Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
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Capítulo 6Lo que Kevin no Sabe
Elena esperó hasta que la casa quedara en completo silencio. Eran casi las dos y media de la madrugada cuando se deslizó como una sombra por el pasillo hasta la habitación principal. La puerta estaba entreabierta. Rodrigo dormía profundamente, roncando con la boca abierta después de haber bebido más de la cuenta durante su ridícula cena de “reconciliación”.
Su teléfono estaba sobre la mesita de noche, cargando.
Con el pulso acelerado pero las manos firmes, Elena lo tomó y tecleó la contraseña que conocía de memoria. Entró directamente a la carpeta oculta donde Rodrigo guardaba los documentos más comprometedores. Revisó uno por uno, abriendo archivos con nombres inocuos como “Proyectos futuros” o “Inversiones familiares”.
Y entonces lo encontró.
Un fondo de inversión creado hacía cuatro años bajo el nombre de “Vargas & Asociados Patrimonial”. Dentro de los beneficiarios principales aparecía Kevin Vargas —con el apellido de Rodrigo legalmente registrado— como heredero prioritario de casi el treinta y cinco por ciento de los activos líquidos de la empresa. El fondo estaba blindado con cláusulas automáticas: en caso de divorcio, separación de bienes o cualquier contingencia legal grave, los activos pasarían directamente a Kevin antes de que Elena pudiera bloquearlos o reclamarlos.
Dinero de la empresa. Dinero que ella había generado con años de esfuerzo, madrugadas sin dormir y sacrificios personales.
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Se sentó en el borde de la cama matrimonial, con la respiración entrecortada, mientras seguía revisando los documentos. Había fotos adjuntas de Kevin: sonriendo en viajes que ella había pagado indirectamente, con ropa cara, en eventos exclusivos. El chico incluso aparecía en uno de los documentos con una firma falsificada de autorización.
—Malnacido… —susurró Elena con la voz rota por la rabia—. No solo me robaste todo… también estabas preparando mi tumba.
Las lágrimas de furia le quemaban los ojos, pero se negó a dejarlas caer. Esto no era solo traición. Era una puñalada calculada a su futuro y al de su propio hijo. Mientras Mateo había vivido con limitaciones, Rodrigo se había asegurado de que el hijo de Camila tuviera un colchón millonario a costa de ella.
No podía permitirlo.
Salió rápidamente de la habitación y regresó a la de huéspedes. Marcó el número de Samuel Rivas con dedos temblorosos. El abogado contestó al cuarto timbre, con la voz clara a pesar de la hora.
—Elena, ¿qué ocurre?
—Samuel… —su voz salió más débil de lo que hubiera querido—. Acabo de revisar el teléfono de Rodrigo. Hay un fondo de inversión a nombre de Kevin Vargas. Está hecho con dinero de la empresa. Si no actuamos ya, ese chico va a recibir una parte importante de los activos antes de que yo pueda bloquearlo. Es… es como si ya me hubieran sacado del mapa.
Se hizo un silencio tenso al otro lado.
—Esto es grave —dijo Samuel finalmente, con tono profesional pero preocupado—. Ese tipo de fondos suelen tener cláusulas de ejecución automática. Si se activa, será muy complicado revertirlo después. ¿Cuánto tiempo tenemos?
—No estoy segura, pero parece que el próximo trimestre podría haber movimientos. Necesito congelar todo ya.
—Tienes cuarenta y ocho horas, Elena. Ni un día más. En ese plazo debo presentar una medida cautelar urgente ante el juez, congelar los activos y empezar los trámites de divorcio contencioso. Después de eso, la cosa se complica muchísimo. Envíame todo lo que tengas lo antes posible. Voy a preparar los documentos ahora mismo.
Elena cerró los ojos con fuerza, apretando el teléfono contra su oído.
—Cuarenta y ocho horas… Entendido. Gracias, Samuel.
—Intenta descansar algo —le recomendó él antes de colgar—. La guerra recién empieza, y la necesitas con la mente clara.
Cuando Samuel colgó, Elena se quedó mirando fijamente la pantalla de su ordenador portátil. Había transferido todos los documentos y allí estaba, ampliada: la foto de Kevin sonriendo con inocencia, con el apellido Vargas claramente visible bajo su nombre.
Sintió algo incómodo en el pecho. Una punzada extraña, pesada, que no quería reconocer.
Kevin no era más que un adolescente. Un chico que probablemente no tenía idea de las maquinaciones de su madre y de Rodrigo. Solo un instrumento. Un peón en un tablero cruel. ¿Cuántas veces lo habrían usado para justificar sus gastos? ¿Cuántas veces le habrían dicho que “la tía Elena” era generosa?
—No es mi problema —se repitió en voz baja, casi como un mantra—. Él no es mi hijo. Yo no le debo nada. Solo es otra víctima colateral de Rodrigo.
Cerró el ordenador con un golpe seco y apagó la luz.
Pero esa noche no durmió.
Daba vueltas en la cama, mirando el techo oscuro. Cada vez que cerraba los ojos veía la foto de Kevin. Recordaba a Mateo a su edad, con esa misma mirada ilusionada antes de que Rodrigo comenzara a envenenarlo. Se preguntaba si Kevin sabría la verdad alguna vez. Se preguntaba si merecía pagar por los pecados de su madre y de Rodrigo.
A las seis de la mañana, con los ojos enrojecidos y la cabeza latiéndole, Elena se levantó y se miró en el espejo del baño.
—Esto es una guerra —se dijo con voz fría, mirándose a los ojos—. No puedo permitirme tener piedad. No ahora.
Pero mientras se vestía para otro día más de fingir delante de Rodrigo, esa pequeña grieta en su armadura seguía allí.
Y por primera vez, Elena se preguntó si sería capaz de destruir todo sin que quedara nada intacto… ni siquiera su propia conciencia.
Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.
Me imagino que Luciano tiene amigos mafiosos y no quiere deberles nada así que los utilizará por el amor que siente por Elena.
Luciano está babeando por Elena y ella ya le está gustando Luciano que hasta lo besó.