Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.
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Capítulo 6: El doble bigote y el traje ninja
El reloj marcaba las dos y media de la madrugada. En la intimidad de su cuarto de baño, Ramiro contemplaba su reflejo con una gravedad que rozaba lo místico. El desastre del pastel salado del concejal había dejado a Penélope vulnerable, pero también peligrosamente impredecible. La tensión en Villa Delicia se cortaba con un cuchillo de sierra, y Ramiro sentía en el pecho el peso de la responsabilidad: el festival se acercaba y no podía dejar nada al azar. Su mente, cuadriculada y metódica, exigía datos. Necesitaba la receta exacta de su masa de macarons o el porcentaje de azúcar invertido que usaba enfrente. Si la diplomacia había muerto, el espionaje era el único camino lógico.
Se ajustó los cuellos de una gabardina de color beige tres tallas más grande, herencia de su tío abuelo, que desprendía un persistente olor a naftalina. Con las manos ligeramente temblorosas por la adrenalina, abrió un pequeño estuche de plástico. Extrajo un bigote postizo de pelo sintético negro, denso y arqueado como una oruga asustada. Con sumo cuidado, aplicó una capa de pegamento especial para la piel y, conteniendo la respiración ante el espejo, se lo pegó con fuerza justo encima de su propio bigote real.
El resultado era visualmente desconcertante: un doble piso de vello facial que le daba el aspecto de un villano de opereta de finales del siglo XIX. Para coronar el disfraz, se calzó unas gafas de sol de cristales negros opacos. Al instante, el cuarto de baño desapareció en una penumbra absoluta. Ramiro parpadeó, estiró las manos hacia el frente para no darse de bruces contra el lavabo y experimentó una punzada de duda. ¿Era sensato ir a oscuras por la calle? Supuso que un verdadero espía internacional sacrificaba la visión por el anonimato.
Exactamente a la misma hora, en el piso de arriba de "LaGlase", Penélope lidiaba con su propio ataque de ansiedad estratégica. El linchamiento público por parte de los invitados de la boda salada la había dejado furiosa y con una necesidad imperiosa de revancha. Sabía que Ramiro planeaba algo grande con su escultura de pan rústico, y si lograba robar los tiempos de fermentación de su masa madre, podría diseñar un pastel que lo eclipsara por completo.
Se terminó de subir la cremallera de un chándal negro de licra ultraajustado que marcaba cada uno de sus movimientos. Se sentía como una pantera en las sombras, una ninja del almíbar dispuesta a asaltar el templo de la tradición. El único problema logístico descansaba entre sus manos. Había revuelto todos los cajones buscando un pasamontañas oscuro, pero lo único que encontró en el fondo del armario de invierno fue un pasamontañas de lana tejido por su tía de un color rosa fosforito cegador, rematado con un pompón en la coronilla.
Se lo enfundó por la cabeza con un suspiro de frustración. Al mirarse al espejo, el contraste entre el traje táctico negro y aquella bombilla fluorescente en la cabeza era ridículo. Para colmo, los agujeros para los ojos estaban tejidos tan juntos que le oprimían los párpados, obligándola a entornar la vista para enfocar un punto fijo.
—Da igual —se autoengañó Penélope, recolocándose el pompón—. De noche todos los gatos son pardos. Es hora de actuar.
El callejón trasero que separaba ambos negocios estaba envuelto en una oscuridad sepulcral, interrumpida únicamente por el parpadeo moribundo de una farola municipal en la esquina. La llovizna de la noche anterior había dejado el suelo resbaladizo, cubierto de hojas húmedas y un sutil rastro de harina de la última entrega.
A las 2:45 a.m., la puerta trasera de "El Trigo de Oro" se abrió con un leve quejido de las bisagras. Ramiro asomó la cabeza. Con las gafas de sol puestas en plena noche, el callejón se reducía a un vacío negro donde las formas eran meras conjeturas geométricas. Avanzó de lado, con la espalda pegada a la pared de ladrillos, arrastrando la gabardina con un frufrú constante. Su corazón martilleaba contra sus costillas; el miedo a ser descubierto por la patrulla nocturna lo obligaba a mantener la respiración contenida.
En el mismo instante, la puerta trasera de "LaGlase" se deslizó hacia fuera. Penélope emergió como una sombra negra coronada por un destello rosa fosforito. Debido a la opresión del pasamontañas de lana, su visión tridimensional era nula. Caminaba con las manos extendidas hacia el frente, como un sonámbulo en una película de terror, tanteando el aire húmedo de la madrugada.
El destino, que posee un sentido del humor coreográfico y absurdo, dictó que ambos espías cruzaran la calle principal exactamente al mismo tiempo, siguiendo trayectorias paralelas invertidas.
Ramiro caminaba con la barbilla levantada, intentando captar la poca luz del cielo por encima de los cristales ahumados de sus gafas, totalmente ajeno a que a menos de un metro de distancia, una silueta con la cabeza rosa brillante pasaba a su lado flotando en la penumbra. Penélope, por su parte, avanzaba con la vista fija en sus propios pies, calculando la distancia para no tropezar con los contenedores de basura, perdiéndose por completo la silueta de un hombre con gabardina de naftalina y doble bigote que pasaba rozando el aire a su izquierda.
