Andrea Montalvo dedicó veinte años de su vida a construir un imperio empresarial junto a su esposo, Rodrigo Villareal. Renunció a su sueño de ser madre para sostener la empresa que los sacó de la nada y los convirtió en una de las parejas más poderosas del mundo de los negocios. Creía que su sacrificio era la prueba más grande de amor.
Hasta que una serie de fotos anónimas le reveló la verdad: Rodrigo llevaba cinco años manteniendo una relación con una mujer más joven, Sofía, con quien ya tenía un hijo y otro en camino.
Otra mujer habría llorado, suplicado o exigido el divorcio. Andrea, no. Andrea decidió destruir.
Con la frialdad de quien lleva dos décadas tomando decisiones multimillonarias, diseñó un plan implacable: si no podía quedarse con la empresa que ella misma levantó —porque la ley obligaba a repartir los bienes gananciales—, entonces se aseguraría de que no quedara nada que repartir. Provocó la quiebra total del Grupo RA, redujo a cenizas el patrimonio que Rodrigo planeaba disfrutar con su amante, y salió caminando sobre los escombros sin voltear atrás.
Pero la venganza fue solo el comienzo.
Mientras Rodrigo se hunde en una espiral de miseria, alcoholismo y violencia, Andrea descubre que su pasado esconde un secreto mucho más grande que cualquier traición conyugal: la verdad sobre sus orígenes, una familia biológica que la creyó muerta durante cuarenta y cinco años, y un hombre que la ha amado en silencio desde que eran niños.
Entre la justicia y la compasión, entre el rencor y la posibilidad de volver a amar, Andrea deberá decidir qué clase de mujer quiere ser cuando los escombros se asienten.
NovelToon tiene autorización de Mama Mia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
06
—¿Sí, Rosario...? —respondió Andrea sin apartar la mirada afilada de Rodrigo, que empezaba a verse cada vez más inquieto.
—Señora, ya tengo todos los datos que me pidió esta tarde. Los revisé uno por uno, están completos y organizados en el orden que usted indicó —informó Rosario con claridad desde el otro lado de la línea.
Andrea arqueó una ceja.
—¿Qué encontraste?
—Se lo envié todo a su correo electrónico. Revíselo cuando pueda para más detalles —contestó Rosario.
A Rodrigo se le detuvo el corazón. Andrea hablaba por teléfono, pero sus ojos lo apuntaban a él como dos cañones. Un escalofrío le recorrió la columna; el sudor frío empezó a empaparle la espalda. Esa mirada parecía traspasarlo hasta las entrañas.
¿Qué le está reportando Rosario? ¿Qué datos? ¿Estará investigando algo que no debería saber? Las preguntas se arremolinaban en la cabeza de Rodrigo sin descanso.
—Muy bien, entiendo. Lo revisaré más tarde. Gracias, Rosario —dijo Andrea, y cortó la llamada.
Guardó el celular en el bolso y volvió a clavar en Rodrigo la misma mirada gélida.
—No vuelvas a gritarme —le advirtió con voz tajante.
Rodrigo asintió deprisa y se esforzó por sonreír.
—Sí, cariño... De verdad perdóname. No quise gritarte, fue solo que entré en pánico por lo de la empresa. No estaba pensando con claridad. Perdóname, ¿sí? —suplicó, esperando que ella cediera como siempre.
Pero Andrea no registró ni una sola de sus palabras.
—Estoy agotada. Me voy a descansar. Tú sigues durmiendo en el cuarto de huéspedes. No me molestes —dijo con tono neutro, le dio la espalda y se dirigió al dormitorio.
Rodrigo la vio alejarse con la mandíbula cada vez más tensa y los puños apretados hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La frustración y la rabia volvieron a desbordarlo.
Insolente. Esa mujer se atrevió a desafiarme. Ya le voy a enseñar quién manda aquí, gruñó para sus adentros.
*
La noche avanzaba y la casa se había sumido en el silencio. Pero Andrea seguía en su estudio, sentada frente al escritorio con la pantalla de la computadora encendida. Sus ojos escudriñaban cada cifra y cada anotación que Rosario le había enviado.
Al otro lado de la puerta, Rodrigo iba y venía, indeciso sobre si debía entrar o no. Por un lado, todavía le hervía la sangre por la actitud desafiante de Andrea. Pero por otro, era perfectamente consciente de una realidad: la necesitaba. Sin ella, la empresa que habían levantado juntos se vendría abajo y su vida entera se tambalearía.
