Huyendo de los murmullos de la boda de su hermana con su exnovio, una alegre médica y fotógrafa aficionada lo vende todo para mudarse a un pueblo de viñedos. Cuando su auto queda varado en el camino, su salvación llega en una camioneta: un atractivo vitivinicultor, un hombre dedicado por entero a sus tierras, y su pequeña y ocurrente hija de cinco años.
Tras una separación amistosa, él no busca complicaciones, pero la luz que ella irradia y la inmediata complicidad que nace con la nena cambiarán sus planes. Cuando descubren que ella es la nueva doctora del hospital local, sus caminos se vuelven inevitables. Entre clics de cámara y el aroma a uva madura, descubrirán que el amor más dulce nace sin prisa, cosechando un nuevo destino para los tres.
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Capítulo 5: El hogar de la doctora
El primer lunes libre de Milena comenzó sin alarmas, sin el estruendo del tráfico de la ciudad y sin esa persistente sensación de tener que correr hacia alguna parte. Se despertó con el canto suave de los pájaros y el murmullo del viento colándose por la ventana entornada. Durante unos minutos, se quedó recostada en la cama, mirando las vigas de madera clara del techo y dejando que una profunda sensación de paz la inundara. Ya no había prisa. El hospital estaba cubierto, su guardia había terminado y este día era enteramente para ella.
La casita que el municipio le había asignado era una construcción de madera de pino, pequeña pero sumamente acogedora, ubicada a pocas cuadras del hospital regional. Tenía ese aroma nostálgico a resina y a hogar antiguo que solo las casas de campo poseen. Sin embargo, hasta esa mañana, todavía parecía un alojamiento temporal, un lugar donde simplemente dormir. Milena estaba decidida a cambiar eso hoy mismo. Quería que cada rincón hablara de ella, que tuviera su esencia.
Se puso unos jeans cómodos, una remera holgada y se ató el cabello oscuro en un rodete alto y desenfadado. Puso música suave en su teléfono, un ritmo acústico que llenó las habitaciones, y puso manos a la obra.
Lo primero fue la limpieza. Abrió de par en par todas las ventanas para dejar entrar el aire fresco de la montaña y la luz dorada de la mañana. Con un plumero y un paño húmedo, quitó la fina capa de polvo que el desuso había dejado en los estantes. Disfrutó de cada movimiento, sintiendo que al limpiar la madera también sacudía el polvo de su propia vida pasada. Después, llegó el momento de los textiles. En lugar de las pesadas y oscuras cortinas que venían con la casa, Milena colgó unos lienzos de lino blanco y traslúcido que había traído en una de sus cajas. En cuanto los instaló, el living se transformó por completo: la luz del sol se filtraba ahora de manera difusa, llenando el espacio de una calidez angelical.
Luego se dedicó a su parte favorita: las plantas y los recuerdos. El día anterior había pasado por un pequeño invernadero al borde de la ruta y había comprado varias macetas con helechos colgantes, suculentas y un pequeño jazmín que inundó el ambiente con su fragancia dulce. Distribuyó las plantas en las esquinas, sobre la mesa de centro y en el alféizar de la ventana de la cocina, devolviéndole la vida al lugar.
Finalmente, abrió la caja más pesada, la que contenía sus fotografías enmarcadas. Con un martillo pequeño y unos clavos, fue decorando la pared principal del living. No eran imágenes compradas en una tienda; eran sus propios ojos plasmados en papel. Colgó una toma en blanco y negro de un callejón lluvioso en París, el primer plano de las manos arrugadas de una anciana que había atendido en su residencia médica, y una espectacular panorámica de un amanecer en la playa. En el centro de todas, dejó un espacio libre. Sonrió para sus adentros al pensar que, muy pronto, esa pared albergaría los paisajes dorados de los viñedos locales.
Al dar un paso atrás para contemplar su trabajo, Milena suspiró aliviada. La casita ya no era un espacio ajeno. Ahora era su refugio.
Con el cuerpo un poco cansado por el esfuerzo pero el alma contenta, decidió que era hora de explorar su nuevo hogar más allá de las cuatro paredes. Se colocó una campera ligera, agarró sus llaves y salió a caminar por las calles de San Javier.
El pueblo parecía extraído de un cuento de hadas o de una pintura al óleo. No había rascacielos ni asfalto gris que asfixiara la vista. Las calles, algunas de tierra apisonada y otras de adoquines antiguos, estaban flanqueadas por casitas rústicas de madera con techos a dos aguas, muchas de ellas pintadas de colores pasteles y con jardines delanteros rebosantes de flores silvestres. Gigantescos sauces, pinos y liquidámbares formaban un techo verde sobre las veredas, filtrando los rayos del sol en un juego constante de luces y sombras. El aire era tan puro que casi se podía saborear.