Un coche de la recogida de basuras pasó por la avenida principal a lo lejos, barriendo el callejón con sus luces rojas giratorias. Los dos rivales se pegaron instantáneamente a los salientes de las fachadas del contrario, conteniendo el aliento, inmóviles como estatuas de cera. Si uno de los dos hubiera girado la cabeza quince grados, la guerra habría terminado en ese mismo instante entre gritos y explicaciones imposibles. Pero el coche pasó de largo, la oscuridad regresó y, guiados por puros milagros del absurdo cómico, Ramiro se coló por la puerta mal cerrada de "LaGlase" mientras Penélope se escurría por la entrada del obrador de "El Trigo de Oro". La infiltración mutua era un hecho.
Ramiro se encontraba en mitad de la cocina de Penélope. El olor a esencia de fresa y vainilla industrial le revolvió el estómago. A oscuras, el espacio parecía un laberinto de acero inoxidable y cachivaches tecnológicos. Tanteó la superficie del mostrador principal, derribando en el proceso un bote de fideos de colores que rodó por el suelo con un tintineo sordo. El pánico le atenazó la garganta. Se agachó, con el doble bigote empezando a despegarse por el sudor de la frente, y estiró el brazo hacia un estante inferior. Sus dedos tropezaron con el lomo de una carpeta archivadora de plástico rígido.
—Aquí está —susurró con voz trémula, convencido de haber hallado el compendio secreto del festival—. La caída del imperio del azúcar.
Abrazó la carpeta contra su pecho de gabardina, dio media vuelta y huyó hacia el callejón, tropezando con una caja de moldes de silicona antes de salir a la noche.
Al mismo tiempo, en el obrador de enfrente, Penélope se movía entre los hornos de piedra con la agilidad de un insecto torpe. El pasamontañas de lana la estaba asfixiando por el calor residual de las soleras. Se acercó al escritorio de madera donde Ramiro solía hacer las facturas y los pedidos de grano. Sus dedos enguantados rozaron un fajo de papeles sujetos por una pinza de metal oxidada. No podía leer los encabezados por la falta de luz y la opresión textil en sus ojos, pero la textura del papel grueso le pareció la adecuada para los planos de fermentación.
—Te pillé, purista —pensó con una sonrisa oculta bajo la lana rosa.
Agarró el fajo con fuerza, se lo metió bajo la chaqueta de chándal y salió al callejón a zancadas dobles, cerrando la puerta con el talón de la bota. El regreso a sus respectivas casas se completó con la misma ceguera afortunada que el viaje de ida; cruzaron el asfalto sin verse, impulsados por la prisa del ladrón que cree haber perpetrado el atraco del siglo.
A las 3:15 a.m., Ramiro se encontraba sentado en el borde de su cama, todavía con la gabardina puesta. Con las manos trémulas de la emoción, se quitó las gafas de sol y encendió la lámpara de la mesilla de noche. Abrió la carpeta de plástico con el corazón latiéndole a toda velocidad, esperando encontrar diagramas de macarons o porcentajes de glucosa.
Se le desencajó la mandíbula. El primer papel que apareció bajo la luz flexo era una factura detallada con el logotipo de "Climatizaciones Villa Delicia", donde se especificaba el presupuesto anual para la limpieza de filtros y la recarga de gas refrigerante de las vitrinas de tartas de Penélope. No había fórmulas. No había secretos. Había robado el contrato de mantenimiento del aire acondicionado. Frustrado, se arrancó el bigote postizo de un tirón, soltando un quejido de dolor mientras unas cuantas hebras sintéticas quedaban flotando en el aire.
En su propio dormitorio, Penélope se quitó el pasamontañas rosa de un tirón, bocanadas de aire fresco llenando sus pulmones mientras su pelo caía revuelto sobre sus hombros. Encendió la luz principal y arrojó el fajo de papeles sobre el edredón. Con una sonrisa de triunfo absoluto, soltó la pinza metálica y extendió la primera hoja.
La sonrisa se le borró del rostro en un segundo, reemplazada por una mueca de pura incredulidad y rabia.
El documento era un recibo oficial de la empresa municipal de aguas, fechado en marzo de 2024, donde se detallaba el consumo de metros cúbicos del obrador de Ramiro y un recargo de tres euros por retraso en el pago de las tasas de alcantarillado. Pasó las hojas con desesperación: todas eran notificaciones de suministro de agua, lecturas de contadores antiguos y recibos de la basura de hacía dos años.
Penélope dejó caer la cabeza hacia atrás contra la almohada, soltando un bufido de frustración que hizo bailar el flequillo de su frente. El plan maestro de espionaje en las sombras se había reducido a un intercambio ridículo de burocracia inútil. Ninguno tenía nada, ambos habían arriesgado la reputación en mitad de la noche y la única certeza era que la guerra de la calle principal se estaba volviendo tan absurda como ineficaz. La noche de los ninjas de pacotilla había terminado en un rotundo y absoluto fracaso burocrático.