniel, haciendo las presentaciones con una voz clara y ejecutiva.
Ethan se puso en pie, su imponente estatura acortando los metros que los separaban. Extendió su mano derecha hacia el veterano abogado.
—Es un honor, señor Castro. He seguido de cerca vuestra trayectoria en los tribunales internacionales. Vuestra reputación os precede —dijo Ethan. Su voz profunda y barítona sonó como un choque de metales en el silencio de la sala.
Luke estrechó su mano con un agarre firme, cálido pero inamovible. Sus ojos oscuros, idénticos en profundidad a los del joven director extranjero, lo escanearon con una precisión clínica durante dos largos segundos. Luke no miraba al CEO millonario; miraba al hombre de la suite, al extraño que había dejado a su pequeña rebelde sola en la penumbra y cuyas facciones se reflejaban de forma idéntica en el rostro pálido de su nieto Oliver en la clínica privada. La furia protectora de un padre y de un abuelo rugió en su pecho, pero Luke camufló el fuego bajo una máscara de absoluta cordialidad ejecutiva.
—El honor es mío, señor Vance. En Vanguard Atelier valoramos mucho a los socios que no temen arriesgarse por el mercado tecnológico. Tomemos asiento, entremos en materia —respondió Luke, su voz resonando con una potencia que llenó cada rincón de la estancia.
La mesa de negociación comenzó de inmediato, y la sala de juntas se transformó en el escenario de un choque de titanes. Ethan exponía sus condiciones de distribución y las patentes de microchips con una frialdad y una lógica milimétricas, defendiendo cada margen de beneficio de su multinacional con la agresividad de un joven tiburón. Pero Luke no le cedía un solo centímetro. Con una astucia magistral y un conocimiento perfecto de las leyes del mercado, el viejo abogado ponía a prueba cada argumento de Ethan, rebatiendo porcentajes y forzándolo a comprometerse más allá de sus límites comerciales.
Sasha observaba la escena en absoluto silencio, de pie detrás de la silla de su padre. Sentía que el aire le faltaba en los pulmones al ver a los dos hombres más importantes de su vida enfrentados en una batalla de poder ejecutivo. Miraba a Ethan, a sus hombros anchos, a su mandíbula esculpida en piedra, y luego miraba a su padre, que usaba toda su experiencia para desarmar la coraza de hielo del extranjero. Sabía que Luke estaba haciendo aquello por Oliver; estaba evaluando el carácter del hombre cuya sangre necesitaban con urgencia para salvar al pequeño.
En mitad de un debate sobre los plazos de entrega, Ethan desvió la mirada de los documentos y la clavó de lleno en Sasha. La fijeza de sus ojos oscuros, empañados por esa atracción confusa e involuntaria que sentía desde la mañana, llamó la atención de Luke de inmediato. El veterano abogado se percató del rastro de interés que el joven CEO mostraba por su hija pequeña y endureció sutilmente la mandíbula, cruzándose de brazos sobre la mesa.
—Noto que está muy atento a nuestra asistente operativa, señor Vance —intervino Luke con un tono de voz suave, pero con una intensidad tan afilada que hizo que los asesores extranjeros se removieran incómodos en sus asientos—. ¿Hay alguna anomalía en los informes de logística que ella preparó?
Ethan Vance parpadeó, recuperando la compostura con una rapidez asombrosa, aunque un sutil e imperceptible rubor cruzó sus facciones de piedra por haber sido descubierto. Miró a Luke a los ojos, sosteniéndole la mirada con respeto.
—Al contrario, señor Castro. Como le dije a su hijo esta mañana, la determinación y la seguridad de la señorita Sasha me parecen excepcionales. No suelo encontrar asistentes con una mente tan audaz en estas mesas de negociación. Me recuerda a la fiereza de su propia firma.
—Mi hija es una Castro-Atelier, señor Vance. En esta familia, la lealtad y la fuerza para defender lo que es nuestro se lleva en la sangre desde la cuna —sentenció Luke, con una voz profunda que transmitió una advertencia silenciosa que Ethan no terminó de comprender.
La tarde concluyó con la firma del preacuerdo de la licitación. Ethan estampó su rúbrica con un trazo limpio, cerrando la carpeta de cuero antes de ponerse en pie. Se despidió de Luke y Daniel con una inclinación de cabeza, pero antes de salir de la sala de juntas flanqueado por su comitiva, se detuvo un segundo frente a Sasha, dejándola envuelta una vez más en ese aroma a cítricos oscuros y tabaco rubio suave.
—Espero que nos volvamos a ver mañana en la cena de gala de bienvenida, señorita Castro —susurró Ethan en un tono de voz bajo, que solo ella pudo escuchar, con sus ojos oscuros destellando una curiosidad indomable.
Sasha asintió en silencio, manteniendo la barbilla en alto mientras lo veía desaparecer por el pasillo de cristal. En cuanto la sala quedó vacía, Luke caminó hacia ella y le puso su mano grande en el hombro, apretándolo con una fuerza protectora inmensa. El primer asalto de la dinastía había terminado; habían sentado a Ethan en su mesa y el interés del director extranjero ya estaba encendido, pero el tiempo seguía corriendo en su contra y la noche de la gran fiesta de gala del día siguiente sería el escenario donde Sasha tendría que jugar su carta más arriesgada para meterse en el mundo de ese hombre de hielo y salvar la vida de su pequeño ángel.