Apenas dio unos pasos, Milena notó la diferencia abismal con la gran urbe que había dejado atrás. En la ciudad, la gente caminaba con la vista clavada en el suelo o en las pantallas de sus teléfonos, ignorando por completo a quien tenían al lado. Aquí, la vida transcurría a otro ritmo, uno mucho más humano.
—¡Buen día, doctora Milena! —la saludó don lsidro, el panadero del pueblo, que barría la vereda de su local vistiendo un delantal blanco impecable—. Qué lindo día eligió para caminar. Espero que se esté hallando bien en el pueblo.
—Buen día, don lsidro. ¡La verdad es que estoy encantada! Este lugar es un sueño —respondió Milena con su habitual sonrisa alegre y sincera.
—Cualquier cosa que necesite, ya sabe dónde encontrarme. El pan de campo sale calentito a las cuatro de la tarde, por si quiere pasar —le ofreció el hombre con un guiño amable.
—Lo tendré muy en cuenta, muchas gracias.
A medida que avanzaba, los saludos se repetían. Una mujer que regaba sus hortensias le sonrió con sincera admiración desde su jardín; dos niños que pasaban corriendo en bicicleta frenaron para decirle un tímido "Hola, doctora" antes de seguir su camino entre risas. Había un respeto y una gratitud flotando en el aire que la hacían sentir sumamente valorada. No la miraban con la lástima con la que la habían observado en la boda de su hermana; la miraban con esperanza, con cariño legítimo hacia la persona que había llegado para cuidar de su salud.
Iba tan distraída admirando las copas de los árboles cuando una voz femenina, dulce y cantarona, la llamó desde una de las veredas más floridas del trayecto.
—¡Muchachita! ¡Doctora! Espere un segundito, por favor.
Milena se detuvo y vio salir de una hermosa casa de madera color crema a una mujer mayor. Tenía el cabello completamente blanco, recogido en una trenza prolija que le caía sobre el hombro, ojos celestes sumamente expresivos y un delantal con motivos florales que delataba su actividad matutina. En sus manos, protegidas por unos repasadores, sostenía una fuente de cerámica de la que se desprendía un aroma espectacular a vainilla, canela y manzanas horneadas.
—Hola, muy buenas tardes —saludó Milena, acercándose a la reja de madera del jardín.
—Buenas tardes, mi vida. Qué alegría cruzarme contigo —dijo la mujer, apoyando con cuidado la fuente sobre el poste de la entrada—. Soy Clotilde, tu vecina de la esquina. Llevo un par de días queriendo acercarme al hospital para presentarme, pero sé que andas de acá para allá con las consultas y no quería molestarte en tu trabajo.
—Para nada, Doña Clotilde. Es un placer enorme conocerla —respondió Milena, conmovida por la calidez de la anciana.
—El placer es nuestro, doctora. No te das una idea de la tranquilidad que nos da a todos los viejos del pueblo tenerte acá. El doctor anterior era un buen hombre, pero ya estaba muy cansado, pobrecito. Que haya llegado una profesional tan joven, tan alegre y con tantas ganas de trabajar es una bendición del cielo.
Clotilde tomó el molde templado y se lo extendió a Milena con un gesto maternal.
—Te preparé este pastel de manzanas. Las saqué esta misma mañana del árbol del patio trasero. Es una pequeña bienvenida oficial de mi parte. Espero que te guste el dulce.
Milena sintió que se le formaba un nudo de emoción en la garganta. Hacía mucho tiempo que nadie tenía un detalle tan desinteresado y genuino con ella. Sostuvo la fuente, sintiendo el calor del pastel traspasar la cerámica, y miró a Doña Clotilde a los ojos.
—Doña Clotilde... no sé qué decir. De verdad, muchísimas gracias. Huele increíble, se me hace agua la boca de solo sentir el aroma.
—No hay nada que agradecer, mi alma. Es lo mínimo que podemos hacer por quien viene a cuidarnos. Ahora ve a descansar, disfruta de tu tarde libre y, cuando termines el pastel, me traes el molde y nos tomamos unos mates en el porche, ¿te parece?
—Es un trato —aseguró Milena, riendo con suavidad.
Se despidió de la adorable anciana y emprendió el regreso a su hogar. Mientras caminaba de vuelta, sosteniendo el pastel templado entre sus manos y sintiendo la brisa fresca del pueblo moverle el cabello, Milena miró al cielo. La sensación de asfixia que la había acompañado durante el último año en la ciudad había desaparecido por completo. San Javier no solo era el lugar donde trabajaría; se estaba convirtiendo, segundo a segundo, en el lugar donde finalmente iba a florecer.
SUPER RECOMENDADA 💯❌️💯👌🏻
Hermosa desde el primer momento, llens de amor de familia amistad
La super recomiendo 💕💕💕💕💕
Felicitaciones autora 💕 👏
estoy super emocionada con la historia . bellísima🥰🥰🥰🥰🥰