Todavía no es momento de enfrentarla. Tengo que ser paciente. Su cambio de actitud tiene que tener un motivo, pero no puedo dejar que nos distanciemos. Al menos no hasta que consiga todo lo que quiero, se dijo, tratando de serenarse.
Después de un buen rato deliberando, se armó de valor y entró.
—¿Cariño? ¿Sigues trabajando? —preguntó acercándose con la sonrisa amable de vuelta en su rostro—. Ya es muy tarde. ¿Por qué no dejas eso? Te vas a enfermar, amor.
Andrea ni siquiera volteó. Para ella, los datos en la pantalla valían infinitamente más que cualquier palabra dulce salida de la boca de un traidor.
Al ver que su esposa lo ignoraba, Rodrigo se acercó hasta quedar junto al escritorio. Se inclinó ligeramente, apoyando ambas manos en el borde.
—Cariño... ¿hice algo mal? Últimamente siento que te alejas, que me evitas. ¿Qué está pasando? Cuéntame, vamos a resolverlo juntos, ¿sí? —Su voz destilaba tristeza y preocupación, perfectamente calibradas.
Andrea levantó el rostro al fin y lo observó con una expresión vacía, inescrutable.
—¿Tú crees que hiciste algo mal? —le devolvió la pregunta. Ni un solo músculo de su cara se movió.
Rodrigo titubeó.
—N-no... Claro que no —respondió de inmediato—. Lo que quiero decir es... Perdóname si fui demasiado brusco hace un rato. Te prometo que no va a repetirse. Tú sabes cuánto te quiero, ¿verdad?
Andrea esbozó una media sonrisa mientras le sostenía la mirada.
—Hay irregularidades en la empresa —dijo con voz calmada pero cargada de intención—. Varias transacciones por montos considerables que no coinciden con los registros. Muchos datos desaparecidos, muchos rubros sin explicación clara. Estoy investigándolo todo.
Rodrigo se petrificó. La sangre pareció dejar de circularle; el color huyó de su rostro en un instante. El corazón le martilleaba, y el miedo que llevaba años enterrando comenzó a trepar por su pecho.
Andrea, al notar la transformación en la cara de su marido, sonrió con amargura por dentro.
Por supuesto que sé a dónde fue a parar ese dinero, quién lo recibió y para qué se usó. ¿Para quién más sino para tu amante y tus hijos? ¿Crees que me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo se devora lo que gané con mi sudor? No tienes idea de lo que soy capaz de hacer.
—Yo... yo usé ese dinero —soltó Rodrigo de pronto.
¿Lo está admitiendo?* Andrea arrugó el entrecejo. Increíble. Pensé que intentaría ocultarlo para siempre.*
Pero entonces...
—Estoy haciendo unas inversiones pequeñas con un viejo amigo. Tenía miedo de que te preocuparas o de que me dijeras que no porque lo vieras demasiado arriesgado. Por eso no te dije nada todavía. Pensaba contarte cuando todo marchara bien y empezara a dar ganancias —explicó Rodrigo con un tono que sonaba sincero, aunque cada palabra era pura invención.
Un traidor siempre será un traidor. Tapa una mentira con otra mentira. ¿Cuándo vas a dejar de mentirme, Rodrigo?, pensó Andrea. La repugnancia se le acumulaba por dentro.
Rodrigo se acercó, le colocó ambas manos sobre los hombros y empezó a masajearlos con delicadeza, con un gesto que rebosaba falsa ternura.
—Cariño... Llevamos años juntos. Antes, cualquier error que yo cometiera, tú me perdonabas. Esta vez también me vas a perdonar, ¿verdad? —la engatusó con voz de seda.
Mientras tanto, en su interior, los pensamientos más ruines afloraban.
Ella me ama demasiado. Aunque se entere de que la engaño y de que tengo hijos por fuera, me va a perdonar igual. Hasta sería capaz de aceptar vivir con Sofía bajo el mismo techo con tal de que no la deje. ¿Y no sería perfecto? Dos mujeres: una que es un prodigio en la cama y otra que es una máquina de hacer dinero.
Pero esas ilusiones se hicieron añicos en cuestión de segundos. Andrea se levantó de golpe y le clavó una mirada letal.
—¿Qué clase de error? Yo puedo perdonar cualquier error... menos la traición.
Rodrigo tragó saliva con un ruido audible. Los ojos de Andrea se habían vuelto aterradores.
—Tú no me traicionarías, ¿verdad?