Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 24
Sebastián
Lina fue clara y concisa, como siempre que traía malas noticias.
—Maximilian Brandt solicitó formalmente que Camila asistiera a la gala —me dijo en voz baja—. La empresa cubrió todos sus gastos, incluida la membresía para el ingreso.
Sentí cómo algo se me retorcía en el estómago. No era sorpresa, pero aun así me llenaba de rabia imaginar a Camila entrando del brazo de Brandt, compartiendo un espacio que yo consideraba mío. Un espacio donde yo debía brillar.
Como si no fuera suficiente, Marina apareció con un vestido rojo exagerado, ajustado hasta lo vulgar. Me giré hacia ella con fastidio.
—¿Cómo se te ocurre venir vestida así? —le espeté—. ¿En qué estabas pensando?
—Es lindo —respondió, ofendida.
—Sí, es lindo, pero no para esta ocasión. Te cambias o no vas.
Mi tono no admitía discusión. Marina apretó los labios, pero obedeció. Minutos después regresó con un vestido más sobrio, elegante, aunque su mirada seguía cargada de rencor. No me importó. Nada me importaba realmente.
Hasta que los vi entrar.
Camila del brazo de Brandt.
El mundo pareció ralentizarse. Ella vestía de negro, elegante, segura. Sonreía de una forma que no le había visto en mucho tiempo, una sonrisa auténtica, luminosa. Brandt la guiaba con naturalidad, presentándola con una soltura que me resultó insultante.
—Permítame presentarle a Camila Reinhart —escuché decirlo—. Una de las mentes más brillantes de nuestro equipo.
La presentó ante Étienne Moreau, el inversionista francés con el que todos querían cerrar negocios esa noche. Vi cómo Moreau inclinaba la cabeza con interés, cómo escuchaba cada palabra que Camila decía, cómo ella opinaba con seguridad y profesionalismo. No era una acompañante decorativa. Era una igual.
Apreté la mandíbula.
—¿Trajiste la droga? —le susurré a Marina, sin apartar la vista de ellos.
—Sí —respondió—. Está lista.
—Bien —dije—. Necesito que Camila haga el ridículo. Y tú… ve detrás del alemán.
Marina asintió. El plan era sencillo. Camila bebía poco, lo sabía, pero la sustancia debía disolverse. El problema era que rechazaba cada copa que le ofrecían. La observé hablar de estrategias, de mercados, de proyecciones. Cada palabra suya era un recordatorio de que no era la mujer frágil que yo quería hacer ver.
Pensé en soplar la droga, en acercarme lo suficiente para esparcirla, pero no sabía si el efecto sería el mismo. La idea se formó sola en mi mente: tarde o temprano tendría que ir al baño. Ahí sería más fácil.
Mientras tanto, Marina intentaba acercarse a Brandt. La vi tocarle el brazo, sonreírle de forma insinuante. Él apenas la miró. La ignoró con una frialdad que me irritó aún más.
Camila dijo algo a su grupo y se alejó unos pasos. Mi pulso se aceleró. La seguí con discreción, manteniendo la distancia justa. Me acerqué lo suficiente. Preparé el movimiento. Solo necesitaba un segundo.
Entonces Brandt apareció.
Se colocó justo detrás de ella, cubriéndola con su cuerpo de forma instintiva, protectora. Tuve que disimular. Tomé una copa de champagne de una bandeja cercana y fingí interés en una conversación con dos hombres que no sabía ni quiénes eran. Reí cuando debía reír, asentí cuando hablaban, pero mi atención estaba en otra parte.
Busqué a Marina con la mirada. No la vi. Sentí un mal presentimiento. Brandt seguía intacto. Rechazaba cada copa de vino, de champagne, incluso de agua. Observé cómo aceptaba una bebida solo para dejarla intacta sobre una mesa. Demasiado cuidadoso. Demasiado consciente.
—Esto está mal —murmuré para mí mismo.
Finalmente vi a Marina al otro lado del salón. Negué levemente con la cabeza.
—No vayas a tratar de hacer nada más —le dije cuando pasó cerca—. Detente.
Ella frunció el ceño, pero obedeció.
Los observé el resto de la noche. Camila y Brandt se movían como si el mundo les perteneciera. Cómplices. Cercanos. Él inclinándose para escucharla, ella apoyando brevemente la mano en su brazo. Nada escandaloso. Todo íntimo.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que perdía el control.
No era solo rabia. Era algo más peligroso: la certeza de que Camila ya no estaba bajo mi sombra… y que Maximilian Brandt no era un obstáculo fácil de remover.